Hay una imagen, en el escudo del Papa León XIV, que refleja la medida de este hombre que el Espíritu Santo ha elegido para guiar a la Iglesia. Sobre campo blanco - marfil, para ser precisos - 2arde un corazón atravesado por una flecha, sostenido por un libro abierto. Es el emblema de la Orden agustiniana, y remite a una frase célebre de las Confesiones: «Sagittaveras tu cor meum charitate tua». «Has traspasado mi corazón con tu amor». Más abajo, extendido sobre una cinta, el lema del nuevo pontificado: In Illo uno unum. «En el único Cristo somos uno». A un año exacto de la elección, el 8 de mayo de 2025, es precisamente desde estas dos imágenes - el corazón herido y la unidad - desde donde hay que volver a empezar para comprender quién es realmente Robert Francis Prevost, y qué ha sucedido en estos trescientos sesenta y cinco días transcurridos tan deprisa desde aquella tarde en la que se asomó a la Logia de las Bendiciones con un saludo que muchos, entonces, recibieron distraídamente, casi como una fórmula ritual: «¡La paz esté con vosotros! Esta es la paz de Cristo Resucitado, una paz desarmada y una paz desarmante, humilde y perseverante».
Paz desarmada y desarmante. Durante días, los observadores se preguntaron por aquella doble adjetivación, por las razones de una elección tan inusual. Doce meses después, podemos decirlo sin vacilaciones: era ya el programa de su pontificado.
No tanto con palabras vacías dirigidas a los demás, fuera de la Iglesia, sino dentro: paz.
Algunos, entonces, se sorprendieron al verlo asomarse a la Logia con una hoja entre las manos, en la que había anotado partes de su discurso. Sin embargo, también aquel detalle revelaba un estilo: un hombre que reflexiona, sopesa, valora, deja decantar el pensamiento antes de confiarlo a la palabra. Cuando, en el recogimiento de la Sixtina, comenzó a comprender que los votos de sus hermanos convergían sobre su nombre, no fingió no verlo. Se dejó atravesar por el temor, se recogió, ponderó. Y, como es natural en un hombre de su temple, se preguntó qué debía decir al mundo: lo pensó y lo puso por escrito. Un poco porque el italiano no es la lengua en la que aprendió a rezar; un poco porque, sencillamente, no quería olvidar nada de lo que le urgía. Y lo primero que quiso decir fue precisamente aquel saludo de Cristo Resucitado que el mundo, todavía hoy, tanto se resiste a escuchar. ¿Por qué volver hoy sobre aquellas palabras? Porque en esos cuatro vocablos se anuda el hilo que atraviesa - con una coherencia casi desconcertante - todo el magisterio de estos primeros trescientos sesenta y cinco días de ministerio petrino. Y porque en ellos se lee, sobre todo, una idea clara y firme de lo que significa amar en un tiempo como el nuestro. El hilo es uno solo, y hunde sus raíces hasta la médula en la lección agustiniana: no hay ternura auténtica sin fidelidad a la verdad, ni verdad que no encuentre su cumplimiento en la unidad. Todo lo demás es retórica.
La flecha: el primado de la verdad
El discurso más exigente de este primer año ha sido, sin sombra de duda, el dirigido al Cuerpo Diplomático el 9 de enero de 2026. En él aflora, declarado y casi desplegado, todo el armazón del De Civitate Dei. León XIV trae a colación el saqueo de Roma del año 410, la célebre dialéctica agustiniana entre las dos ciudades, la terrena y la celestial, el orgullo como raíz última de todo conflicto. Pero el centro del discurso, su núcleo más apremiante, está en otra parte. Está en el pasaje dedicado a las palabras.
«Redescubrir el significado de las palabras es quizá uno de los primeros desafíos de nuestro tiempo», dice el Papa a los embajadores. «Cuando las palabras pierden su adherencia a la realidad y la realidad misma se vuelve opinable y, en última instancia, incomunicable, uno se convierte en aquellos dos de los que habla san Agustín, obligados a permanecer juntos sin que ninguno de ellos conozca la lengua del otro». De aquella premisa brotó un diagnóstico incisivo: «En nuestros días el significado de las palabras es cada vez más fluido y los conceptos que representan cada vez más ambiguos. El lenguaje ya no es el medio privilegiado de la naturaleza humana para conocer y encontrarse, sino que, en los pliegues de la ambigüedad semántica, se convierte cada vez más en un arma con la que engañar o golpear y ofender a los adversarios». Y después, con una valentía que a los purpurados más atentos no les pasó en absoluto inadvertida, llegó la estocada: se va desarrollando «un lenguaje nuevo, de sabor orwelliano, que, en el intento de ser cada vez más inclusivo, termina excluyendo a quienes no se adecúan a las ideologías que lo animan».
La constatación ponía el foco en un vínculo decisivo. Sin palabras verdaderas se disuelve la posibilidad misma del diálogo, y sin diálogo se desvanece toda esperanza de paz. La libertad de expresión, recordó León, está garantizada «precisamente por la certeza del lenguaje y por el hecho de que cada término está anclado en la verdad». Cuando el lenguaje se desmorona, arrastra consigo la posibilidad del encuentro. Nos volvemos extraños unos para otros hasta el punto de que, según una página agustiniana que León ha ido haciendo redescubrir lentamente al mundo contemporáneo, cosiéndola en sus discursos, «un hombre está más a gusto con su perro que con un extraño».
Releído a la luz de lo que está sucediendo en estas horas, con el presidente de Estados Unidos doblando la realidad a su propio uso y transformando al Papa en un improbable «promotor de la bomba atómica», aquel pasaje revela una previsión casi inquietante. León XIV no está en absoluto sorprendido, y se puede afirmar con serenidad: ya había denunciado meses atrás, palabra por palabra, esta misma dinámica, y lo había hecho incluso ante el embajador estadounidense. La flecha de Agustín, la que en el escudo atraviesa el corazón, es ante todo flecha de la verdad. Una verdad que duele porque corta, y que precisamente en ese corte se revela amorosa: te hiere con el fin de curarte. He aquí lo primero que hay que comprender de León XIV. Su ternura no se parece a la blandura; tiene su temperatura, pero rechaza su vicio: es una ternura de precisión. Ama lo suficiente como para negarse a mentir. Se confirma al releer, a contraluz, el discurso del 12 de mayo de 2025 a los trabajadores de los medios de comunicación, pronunciado apenas cuatro días después de la elección. En él aparece una petición que hoy, después del discurso a los embajadores y de las numerosas intervenciones posteriores, resuena como la otra cara de la misma moneda: «Desarmemos la comunicación de todo prejuicio, rencor, fanatismo y odio; purifiquémosla de la agresividad. No hace falta una comunicación estruendosa, muscular, sino más bien una comunicación capaz de escuchar, de recoger la voz de los débiles que no tienen voz. Desarmemos las palabras y contribuiremos a desarmar la Tierra». Desarmar las palabras, aquí, debe entenderse en su sentido más profundo: significa devolverlas a la verdad. Una palabra desarmada es una palabra que ha dejado de golpear, porque sabe con exactitud de qué habla; ha dejado de gritar, porque no teme la respuesta. Es la palabra de quien busca el encuentro más que la victoria en el debate, sabiendo bien que encontrarse de verdad con alguien exige el valor de llamar a las cosas por su nombre. Es la palabra de los «constructores de paz» de los que León hablará meses más tarde en Beirut, escogiendo como inspiración de todo el viaje al Líbano la Bienaventuranza evangélica: Bienaventurados los que trabajan por la paz.
Precisamente en Beirut, el 30 de noviembre de 2025, ante las autoridades libanesas, una frase sintetiza toda su visión: «Las armas matan; la negociación, la mediación y el diálogo edifican. ¡Elijamos todos la paz como camino, no solo como meta!». El diálogo no es signo de debilidad, sino el único gesto creativo posible. La guerra destruye; la paz construye. Pero - este es el punto - solo si las palabras vuelven a ser palabras verdaderas.
El libro: la ternura como método
El otro elemento que aparece en el escudo es el libro. Sostiene el corazón herido, lo mantiene. Es la Palabra de Dios, que puede transformar el corazón de todo hombre, como ocurrió con Agustín. Pero es también, explícitamente, la referencia a las obras luminosas que el Doctor de la Gracia entregó a la Iglesia y a la humanidad. El pensamiento, por tanto. El estudio. El esfuerzo de comprender antes de intervenir.
Es un rasgo que hemos podido apreciar a lo largo de este primer año de pontificado, en el que León XIV ha rediseñado la Secretaría de Estado y ha devuelto orden a numerosos expedientes que habían quedado abiertos: la diócesis de Roma, los organismos económicos, una discreta secuencia de nombramientos, traslados, recolocaciones y el alejamiento de figuras que se habían vuelto incómodas. Ante nosotros está, por tanto, un Papa de juicio meditado, ajeno a toda tentación improvisadora. Para León XIV, la ternura asume la forma del cuidado, y antes aún la del cuidado de las palabras, además de las personas. La misma actitud la encontramos cuando se dirigió a la Curia. El primero, el 24 de mayo de 2025, era esencialmente un acto de humildad: «Este primer encuentro nuestro no es ciertamente el momento de hacer discursos programáticos, sino más bien la ocasión para deciros gracias». Y después aquella frase, citada de Pedro en el lago de Tiberíades, que es casi un autorretrato: «Señor, tú lo sabes todo, tú sabes que te quiero». Pero ya allí aparecía lo que maduraría en la felicitación navideña del 22 de diciembre de 2025: la idea de que la Iglesia - y la Curia con ella - vive de dos dimensiones inseparables, misión y comunión. Salir hacia el mundo, pero salir juntos. Anunciar el Evangelio, pero ser ante todo signo creíble de unidad. Y aquí el discurso navideño alcanza una franqueza que merece, meses después, ser releída por entero. León no finge que la Curia sea un lugar idílico. Al contrario: «A veces, detrás de una aparente tranquilidad, se agitan los fantasmas de la división». Y todavía más, con una pregunta que visiblemente le cuesta: «¿Es posible ser amigos en la Curia Romana? ¿Tener relaciones de amistosa fraternidad?». No responde con una proclama. Responde describiendo, casi con ternura: «En el cansancio cotidiano, es hermoso cuando encontramos amigos en quienes poder confiar, cuando caen máscaras y subterfugios, cuando las personas no son usadas ni saltadas, cuando nos ayudamos unos a otros, cuando se reconoce a cada uno su valor y su competencia».
«Cuando caen máscaras y subterfugios». Es una frase agustiniana - la «conducta auténtica», la transparencia del alma -, pero es también el programa de un hombre que sabe perfectamente dónde vive. Para León XIV, la unidad en la Iglesia no se decreta desde arriba: se construye dejando de fingir. La ternura, de nuevo, no es sentimiento: es el valor de quitarse la máscara. Es sinceridad relacional, una palabra que habría que devolver al léxico de la política, de la prensa y también de muchos de nuestros presbiterios.
El mismo registro emerge en los otros grandes discursos del primer año. En Mónaco, el 28 de marzo de 2026, ante la comunidad “católica” del Principado - uno de los lugares más marcados por la opulencia en el mundo -, el Papa pronunció una homilía sin precedentes por su claridad. La fe católica, dijo, «compromete a los cristianos a convertirse en el mundo en un reino de hermanos y hermanas, una presencia que no aplasta sino que levanta, que no separa sino que conecta, dispuesta a proteger siempre con amor toda vida humana». Una presencia que no aplasta. Quizá la imagen más precisa que León haya encontrado para describirse a sí mismo y lo que pide a los cristianos. Y en la misma catedral, otra frase: en la Iglesia, las diferencias sociales y económicas «nunca se convierten en ocasión de división en clases sociales, sino que, al contrario, todos son acogidos como personas e hijos de Dios». En una ciudad-Estado donde el valor de una persona se calcula por su cuenta bancaria, el Papa fue a decir que la Iglesia es el lugar donde esa lógica salta por los aires, o debería saltar. No con denuncias ideológicas: con una llamada a una verdad más antigua.

El fuego: de la unidad a la paz
Y aquí llegamos al corazón. Literalmente: al corazón ardiente del escudo. Porque hay un punto en el que la flecha y el libro se tocan, y es el fuego: el amor de Cristo, que es fuego y que, hiriéndonos, nos une. Todo el pontificado, en este primer año, puede leerse como una variación sobre el lema: In Illo uno unum. En la felicitación de Navidad de 2025, León vuelve explícitamente a él: «Nosotros, sin embargo, somos la Iglesia de Cristo, somos sus miembros, su cuerpo. Somos hermanos y hermanas en Él. Y en Cristo, aun siendo muchos y diferentes, somos una sola cosa: In Illo uno unum». Pero lo mismo lo repite, declinado, en todas partes.
En Beirut: «Que todos podáis hacer resonar una sola lengua: la lengua de la esperanza, que hace converger a todos en el valor de comenzar siempre de nuevo. Que el deseo de vivir y crecer juntos, como pueblo, haga de cada grupo la voz de una polifonía». No la homogeneidad: la polifonía. Una sola voz hecha de muchas voces. Es exactamente lo contrario del totalitarismo del lenguaje criticado ante los embajadores; y es también lo contrario del individualismo denunciado en Mónaco. En İznik, el 28 de noviembre de 2025, conmemorando con el Patriarca Bartolomé los 1.700 años del Concilio de Nicea, la unidad es la unidad visible de los cristianos: la gran herida todavía abierta. De regreso a Roma, cuenta en la rueda de prensa del vuelo de vuelta la idea de celebrar juntos, en 2033, los dos mil años de la Resurrección, posiblemente en Jerusalén. No es una utopía: es una trayectoria. La paz entre los cristianos como anticipo de la paz entre los pueblos. En la despedida del Líbano, el 2 de diciembre de 2025, otra frase que merece ser recordada: «Partir es más difícil que llegar. Hemos estado juntos, y en el Líbano estar juntos es contagioso: he encontrado aquí un pueblo que no ama el aislamiento, sino el encuentro». No ama el aislamiento sino el encuentro: es exactamente lo contrario de la gramática de la fortaleza, del recinto, de la frontera levantada como muro. El encuentro - no la homologación, no la fusión - es la forma misma de la caridad cristiana.
Y luego está la paz, declinada en todos los tiempos del verbo desarmar. Desarmada: como Cristo en la cruz, que - dirá el Papa en la audiencia general del 3 de septiembre de 2025 - «no aparece como un héroe victorioso, sino como un mendigo de amor». Desarmante: porque quien contempla esta bondad queda cambiado por ella. Desarmando: en el gerundio del compromiso cotidiano, el participio del camino. La paz, para León, no es un estado: es una acción. Se desarma haciendo, eligiendo, hablando bien, dejando de humillar al otro. «Lo primero que hay que desarmar es el corazón», dijo en la Vigilia mariana por la paz del 11 de octubre de 2025, «porque si no hay paz en nosotros, no daremos paz». Aquí se cierra el hilo. Porque el corazón desarmado es exactamente el corazón herido del escudo: un corazón que ya no se defiende, porque ya ha sido atravesado por una flecha que lo ha abierto al amor. San Agustín lo había comprendido: solo quien ha sido amado sabe amar. Solo quien ha sido desarmado por la bondad de Otro puede, a su vez, desarmar el mundo.
La herencia de un año
A un año de su elección, León XIV nos entrega una idea de Iglesia - y de papado - que es a la vez clásica y novísima. Clásica porque está arraigada en la gran tradición: Agustín, ciertamente, pero también León XIII, de quien ha tomado el nombre evocando la doctrina social; san Pablo VI, citado en varias ocasiones, de Evangelii nuntiandi a Populorum progressio; Juan Pablo II, Benedicto XVI, Francisco. Novísima porque en un mundo que parece haber perdido la confianza en la posibilidad misma de la verdad - y, por tanto, en la posibilidad del diálogo - este Papa rechaza tanto el cinismo como la huida sentimental. No se refugia en la nostalgia, no promete restauraciones; pero tampoco cede a la tentación de una Iglesia que, para agradar al mundo, deja de ser ella misma. Su gesto es otro: volver a las palabras verdaderas, a las relaciones verdaderas, a la fe verdadera. In Illo uno unum: no en una ideología, no en un partido o en un alineamiento eclesial, no en unas siglas. En Cristo. Es una unidad que pide humildad, porque exige renunciar a la pretensión de tener razón contra otro; pero es también una unidad que pide valentía, porque obliga a llamar a las cosas por su nombre.
Los desafíos no se cuentan. En el frente interno, la fe que se enrarece en las vidas cotidianas, las familias atravesadas por fracturas cada vez más profundas, un clero fatigado y a veces desgarrado en su interior por figuras inquietas, hábiles para sembrar cizaña; y además, la atención tibia que la pastoral reserva a las vocaciones, una formación seminarística que muestra grietas sutiles pero extendidas, la resistencia a abandonar estructuras ya inadecuadas, la tentación especular de cargar sobre el clero pesos cada vez más voluminosos, la liturgia transformada en trinchera en lugar de lugar de comunión. En el frente externo, la irrupción de la inteligencia artificial, a la que León dedicará su próxima encíclica; la guerra en Ucrania, que se arrastra; Tierra Santa, donde la tregua muestra fisuras cada día más amplias; las persecuciones que golpean a los cristianos en muchos rincones del mundo; la crisis de la libertad religiosa que ya alcanza también a las democracias occidentales; y, por último, las tensiones con Washington, donde un presidente estadounidense ha agredido al primer Papa americano de la historia con una aspereza sin precedentes.
Y, sin embargo, entretanto, ha pasado un año. Y lo que queda, en quienes han sabido escuchar con la debida atención, es la sensación de encontrarse ante un hombre que ha intuido algo esencial: en esta época de palabras armadas y corazones endurecidos, la ternura se emancipa del sentimentalismo, se sustrae a las estancias privadas donde demasiados querrían relegarla como si fuera una herencia de la que avergonzarse, para asumir el rango de forma de la verdad. Es el modo en que la verdad alcanza al otro sin matarlo: hiriéndolo solo donde es necesario para curarlo. Como una flecha. Como aquella flecha que, en el relato de Agustín, Dios disparó al corazón de un joven retórico de Tagaste, y desde aquel corazón herido ha llegado después, de siglo en siglo, a todos aquellos que se han dejado atravesar.
«Sagittaveras tu cor meum charitate tua». «Has traspasado mi corazón con tu amor». En el fondo, es en esta antigua oración agustiniana donde podría condensarse el primer año de León XIV: un Papa que ha intentado recordar al mundo que todavía se puede ser herido por el amor, persuadido de que sin esa herida todo discurso sobre la paz, la justicia y la fraternidad está condenado a degradarse en una palabra vacía más.
In Illo uno unum. En el único Cristo somos uno. Más que un eslogan, es el programa de una vida entera y, Dios mediante, de un pontificado.
Marco Felipe Perfetti
Director de Silere non possum