El Confidencial

Madrid - En el Santiago Bernabéu, León XIV tocó desde el primer momento una fibra muy directa. Ante la comunidad diocesana de Madrid, reunida en el estadio al término de la tercera jornada de su viaje apostólico a España, recogió el entusiasmo de los presentes y lo devolvió en clave eclesial: «Hoy la Iglesia de Madrid ha hecho un golazo para siempre».

El Papa había llegado a las 18.30, trasladándose en coche desde la Nunciatura Apostólica. Antes de tomar la palabra, recorrió en carrito de golf un Bernabéu abarrotado, entre los fieles, en un clima de fiesta. Lo recibió el arzobispo metropolitano de Madrid, el cardenal José Cobo Cano, que le ofreció una parpusa blanca, el tradicional sombrero madrileño, como signo de bienvenida.

La vigilia había sido preparada con cantos, testimonios, un vídeo dedicado a la realidad de Madrid, el himno oficial del Convivium y algunas intervenciones representativas de la vida eclesial y social de la capital. Desde ahí, el Pontífice desarrolló un discurso construido en torno a una imagen: la polifonía. La Iglesia, explicó, está llamada a aprender «el arte de la unidad en la diversidad», a sostener juntas comunión y pluralidad, sin deslizarse hacia la uniformidad por un lado ni hacia la fragmentación por otro.

Retomando la parábola del canto introducida por el cardenal Cobo, León XIV observó que los números, los datos y los hechos por sí solos no generan comunidad. El corazón humano necesita interpretar lo que vive, reconocer en ello un sentido y celebrarlo con los demás. Para la Iglesia esto sucede de manera singular en la liturgia, que el Papa definió como el gran memorial de la historia de la salvación.

Desde esta premisa situó la misión de la Iglesia madrileña dentro de la fisonomía concreta de la ciudad. Madrid es la capital de un gran país europeo, sede de instituciones y organismos donde se toman decisiones relevantes para el presente y para el futuro. Es también una metrópoli atravesada por millones de visitantes, por migrantes, por personas en busca de oportunidades, por culturas y sensibilidades a menudo distantes entre sí. Precisamente aquí, según el Papa, el testimonio cristiano puede mostrar su fecundidad.

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El Pontífice insistió en la alegría del Evangelio como forma estable de la vida cristiana: un sentir profundo que renueva a personas y comunidades, mucho más allá de la emoción pasajera de un acontecimiento logrado. Es la perspectiva de la Evangelii gaudium, la respuesta coral a la obra de Dios en Cristo, cuya vida, muerte y resurrección han cambiado para siempre la mirada sobre la historia de quienes lo han encontrado. León XIV recordó también el Bautismo, que cambia de verdad la existencia. Las diferencias de procedencia, sensibilidad y prioridades no desaparecen, pero reciben una dirección nueva: lo que permanecía encerrado en la esfera individual queda orientado al servicio y al bien común. La comunión cristiana, aclaró, no aplana. El propio Nuevo Testamento, en la pluralidad de sus voces, conserva las diferencias.

La referencia a Babel le permitió afrontar uno de los nudos del discurso: el riesgo de la confusión y de la homologación. A ese escenario el Papa contrapuso la figura de Nehemías, ya propuesta en la encíclica Magnifica humanitas, como modelo de una reconstrucción que involucra a toda la comunidad. Reconstruir significa reconocer que, en la pluralidad de las voces, se puede edificar juntos, haciendo de la escucha y del diálogo el terreno sobre el que crecen la justicia y la fraternidad.

El discurso se desplazó después a la relación entre la Iglesia y la ciudad, y aquí el tono se hizo más pastoral y más exigente. En las grandes realidades urbanas, donde nacen lenguajes, relatos y paradigmas culturales, la Iglesia debe preguntarse si lo que es y lo que hace alcanza realmente los núcleos profundos del alma ciudadana. La pregunta toca su capacidad de no quedarse encerrada en los ambientes seguros, hablando solo a quienes ya conocen la misma melodía.

Para León XIV, llegar al corazón de la ciudad requiere una nueva educación en la atención. En las metrópolis, donde a menudo faltan mapas seguros para orientarse, el anuncio del Evangelio cae en la repetición impersonal si no nace de la escucha de la realidad. El arte espiritual de la atención se convierte así en condición de la evangelización: buscar al Resucitado que precede a la Iglesia y que puede estar ya presente allí donde ella aún no ha aprendido a mirar. El Papa habló de una humanidad «bombardeada de imágenes y palabras», y sin embargo todavía hambrienta de justicia y sedienta de verdad. Invitó a la Iglesia de Madrid a no temer los nuevos comienzos. Volver a la fe, o conocerla por primera vez en la edad adulta, es ya una posibilidad cada vez más extendida, y las comunidades deben aprender a acogerla como parte ordinaria de la misión.

Un pasaje significativo estuvo dedicado a los consejos parroquiales y diocesanos. León XIV pidió que no se reduzcan a un mero trámite administrativo. Son, en su visión, lugares de escucha recíproca y de discernimiento, a través de los cuales una comunidad comprende dónde la llama el Señor, qué conversiones le pide, qué caminos le abre por delante. Cuando esto sucede, el culto se traduce en vida concreta, nacen vínculos de fraternidad y toman forma proyectos de solidaridad.

A los presbíteros les dirigió una invitación: ver en el discernimiento comunitario una de las oportunidades más importantes que ofrece la sinodalidad. Detenerse con el propio pueblo para leer la vida de los barrios, los cambios culturales, las tensiones sociales y las prácticas eclesiales a la luz del Evangelio enriquece el ministerio sacerdotal y lo consuela, porque libera a la comunidad del aislamiento y le devuelve la alegría del Espíritu Santo.

En la parte conclusiva, Prevost volvió sobre los testimonios escuchados durante la vigilia. Las historias narradas en el Bernabéu, observó, muestran cuánta vida hay en la Iglesia de Madrid. Una familia llegada desde Perú habló de la acogida recibida con los brazos abiertos; otros contaron la alegría y la responsabilidad de convertirse en miembros más activos de la comunidad; otros más describieron el servicio como una manera de devolver el afecto y el apoyo recibidos.

De estas experiencias León XIV extrajo una consigna sencilla y exigente: la bondad, incluso cuando la viven pocos, puede vencer el miedo de muchos. Por eso pidió a los fieles que sean, para todos, «como una Biblia abierta», para que en sus rostros y en su vida se pueda encontrar la Palabra de Dios. El amor, concluyó, es el lenguaje que hace que todos se sientan en casa.

El encuentro concluyó con el rezo del Padre Nuestro, la bendición y el canto final. Inmediatamente después, León XIV dejó el Santiago Bernabéu para regresar a la Nunciatura Apostólica, dejando la imagen de una Iglesia llamada a estar dentro de la ciudad, a escuchar sus tensiones y a responder a su deseo más profundo con la alegría estable del Evangelio.

p.V.B.
Silere non possum

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