En la maraña grotesca que desde hace años se espesa en torno al Vaticano, poblada de impostores permanentemente empeñados en acercarse a ambientes que siguen manteniéndolos a distancia, continúa sin tregua la saga tragicómica de ciertos supuestos vaticanistas y fabricantes de titulares, reunidos en una camarilla bien organizada que parece haber perdido ya incluso el sentido del ridículo al que se ha entregado.
La broma del 1 de abril que no hace ninguna gracia
En este contexto, el 1 de abril a las 9.29, Katholisch.de publicó un artículo en el que sostenía que el Papa León XIVestaría dispuesto a cerrar, al menos provisionalmente, la disputa sobre la liturgia preconciliar mediante un singular compromiso. El texto atribuía, en efecto, al Pontífice un inexistente motu proprio, significativamente titulado Retrograde semper, con el que se habría permitido a los fieles, durante la Misa, dar la espalda al sacerdote, con independencia del misal utilizado. El artículo trataba después de dar consistencia a esa construcción recurriendo a la contraposición entre la celebración ad orientem y versus populum, hasta llegar a evocar, con un tono deliberadamente caricaturesco, incluso la hipótesis de un sacerdote que gire sobre sí mismo, definida como sicut sol. Hacía aún más paradójico el conjunto la referencia a presuntas soluciones que se estarían estudiando para el futuro del Misal de 1962, entre ellas la unificación de las dos formas en un único misal o una fantasiosa “sincronconcelebración” entre rito antiguo y rito reformado, con alusiones incluso a nombres bien conocidos del debate litúrgico.
Un acto grave, expresión de una determinada idea del periodismo católico
Publicar una broma del 1 de abril en un medio periodístico oficial que en su propio sitio se presenta como «el portal de internet de la Iglesia católica en Alemania» es una decisión fuera de lugar, impropia y profundamente alejada de cualquier concepción seria del oficio periodístico. Más grave aún es la mezcla deliberada entre elementos reales, como la carta del cardenal Parolin, y afirmaciones completamente inventadas. En el caos comunicativo de nuestro tiempo, un periódico católico no puede permitirse jugar con los códigos de la noticia en asuntos tan delicados, porque el lector contemporáneo a menudo se detiene en el titular, a veces en las primeras líneas, y ya ese mínimo acto de atención presupone un crédito de confianza cada vez más raro en la época del scroll compulsivo y del consumo distraído de contenidos. Precisamente por eso, disfrazar de información una broma significa abusar de la confianza que un medio debería, en cambio, custodiar con rigor. También por eso muchos católicos han dejado de leer periódicos como Avvenire y L’Osservatore Romano, cabeceras que con el tiempo han dilapidado su credibilidad y que siguen sosteniéndose sobre financiaciones y redes de relación difícilmente reconducibles a la libre confianza de los lectores.
Hay además un segundo aspecto, todavía más grave, que este episodio deja al descubierto con claridad: el planteamiento ideológico de quienes gobiernan ese portal. Un planteamiento que aflora desde hace tiempo y que a menudo va acompañado de prácticas discutibles, hasta rozar el terreno de la incorrección deontológica, también por la soltura con la que a veces se tratan las fuentes. No es casualidad que, en el panorama alemán, Katholisch.de sea contemplado con recelo por profesionales mucho más serios y conscientes del peso que la información eclesial debería tener. En este caso, la orientación ideológica aparece con una transparencia excesiva: el artículo se configura como una burla del Papa y, al mismo tiempo, del Vetus Ordo, al que muchos fieles siguen vinculados con sinceridad, devoción y auténtica participación eclesial. Y es precisamente esa ligereza desdeñosa, disfrazada de ironía, la que vuelve el episodio todavía más revelador.
El periodismo serio es otra cosa
Ya habíamos denunciado en las redes sociales la gravedad de la decisión adoptada por el portal, y la observación de Silere non possum llevó al sitio a publicar un nuevo artículo en el que se precisaba que se trataba de una broma. Desde luego, que se trata de una broma lo advierte quien todavía conserva un mínimo de discernimiento; y, en caso de que incluso eso faltara, solo puede comprenderlo quien tenga la paciencia de llegar hasta el final del artículo, donde, en caracteres casi invisibles, se aclara que se trata de una broma del 1 de abril, como si la rectificación debiera intervenir únicamente cuando el equívoco ha desplegado ya todos sus efectos. Y eso era precisamente lo que nos preocupaba: la suerte de esos lectores que, tanto en las redes sociales como en los periódicos, no leen de verdad, no analizan, no verifican y acaban aceptando como verdadero todo lo que se les presenta con un titular plausible y un tono aparentemente autorizado. En el panorama católico, por desgracia, figuras de este género abundan y encuentran su hábitat natural entre los perfiles de Facebook e Instagram de esos sujetos patológicos, morbosa y enfermizamente aferrados a las redes sociales, casi como si ofrecieran, día tras día, una confirmación viviente de las célebres y lucidísimas palabras de Umberto Eco.
Desde hace años, por lo demás, por el panorama vaticano merodean impostores que se atribuyen títulos, que se autoproclaman “periodistas” y “expertos en historia de la Iglesia”, y gustan de acreditarse como íntimos de cardenales y obispos, cuando en realidad siguen siendo figuras sustancialmente desconocidas o conocidas por sus antecedentes. Consumen su tiempo en las redes sociales exponiendo al escarnio público a sacerdotes y frailes, acusándolos de culpas y miserias que, con toda evidencia, no aceptan en sí mismos, revelando así una humanidad irresuelta, turbia y profundamente desgarrada. Son nombres bien conocidos también por varias fiscalías de la República, destinatarias de denuncias por extorsión, amenazas, difamación, coacciones y mucho más: expedientes que se acumulan sobre las mesas de fiscales demasiado a menudo “distraídos”. Y cuando algún cardenal les concede una entrevista, no pocas veces termina incluso poniéndolos frente a su propia hipocresía, burlándose abiertamente de ellos y recordando, precisamente delante de ellos, “casados” con hombres, que el matrimonio homosexual no es aceptado por la Iglesia católica; algo que ciertos tradicionalistas, siempre empeñados en vigilar lo que hacen dentro de sus calzoncillos sacerdotes y laicos a los que han catalogado como enemigos, no son capaces de hacer y que, por el contrario, les lleva a relanzar como “fiables”hasta sus salidas más embarazosas.
Así asistimos a escenas que rozan lo ridículo: “homosexuales tradicionalistas a ultranza” que se proclaman “casados”con otros hombres, cuando en realidad se trata de simples uniones civiles, y que luego entrevistan a cardenales presentados como “sus amigos”, cuando en realidad no los conocen en absoluto; prelados que conceden la entrevista únicamente porque esos individuos se presentan en nombre del medio para el que escriben, mientras siguen jactándose de un título de periodista que no poseen. Es el circo que desde hace años gira en torno al Vaticano y a la Iglesia católica: un espectáculo a la vez miserable y revelador. Un drama que, en Italia, ciertamente también es imputable a Basaglia.
La validísima y “fiabilísima” Franca Giansoldati
Por desgracia, sin embargo, la fantasía se vio muy pronto superada por la realidad. A las 11.29 del 2 de abril, la “validísima y fiabilísima” vaticanista Franca Giansoldati publicó un artículo con este titular: «León XIV en silencio recompone con los tradicionalistas». Hablamos de la validísima vaticanista que desde hace treinta años presta un “honorable servicio” sobre el Vaticano y la Iglesia católica y es “amiga y colega” de esos impostores que desde hace años rondan como chacales en torno a los asuntos vaticanos. Desfigurando por completo el sentido del artículo, que evidentemente Giansoldati ni siquiera comprendió, a pesar de ser una sabelotodo y de conocer ciertamente también el alemán, en su texto afirma que León XIV estaría llevando a cabo desde hace meses un paciente trabajo reservado para recomponer la fractura con el mundo tradicionalista y habría encontrado una vía de compromiso para desactivar la disputa sobre la liturgia preconciliar.
Según la reconstrucción propuesta por la validísima periodista, el Papa se dispondría incluso a introducir, mediante un motu proprio, una disciplina destinada a permitir a los sacerdotes celebrar dando la espalda a los fieles, independientemente del misal utilizado.
El artículo prosigue después revistiendo de una apariencia periodística detalles que deberían haber revelado de inmediato su inconsistencia. La controversia litúrgica queda reducida a la mera cuestión de la orientación del celebrante; se vuelve a presentar como si fuera una hipótesis plausible incluso la del sacerdote que gire regularmente sobre sí mismo, el célebre “sicut sol”; y se llega finalmente a evocar, con el tono de la consumada cronista de entrebastidores, soluciones definitivas todavía en examen, como la unificación de las dos formas en un único misal o una fantasiosa “concelebración sincronizada”. Aquí el problema deja de ser simplemente caricaturesco y se vuelve profundamente revelador. No nos encontramos ante un descuido ocasional, sino ante un caso emblemático de esa manera de entender el periodismo de la que Franca Giansoldati se ha hecho intérprete desde hace años. La cuestión, en efecto, no consiste solo en no haber comprendido el texto alemán, sino sobre todo en no haber verificado seriamente lo que allí se decía: ninguna comprobación cruzada, ninguna petición formal de aclaración, ninguna confrontación con otras fuentes. Y ese es precisamente el rasgo que muchos reconocen desde hace tiempo en su método, el mismo que en el pasado la llevó a formular consideraciones falsas y difamatorias incluso sobre el canónigo Michele Basso después de su muerte. Estamos, en otros términos, ante el emblema de un periodismo que abdica del deber de verificar y se deja seducir por el efecto, por la insinuación, por la fórmula efectista, por el relato de entrebastidores armado deprisa y sin el debido examen. A ello se añade un dato aún más desconcertante: la impresión de que ni siquiera se leyó hasta el final el artículo que después se retomó para construir sobre él un nuevo texto. Y es difícil imaginar una representación más despiadada de cierta manera de hacer información eclesial: solemne en el tono, fragilísima en la sustancia.
No debe olvidarse, además, que Franca Giansoldati es la misma periodista que, en estos años, ha sostenido en varias ocasiones haber sido objeto de ataques injustos por parte de Silere non possum, cuando en realidad este periódico no ha hecho otra cosa que poner de relieve cosas que ella hizo con total autonomía. La realidad es muy distinta: Giansoldati se ha asociado desde hace tiempo a una camarilla organizada, a una verdadera organización criminal, con el propósito preciso de promover y alimentar una campaña difamatoria contra este medio y contra su director. ¿El problema? Este diario puso al descubierto su incompetencia y su manera nociva de querer orientar el pensamiento de la gente en vez de hacer información. Eso hizo que esta camarilla, con elementos externos también en busca de aprobación, pusiera en marcha una auténtica campaña difamatoria ya en abril de 2023, nunca interrumpida y que continúa todavía hoy en el silencio culpable de autoridades llamadas a reprimir conductas que constituyen delitos reconocidos y sancionados tanto por el ordenamiento nacional como por el europeo.
Sobre este asunto
Silere non possum hará públicos muy pronto
contenidos exclusivos relativos a cada uno de los sujetos implicados en esa organización, entre los cuales figura también
Franca Giansoldati. Y es precisamente ella quien, hace exactamente un año, mientras el
Papa Francisco yacía en su lecho de muerte, pedía con insistencia una
“foto del Papa”moribundo, sosteniendo que se trataba del
“Papa más mediático de la historia” y que no disponer de esa imagen constituía
“una anomalía”. Palabras y actitudes que revelan una postura de
carroñeo mediático, en abierto contraste con cualquier principio deontológico, y que mostraban la voluntad de instrumentalizar incluso el sufrimiento del Pontífice con fines de exposición periodística.
Silere non possum