Ciudad del Vaticano - En el silencio orante de la Capilla Paulina, allí donde el arte y la fe se entrelazan en un abrazo eterno, se ha consumado el penúltimo acto de una peregrinación interior. Concluyen hoy, viernes 27 de febrero de 2026, los Ejercicios Espirituales de Cuaresma que han visto al Santo Padre León XIV, a los Jefes de Dicasterio de la Curia Romana y a los cardenales residentes en la Urbe, retirarse del fragor del mundo para ponerse a la escucha del Inefable.

A guiar a este sagrado cónclave a través de las arduas sendas del espíritu ha sido el obispo Erik Varden, monje trapense, cuya voz ha resonado como un eco de los Padres de la Iglesia, llevando el perfume de la íntima unión con Dios al corazón palpitante de la Iglesia jerárquica. La jornada de hoy, que comenzó a las 9:00 horas con la salmodia de la Hora Intermedia, ha ofrecido la última y preciosa perla de sabiduría: una meditación centrada en la virtud de la Consideración. El predicador ha bebido de la fuente límpida de San Bernardo de Claraval, evocando aquel tratado que el Doctor Melifluo escribió para un antiguo discípulo suyo, Bernardo de Paganelli, quien luego se convertiría en el Papa Eugenio III. Es en este diálogo entre maestro y discípulo, entre claustro y cátedra petrina, donde se desvela la naturaleza profunda del gobierno eclesiástico.

Monseñor Varden ha trazado con maestría la distinción sutil pero esencial entre dos mociones del alma. Si la Contemplación se ocupa de verdades ya conocidas, gozando de la luz divina, la Consideración, en cambio, busca la verdad en los asuntos humanos contingentes, allí donde puede resultar difícil vislumbrarla. Puede definirse como «el pensamiento enteramente enfocado, o la tensión del alma, en la búsqueda de la verdad». No de meras estrategias institucionales necesita la Esposa de Cristo, ha advertido el monje trapense haciéndose eco de Bernardo, sino de hombres. El consejo al Pontífice —válido ayer para Eugenio III como hoy para León XIV— es el de rodearse de colaboradores santos. Las cualidades evocadas resuenan como una letanía de virtudes necesarias: hombres «de probada integridad, dispuestos a la obediencia, pacientes y mansos», custodios de una «firme fe católica», que sean «amantes de la concordia» y «modestos en el hablar». Tales almas selectas, que «aman y saborean la oración», obran sin estruendo, transformando la Curia Romana en un reflejo de las jerarquías angélicas, donde el único fin es la gloria de Dios. Y precisamente sobre Dios se ha posado la mirada final de la meditación. Él es «Voluntad omnipotente, virtud benévola, razón inmutable», la «suma beatitud» que, por amor, desea compartir con nosotros su divinidad.

Para el prelado, sumergirse en estos afanes terrenos a través de la Consideración no significa ir al exilio, sino «regresar a la patria». Ciertamente, el oficio episcopal es gravoso. San Agustín, con el realismo de quien conoció el desierto, lo definía como sarcina, el pesado fardo del legionario. Sin embargo, ha recordado Varden acercándose a la conclusión, este peso muda su naturaleza si se ama. Se convierte entonces en participación en el suave yugo de Cristo, una cruz que se hace «luminosa y ligera» porque se comparte con el Maestro. «Lleva tu carga hasta el final», exhortaba el de Hipona, «si la amas, será ligera». Con estas palabras, que sellan días de gracia, la comunidad orante se disuelve, pronta para regresar a sus oficios. Pero en el corazón de cada uno resuena la invocación final extraída de la Vida de San Malaquías: tuyo, oh buen Jesús, es el depósito que se nos ha confiado. Tuyo es el tesoro que nosotros, frágiles vasijas de barro, custodiamos hasta el día de Tu venida. El Santo Padre ha interrumpido las audiencias durante esta semana y ha aprovechado este tiempo para orar y estar con el Señor.

Esta tarde, a las 17:00 horas, Mons. Varden ofrecerá a la Curia Romana y al Papa la última meditación de estos ejercicios espirituales de Cuaresma, acogidos con profunda gratitud por todos los participantes. Seguirán la Adoración Eucarística y las Vísperas con la Bendición Eucarística final.

p.L.M.
Silere non possum