La Abadía benedictina de la Santa Cruz, situada en el Valle de los Caídos - hoy oficialmente denominado Valle de Cuelgamuros -, constituye un caso singular en la historia reciente de la Orden de San Benito. Su fundación, que tuvo lugar en la segunda mitad del siglo XX, fue el resultado de un proceso complejo, marcado por una decisión tardía respecto al proyecto original del monumento y por una intervención directa de la Santa Sede.

La génesis del proyecto: una decisión tardía

La idea de fundar una abadía benedictina en el interior del Valle de los Caídos no estuvo prevista desde el principio. Cuando se planteó la cuestión de quién debía custodiar la Basílica y garantizar su dimensión espiritual, el proyecto de construcción se encontraba ya en una fase avanzada y próximo a su conclusión. En un primer momento se valoraron órdenes de vida activa, como los dominicos o los jesuitas, pero con el propósito de potenciar el culto litúrgico en la Basílica se decidió finalmente, en 1955, recurrir a una orden monástica. La elección recayó en la Orden benedictina.

Para concretar el proyecto, se acudió a la Abadía de Santo Domingo de Silos, en la provincia de Burgos: un monasterio de larga tradición, restaurado en 1880 por monjes procedentes de Francia y pertenecientes a la prestigiosa Congregación de Solesmes. Una elección en absoluto casual, dado que Solesmes representaba - y sigue representando - uno de los referentes más autorizados del monacato benedictino contemporáneo.

Los protagonistas de la fundación

El abad de Silos, dom Isaac María Toribios Ramos, acogió la petición. Para llevar adelante los trabajos de fundación fue designado el padre Justo Pérez de Urbel, una figura de notable relieve: escritor e historiador destacado, en aquel momento prior del monasterio de Nuestra Señora de Montserrat de Madrid, situado en la calle San Bernardo y dependiente de Silos. Sin embargo, la tarea no se presentaba sencilla. Por prometedor que pudiera parecer en ciertos aspectos, el proyecto excedía ampliamente las expectativas de una comunidad monástica tradicional. Al comienzo, no existían ideas claras sobre cómo la comunidad podría instalarse en aquel lugar y asumir las funciones que se le iban a encomendar.

La intervención de la Santa Sede

Entre 1956 y 1958, el padre Toribios y el padre Pérez de Urbel dieron los pasos necesarios para dar forma al proyecto, acogido definitivamente también gracias a la insistencia de las autoridades estatales. El 23 de agosto de 1957 se publicó el decreto-ley para la fundación, después de haber obtenido el consentimiento del Capítulo General de la Congregación de Solesmes. Por su parte, el papa Pío XII emitió el 27 de mayo de 1958 el breve pontificio Stat Crux, un documento que constituye un caso único en el siglo XX por lo que respecta a la Orden de San Benito. Mediante esta intervención oficial de la Santa Sede, se disponía todo lo necesario para la erección inmediata del monasterio en abadía dentro de la Congregación de Solesmes: una excepción respecto al procedimiento habitual, que prevé un periodo más prolongado de consolidación antes de la elevación al rango abacial.

La llegada de los monjes y los primeros pasos de la comunidad

En la fiesta del Triunfo de la Santa Cruz, el 17 de julio de 1958, veinte monjes procedentes de Silos dieron inicio a la vida de la nueva comunidad benedictina en el Valle de los Caídos. Pocos meses después, el 23 de octubre de ese mismo año, el padre Justo Pérez de Urbel recibió en Madrid la bendición abacial, convirtiéndose oficialmente en el primer abad de la Abadía de la Santa Cruz.

La sucesión de los abades

Después del padre Pérez de Urbel, la comunidad conoció varias figuras de gobierno: dom Luis María Lojendio e Irure, fallecido en 1987, se distinguió también como historiador. Le sucedió dom Emilio María Aparicio Olmos, fallecido en 1988, cuyo proceso de beatificación fue iniciado en Valencia, ciudad donde había sido un confesor muy estimado. Le siguió dom Ernesto Dolado Pablo, fallecido en 2004, y finalmente dom Anselmo Álvarez Navarrete desde 2004.

La comunidad hoy

Con la renuncia de dom Anselmo Álvarez se abrió para la abadía una etapa del todo excepcional. Durante más de una década, la comunidad no tuvo un abad elegido en capítulo conforme a las constituciones benedictinas, sino que fue guiada por un prior administrador nombrado por la Abadía de Solesmes. El padre Santiago Cantera, OSB, desempeñó este cargo desde 2014 hasta marzo de 2025. Algunos monjes han explicado esta prolongada ausencia de una elección abacial como consecuencia del «contexto extraordinariamente complejo» vivido por la comunidad durante aquellos años. Los monjes se vieron sometidos, en efecto, a una presión institucional y política constante por parte de distintos gobiernos, en el marco de las controversias relativas a la basílica de la Santa Cruz: un clima que hacía extremadamente difícil afrontar con la serenidad y la libertad interior necesarias un acto tan importante para la vida benedictina como la elección de un abad.

En estos años, la abadía vivió momentos particularmente tensos: la exhumación y el traslado de los restos de Francisco Franco, promovidos por el Gobierno de Pedro Sánchez en octubre de 2019; posteriormente, la exhumación de los restos de José Antonio Primo de Rivera, a petición de la familia; y el inicio de un proceso para permitir a las familias de los caídos de la Guerra Civil sepultados en el Valle reclamar a sus allegados. Paralelamente, la Ley de Memoria Democrática rebautizaba oficialmente el lugar como Valle de Cuelgamuros. En marzo de 2025, tras un «largo proceso de discernimiento» de la comunidad y por decisión de la Abadía de Solesmes, el padre Cantera dejó temporalmente la comunidad y el padre Alfredo Maroto asumió el cargo de prior administrador. El relevo fue interpretado por algunos sectores como una concesión eclesial a las pretensiones del Gobierno en relación con la resignificación del Valle; sin embargo, fuentes cercanas al monasterio han valorado de modo particular el papel desempeñado en esos años por el padre Cantera, cuyo trabajo habría permitido preservar la estabilidad interna, la unidad de la comunidad y la continuidad de la vida litúrgica y monástica en circunstancias especialmente tensas. A pesar de las dificultades, la comunidad ha seguido mostrándose viva y dinámica, registrando en este periodo un crecimiento gradual de jóvenes vocaciones.

La elección del padre Alfredo Maroto: el regreso a la normalidad capitular

Después de doce años de sede vacante en sentido pleno, la comunidad benedictina de la Santa Cruz ha elegido al nuevo abad. El capítulo conventual que ha designado al padre Alfredo Maroto, OSB, fue presidido por dom Geoffroy Kemlin, OSB, abad-presidente de la Congregación benedictina de Solesmes, a la que pertenece la comunidad del Valle. La elección adquiere un significado particular: la abadía goza, en efecto, del estatus de sui iuris, lo que significa que el abad - y, en su ausencia, el prior - actúa como superior mayor y responde directamente ante el Papa. Maroto será ahora, por tanto, el máximo representante de la abadía en cualquier negociación, incluida la que sigue abierta con el Gobierno en relación con el proyecto de resignificación del Valle. De hecho, sucede como abad, doce años después, a dom Anselmo Álvarez, que a sus 94 años continúa siendo todavía un miembro activo de la comunidad.

El perfil del nuevo abad

El padre Alfredo Maroto nació en Segovia en 1958 - el mismo año de la fundación de la abadía - y entró en la comunidad de la Santa Cruz cuando ya era sacerdote, el 22 de mayo de 1996. Emitió la primera profesión el 25 de julio de 1998, en una ceremonia presidida por el entonces abad Ernesto Dolado, y pronunció los votos perpetuos el 15 de septiembre de 2001. A lo largo de los años ha asumido diversas responsabilidades dentro de la comunidad monástica. Fue prior claustral bajo los abades Ernesto Dolado y Anselmo Álvarez, y también durante un breve periodo del priorato administrativo del padre Santiago Cantera. Precisamente en calidad de prior claustral desempeñó un papel clave en la defensa de las celebraciones litúrgicas en el Valle: en 2010, cuando el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero cerró las instalaciones alegando motivos de seguridad, durante meses el padre Maroto y el abad Anselmo Álvarez presidieron la Eucaristía en el exterior del recinto, hasta la reapertura de la basílica. Desde hace más de quince años es, además, maestro de novicios de la abadía, responsable de la formación de los aspirantes y de las nuevas vocaciones: una tarea particularmente significativa en una comunidad que ha visto crecer el número de jóvenes candidatos. Ha desempeñado también distintos cargos en el colegio-escolanía, del que fue director durante algunos años, y en la hospedería monástica. Desde el 25 de marzo de 2025 ejercía el cargo de prior administrador, hasta la elección que lo ha llevado al abadiato.

El desafío del presente: negociación y testimonio

La elección del nuevo abad llega en un momento crucial. En el último año, tras una compleja negociación en la que se han visto implicados el secretario de Estado vaticano, el cardenal Pietro Parolin, y el arzobispo de Madrid, el cardenal José Cobo, el Gobierno ha promovido un concurso para la resignificación del espacio, ya próximo a la fase de licitación. Los monjes han presentado recurso contra este proceso, sosteniendo que el cardenal Cobo no tenía autoridad para firmar el acuerdo y que la intervención prevista afectaría al atrio exterior y a varios espacios de la basílica calificados como «lugares sagrados», que por tanto deberían ser respetados. Como abad, y con atribuciones asimilables a las de un obispo, el padre Maroto se encuentra ahora ante la tarea de representar a la comunidad benedictina en una eventual negociación con el Ministerio de Justicia para desbloquear la situación. A este diálogo había invitado el presidente de la Conferencia Episcopal Española, Luis Argüello, durante la última Asamblea Plenaria de los obispos, el pasado 24 de abril: una invitación al Gobierno y a los monjes a alcanzar «un acuerdo razonable y satisfactorio para ambas partes», que podría representar «un testimonio de que es posible superar la polarización y encontrar caminos de encuentro».

p.E.S.
Silere non possum

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