Ciudad del Vaticano - Esta mañana, en el Altar de la Confesión, junto a la tumba de san Pedro y en vísperas de la solemnidad de los santos apóstoles Pedro y Pablo, León XIV abrió el Consistorio celebrando la Santa Misa. Un comienzo que ofrece la clave de lectura de cuanto seguirá durante las jornadas de trabajo. El Papa lo dejó claro con palabras que no admiten equívocos, al recordar la responsabilidad de los hombres ante los conflictos que desgarran a la familia humana: «La guerra nunca es digna del hombre, y nunca será bendecida por Dios, porque el Creador nos ha dotado de inteligencia y voluntad para resolver los conflictos como seres humanos y no como animales, aun cuando se esté dotados de armas hipertecnológicas».
Sobre esta convicción el Pontífice construyó su homilía, articulada en torno a tres indicaciones que entregó a los cardenales como criterio de discernimiento: la verdadera libertad compartida en la fe, la paz en la unidad y la concordia en la obediencia a la Palabra. Tres pasajes que convergen en un único punto: la magnifica humanitas, que encuentra en Cristo «a su único jefe y redentor». Al describir su propio ministerio, León XIV eligió una imagen que conviene tener muy presente: en el ejercicio del primado petrino, recordó, los cardenales encuentran «a quien pide, no a quien manda», porque la autoridad del primado es propia «de quien escucha y solo por eso guía, de quien aprende y solo por eso enseña».
El comienzo de los trabajos en el Aula Nervi
En el Aula Pablo VI, el Papa tomó la palabra después de escuchar el saludo del cardenal Re. Fue un discurso muy claro y, hay que decirlo, muy bello. León XIV indicó los cuatro temas en torno a los cuales se concentrará el trabajo: la mirada sobre el mundo en el que la Iglesia está llamada a anunciar el Evangelio; la cultura del poder confrontada con la civilización del amor; la contribución de la Iglesia a la construcción del bien común; y, por último, el camino de aplicación del Sínodo. Cuatro sesiones que, explicó, no se refieren ante todo a la vida interna de la Iglesia, sino que convergen en una única pregunta: cómo ayudar hoy a las Iglesias a anunciar el Evangelio «con mayor fidelidad, libertad y credibilidad».
En un punto, el Papa fue explícito. Pidió a los cardenales una ayuda concreta: «Necesito su apoyo, firme, explícito y público. Necesito sentirme apoyado por ustedes como un hermano». Añadió que necesita de su libertad, de su franqueza y de su lealtad, porque «un consejo sincero es siempre un acto de comunión». No es, por tanto, un Pontífice que exija silencio, sino un Pontífice que pide una corresponsabilidad real y la reclama a la luz del día.
Por último, precisó el método: «Deseo, por tanto, animarlos a afrontar con convicción el trabajo en los grupos. Sé bien que, para muchos de nosotros, no es la forma habitual de celebrar un Consistorio. Sin embargo, también esto forma parte del camino por el que el Señor nos está conduciendo. Naturalmente, habrá espacio también para las intervenciones personales y, como siempre, cada uno podrá hacerme llegar libremente observaciones o reflexiones reservadas. Pero les pido que se incorporen con confianza a este ejercicio eclesial. También nosotros aprendemos la sinodalidad practicándola; aprendemos juntos a crecer en la comunión. Les agradezco ya desde ahora su disponibilidad, su libertad interior y su amor a la Iglesia».
Una respuesta que no necesita gritarse
Estas últimas palabras constituyen una respuesta. Y lo son con toda claridad. Porque en estas horas, mientras el Papa hablaba de guerra, de paz, de bien común y de sinodalidad, alguien ha tenido tiempo de hacer llegar sus quejas a los psicoblogs del cotilleo de encajes y puntillas. ¿El motivo? Que el Papa, con todos los problemas que atraviesan el mundo y la Iglesia, no haya considerado oportuno ocuparse de encajes y puntillas en el Consistorio.
Se conocen los nombres de estos cardenales. No sigue nadie esos psicoblogs: viven de resentimientos reciclados y de una nostalgia que no interesa al Pueblo de Dios. Pero sería un error despacharlos como folclore inofensivo. Son la expresión de un mundo problemático. Muy problemático. Un mundo que, ante un Pontífice que pide un apoyo «firme, explícito y público» para la misión, solo sabe ofrecer la queja por los encajes que se le niegan y por unas costumbres trastocadas.
El Papa lo sabe. Ha pedido la sinodalidad como actitud, como apertura, como disposición a comprender, y no como un procedimiento que haya que padecer de mala gana. Ha pedido entrar «con confianza» en el trabajo de los grupos precisamente porque conoce a quienes, por el contrario, ya están dispuestos a atrincherarse en sus intereses particulares y a convertir cada novedad en una afrenta personal. La diferencia, en vísperas de los santos Pedro y Pablo, está toda ahí: hay quien mira al mundo que sufre y se deja interpelar, y hay quien mira su propio guardarropa y se abandona a las habladurías «en las altas esferas». Algo bochornoso.
León XIV ha elegido de qué lado situarse. Lo ha hecho, una vez más, con la mansedumbre de quien no necesita alzar la voz para hacerse entender. El drama es que, aquí dentro, quienes desde hace tiempo han sido etiquetados como «los incorregibles» han decidido hacer la guerra también a este Papa. Y poco se puede hacer.
d.S.V.
Silere non possum