Lleva la fecha de la Solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús el mensaje que el Papa ha dirigido a los sacerdotes de todo el mundo con ocasión de la Jornada de Santificación Sacerdotal. La celebración, instituida para vincular de modo estable la oración por la santidad del clero a la fiesta del Corazón de Cristo, ofrece a León XIV la ocasión de un texto breve pero denso, articulado en tres pasos que giran en torno a una sola imagen: el costado traspasado del Señor.

Una llamada que «tiene que ver con la identidad»

El punto de partida es el mandato del Levítico retomado por la Primera Carta de Pedro: «Sean santos, porque yo, el Señor su Dios, soy santo». El Pontífice precisa enseguida que la santidad no es «una opción entre tantas» ni un ideal abstracto, sino algo que interpela la identidad misma de quien quiere participar en la vida del Resucitado. Para el sacerdote, esta exigencia se vuelve «particularmente radical».

Es aquí donde León XIV introduce el nudo teológico del mensaje, aquello que llama la «gran paradoja» de la vida sacerdotal: se está llamado a participar en la santidad de Dios y, sin embargo, se lleva este tesoro «en vasijas de barro», según la imagen paulina de la Segunda Carta a los Corintios. Hombres limitados, marcados por debilidades, cansancios y heridas, a quienes se pide una respuesta altísima. La solución que el Papa señala no es el esfuerzo ascético en sí mismo, sino un lugar preciso donde encontrar la paz: el costado abierto de Jesús.

La santidad como cotidianidad sacramental

En el segundo paso, León XIV insiste en un punto de notable alcance pastoral: la unión con el Corazón de Cristo no es una experiencia reservada a unos pocos elegidos, sino un camino sacramental y eucarístico que se juega en lo cotidiano. La configuración con Cristo recibida en la Ordenación debe reavivarse cada día por medio de la Eucaristía, la oración, la meditación de la Palabra y el servicio humilde.

De ahí surge una consideración que merece ser meditada: no existen «compartimentos estancos» en la humanidad del sacerdote. La oración, el ministerio, las relaciones, el cansancio, las alegrías y los fracasos - incluso el tiempo aparentemente perdido y el amor que parece malgastado - se convierten todos en lugar de la revelación de Dios. El Papa perfila así la figura del sacerdote «contemplativo en la acción», que el mundo, escribe, necesita con urgencia: no quien ofrece «palabras o programas», sino el testimonio de un corazón reconciliado.

Es significativo el recurso a Dilexit nos: León XIV cita la encíclica sobre el amor del Corazón de Cristo para describir el celo del sacerdote como el desbordamiento de un amor que «es éxtasis, es salida, es donación, es encuentro».

La fraternidad frente al aislamiento

El tercer movimiento desplaza el acento desde la perfección individual hacia la proximidad. La santidad del sacerdote, escribe León, se manifiesta en la «cercanía humilde y valiente», en ser «de todos y para todos», manteniendo abierta la puerta del redil. Se pide una relación con Dios que no aleje de los hombres, sino que haga capaces de compasión y de escucha.
A esta visión, el Papa añade una advertencia: «El sacerdote que se aísla, lentamente se apaga; el sacerdote que camina con los hermanos crece». La exhortación a cuidar la fraternidad sacerdotal - buscarse, escucharse, sostenerse - está anclada en un pasaje agustiniano del Comentario a la Primera Carta de san Juan.

El cierre retoma dos imágenes clásicas de la espiritualidad sacerdotal: el «aquí estoy» que se ha de renovar cada día ante el Corazón traspasado y la máxima del Cura de Ars según la cual «el sacerdocio es el amor del corazón de Jesús», aquí citada a través de la carta de Benedicto XVI para la convocación del Año Sacerdotal de 2009. El mensaje concluye con la encomienda de todos los sacerdotes a la Virgen María, «Madre de los sacerdotes».

d.C.P.
Silere non possum



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