Hablando con Elise Ann Allen el verano pasado, el papa León XIV abordó con lucidez una de las cuestiones que más largamente han agitado la vida eclesial en las últimas décadas: la relación con la liturgia y las contraposiciones surgidas en torno a su celebración. Sus palabras se distinguieron por su mesura, equilibrio y hondura. El Pontífice recordó con firmeza el riesgo, ya visible para todos, de reducir la liturgia a un terreno de enfrentamiento ideológico, tanto en las disputas en torno a la Santa Misa tradicional como en las polémicas que acompañan a la forma ordinaria del rito romano. Y, sin embargo, la liturgia pertenece a un orden mucho más alto: es el lugar sagrado en el que el pueblo de Dioses introducido en el encuentro con el Señor vivo.

Un elemento de particular relieve en las palabras del Papa consiste precisamente en su negativa a alimentar una contraposición artificiosa entre las diversas formas de la celebración. León XIV recordó una verdad con frecuencia olvidada: también la forma ordinaria de la Misa puede celebrarse en latín, con plena dignidad, con rigurosa fidelidad y con un auténtico sentido de lo sagrado. Él mismo nos ofrece de ello un espléndido testimonio cada vez que celebra, tanto en privado como en público. Al mismo tiempo, ha reconocido con honestidad una herida real de la vida eclesial: cuando la forma ordinaria se ve rebajada por la dejadez, la arbitrariedad o la inobservancia de las rúbricas, muchos fieles acaban buscando en otro lugar esa profundidad contemplativa y ese aliento de misterio que sienten necesitar. El papa León, sin embargo, no se detiene en la constatación del conflicto. Señala más bien un camino de recomposición y de renacimiento: si la Santa Misa de Pablo VI se celebra con fidelidad, recogimiento y verdadera conciencia del misterio, la distancia espiritual entre las formas aparece mucho menos irreparable de lo que algunos quieren hacer creer.

Esta perspectiva no se sitúa en discontinuidad con el magisterio del papa Francisco. En Traditionis custodes, Francisco había reiterado que la fidelidad al Concilio Vaticano II constituye un elemento esencial para la comunión eclesial. Él mismo, por lo demás, no dejó de denunciar las “deformaciones insoportables” que han marcado no pocas celebraciones litúrgicas. El papa León XIV se sitúa dentro de esta conciencia y la conduce hacia un desenlace más amplio: no el agravamiento de las fracturas, sino una obra de auténtica renovación. El camino señalado aparece claro: devolver a la liturgia esa belleza, esa gravedad y ese sentido de lo sagrado que el Concilio nunca quiso borrar y que los fieles, todavía hoy, siguen deseando con fuerza.

La cuestión, por lo demás, dista mucho de ser marginal. La liturgia toca el corazón mismo de la vida de la Iglesia. La Santa Misa es fuente y culmen de su existencia, principio vital del que todo brota y cumbre hacia la que todo tiende. Cuando se celebra de manera pobre, apresurada o autorreferencial, la fe se debilita, el sentido eclesial se resquebraja y muchos corazones quedan desorientados. Cuando, en cambio, se celebra con verdad, dignidad y belleza, conduce a los hombres a Cristo, fortalece el cuerpo eclesial y devuelve la unidad a una comunidad herida. Una Iglesia interiormente desgarrada encuentra dificultad para hablar al mundo con voz creíble; una Iglesia que sabe rezar bien, en cambio, recupera un lenguaje común y puede dar testimonio del Evangelio con mayor limpidez ante un tiempo fragmentado e inquieto. Para nosotros, los sacerdotes, todo esto adquiere el valor de una responsabilidad directa e ineludible. La renovación de la Iglesia no comienza por las estrategias, los aparatos o las fórmulas organizativas, sino por la renovación de su vida litúrgica. Es en esta perspectiva donde se comprende también la utilidad de ofrecer con regularidad notas litúrgicas, no para cargar a los hermanos sacerdotes con precisiones técnicas, sino para custodiar una atención vigilante hacia lo que es sagrado, afinar la praxis celebrativa y preservar en los gestos eclesiales esa densidad espiritual que nunca puede darse por supuesta. Lex orandi, lex credendi: la ley de la oración modela la ley de la fe. Si el pueblo cristiano ha de ser conducido al encuentro con Cristo, eso acontece ante todo en el altar, allí donde la Iglesia vive del don que ha recibido.

La llamada del papa León XIV se presenta así en toda su naturaleza propiamente pastoral. No se trata de suscitar nuevas contiendas ni de alentar alineamientos en torno a sensibilidades o preferencias. Lo que el Papa pide es un retorno a lo esencial: que la Misa, en cualquiera de sus formas, sea verdaderamente lugar de encuentro con Cristo. Esto implica fidelidad a los ritos de la Iglesia, reverencia en los gestos, custodia del silencio, disciplina interior, humildad ante el misterio eucarístico. Donde estos elementos faltan, la celebración pierde transparencia espiritual; donde, por el contrario, son custodiados, la liturgia vuelve a revelarse por lo que verdaderamente es. Para la gran mayoría de los fieles, en efecto, el punto decisivo no consiste ante todo en la lengua de la celebración, latina o vernácula, ni en la distinción técnica entre forma ordinaria y extraordinaria. La cuestión más profunda se refiere a la capacidad de la liturgia para despertar en el alma el asombro ante el Dios vivo. Cuando el sacerdote se acerca al altar con la conciencia de que nada hay más alto, más serio y más santo que aquello que está a punto de cumplirse, también el pueblo percibe que allí se abre un umbral distinto, que allí se entra realmente en el misterio. Entonces la Misa, ofrecida con devoción y verdad, vuelve a manifestarse como fuente de la vida cristiana y como cumplimiento de todo el obrar eclesial.

Las palabras del papa León XIV, leídas bajo esta luz, sobrepasan el perímetro de una simple toma de posición sobre un debate litúrgico. Adquieren el tono de una llamada a la conversión y a la renovación. Los programas, las iniciativas y las estrategias quizá puedan ayudar a la Iglesia en algunos momentos de su vida histórica; pero quien realmente la regenera es Cristo mismo, presente en la Eucaristía, adorado, celebrado y acogido con fidelidad y amor. Por eso es necesario volver a hablar de la belleza de la liturgia, sustrayéndola a las contraposiciones internas de grupos problemáticos que con demasiada frecuencia deforman su sentido. Las palabras del Papa sobre este punto piden ser escuchadas con particular atención, dentro de la respiración más amplia de la vida de la Iglesia y, de un modo muy especial, por nosotros, los sacerdotes. La renovación de la liturgia se entrelaza íntimamente con la renovación eclesial y encuentra su comienzo en un acto a la vez humilde y vertiginoso: el modo en que celebramos el Santo Sacrificio de la Misa.

p.V.P.
Silere non possum

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