Ciudad del Vaticano - «Ciertamente no hombres definidos por la multiplicación de tareas o por la presión de los resultados, sino hombres configurados con Cristo». El Papa León XIV ha querido acompañar al Presbiterio de la Archidiócesis de Madrid en la víspera de la Asamblea presbiteral Convivium” (9-10 de febrero de 2026), eligiendo la forma más directa, paterna y menos burocrática: una carta a los sacerdotes. Esta misiva nace en un tiempo eclesial atravesado por el cansancio, por urgencias que devoran la respiración larga, y por una cultura que a menudo hace más difícil incluso “entenderse” en las palabras esenciales. León XIV no dibuja una imagen idílica del sacerdocio y no finge no ver las criticidades. La carta devuelve con claridad su idea de presbítero, pero sobre todo el modo en que ese ministerio lo ha atravesado y sigue orientando su mirada: no una teoría, sino una experiencia vivida. Por eso esas palabras, esos apuntes y esas atenciones se vuelven hoy decisivos, también para interpretar con mayor lucidez los acontecimientos que precisamente en estos días corren el riesgo de asfixiar las redes sociales y las páginas de los periódicos.

El Papa invita a educar la mirada

El Papa pide profundidad, porque una Iglesia que vive de superficie acaba por consumir también a sus ministros. El punto de partida es pastoral y humano a la vez: el Papa reconoce la condición concreta de los sacerdotes, el peso de “situaciones complejas” y de una dedicación silenciosa que no es noticia. Su objetivo, sin embargo, no es consolar de modo genérico; es orientar. Pide que la asamblea no se convierta en un ejercicio de gestión, sino en un lugar donde se vuelve a mirar dentro de la realidad con discernimiento: «No para quedarnos en diagnósticos inmediatos o en la gestión de las urgencias, sino para aprender a leer en profundidad el momento que se nos ha dado vivir». Y aquí aparece la primera opción de método: educar la mirada, evitar atajos, reconocer lo que Dios obra “a menudo de manera silenciosa y discreta”. León XIV habla de secularización, de polarización del discurso público y de la reducción de la persona a categorías ideológicas. Pero sobre todo toca un dato que, para un sacerdote, es cotidiano: la fractura del lenguaje compartido. «Muchos de los presupuestos conceptuales que durante siglos han facilitado la transmisión del mensaje cristiano han dejado de ser evidentes y, no raras veces, incluso comprensibles… las palabras ya no significan lo mismo y… el primer anuncio no puede darse por supuesto». Es una fotografía que baja del plano abstracto al banco de la parroquia: no basta con “seguir” haciendo lo que siempre se ha hecho, porque a menudo falta el terreno común sobre el que se apoyaba la comunicación de la fe. El Papa, sin embargo, no entrega a sus sacerdotes un relato deprimido. Dentro de la crisis, identifica una apertura: una inquietud nueva, sobre todo entre los jóvenes. La describe con tres frases que suenan como un diagnóstico espiritual de la modernidad: «La absolutización del bienestar no ha traído la felicidad esperada; una libertad desvinculada de la verdad no ha generado la plenitud prometida; y el progreso material, por sí solo, no ha logrado colmar el deseo profundo del corazón humano».

León XIV no opone la Iglesia al mundo como dos bloques; lee el mundo, reconoce la saciedad y el vacío producidos por muchas promesas fallidas, y de ahí deduce una responsabilidad: «para el sacerdote no es tiempo de repliegue o de resignación, sino de presencia fiel y de generosa disponibilidad». Es en este marco donde llega el corazón del mensaje: qué tipo de sacerdotes necesita Madrid y la Iglesia universal en este tiempo. La respuesta es teológica, pero tiene consecuencias inmediatamente concretas: «hombres configurados con Cristo», capaces de sostener el ministerio «a partir de una relación viva con Él, nutrida por la Eucaristía y expresada en una caridad pastoral marcada por el don sincero de sí». León XIV evita la tentación de rediseñar la identidad sacerdotal como si fuera un papel que actualizar; pide volver al núcleo: «proponer de nuevo, con renovada intensidad, el sacerdocio en su núcleo más auténtico - ser alter Christus - dejando que sea Él quien configure nuestra vida, quien unifique nuestro corazón». Para hacer “visible” esta perspectiva, el Papa elige una imagen de extraordinaria eficacia: la catedral. Y lo dice explícitamente: «Permitidme hoy hablaros del sacerdocio recurriendo a una imagen que conocéis bien: vuestra Catedral. No para describir un edificio, sino para aprender de él». Desde aquí, la carta se convierte en una especie de itinerario espiritual, en el que cada elemento arquitectónico se transforma en criterio de vida presbiteral.

Un itinerario espiritual para la vida

La fachada, por ejemplo, es el lugar de la visibilidad: «Así también el sacerdote no vive para exhibirse, pero tampoco vive para esconderse». La vida del sacerdote debe ser reconocible, no como autopromoción, sino como remisión a un Otro: «La fachada no existe para sí misma: conduce al interior… el sacerdote nunca es fin en sí mismo… llamada a remitir a Dios».

Luego está el umbral, que no es una barrera moralista sino una separación necesaria para custodiar lo sagrado. León XIV lo vincula al modo concreto en que un sacerdote habita el mundo: «en el mundo, sin ser del mundo». Es aquí donde inserta el celibato, la pobreza y la obediencia, no como sustracciones estériles, sino como forma que hace posible una pertenencia: «no como negación de la vida, sino como forma concreta que permite al sacerdote pertenecer enteramente a Dios sin dejar de caminar entre los hombres». La profundidad está en la inversión implícita: no son accesorios identitarios, sino condiciones que vuelven legible una dedicación total. La imagen de la catedral como casa común abre uno de los pasajes más urgentes de nuestro tiempo: la fraternidad presbiteral. En un tiempo en el que muchos sacerdotes experimentan soledad y vulnerabilidad, y en el que en no pocos presbiterios encuentran espacio también figuras que alimentan división - a veces hombres que pasaron por la ordenación sin un serio camino de seminario, sostenidos por obispos poco prudentes, y luego dejados libres para sembrar cizaña, difundir calumnias contra los hermanos y desestabilizar comunidades hasta ser incluso apartados de sus diócesis por su problematicidad - León XIV no se limita a un deseo. Va al punto y entrega un criterio nítido: «Hijos míos, nadie debería sentirse expuesto o solo en el ejercicio del ministerio: resistid juntos al individualismo que empobrece el corazón y debilita la misión!». Es un criterio de gobierno pastoral: la Iglesia, “especialmente frente a sus sacerdotes”, debe ser «una casa que acoge, que protege y que no abandona». Y aquí se abre un espacio que exige un verdadero examen de conciencia: ¿a cuántos sacerdotes hemos dejado solos precisamente mientras estaban mal? ¿Cuántos, acabados en situaciones difíciles o obligados a afrontar cuidados médicos, han percibido a la Iglesia como una madre ausente - a veces incluso juzgadora - en lugar de como una familia acogedora, capaz de sostener sin humillar y de acompañar sin sospechar. Aquí la carta habla a Madrid, pero también más allá de Madrid: sin vínculos reales entre sacerdotes, la misión pierde consistencia, porque primero se debilita la persona y luego el servicio.

Las columnas se convierten entonces en el símbolo de lo que sostiene: el fundamento apostólico. También aquí el Papa es preciso, casi como queriendo desactivar la ansiedad de reinventarse: la vida sacerdotal no se sostiene sobre intuiciones individuales, sino «sobre el testimonio apostólico… en la Tradición viva de la Iglesia, custodiada por el Magisterio». Es un recordatorio que no quiere cerrar a las preguntas, pero impide que se vuelvan errantes. Y advierte que, permaneciendo anclados en ese fundamento, se evita construir «sobre la arena de interpretaciones parciales o de acentos contingentes», eligiendo en cambio la roca que “precede y supera” al ministro.

El pasaje siguiente devuelve al ministerio su centro real: los sacramentos. Antes del presbiterio, observa el Papa, la catedral muestra lugares “discretos pero fundamentales”: la pila bautismal y el confesionario. Y el Pontífice recuerda: «En los sacramentos, la gracia se manifiesta como la fuerza más real y eficaz del ministerio sacerdotal». De esta convicción deriva un mandato preciso: «celebrad los sacramentos con dignidad y fe», porque allí «se cumple… la verdadera fuerza que edifica la Iglesia». Pero León XIV no abandona el itinerario espiritual que es una invitación para los sacerdotes de todo el mundo: «no olvidéis que vosotros no sois la fuente, sino el canal». Y, precisamente porque es canal, el sacerdote siempre necesita volver a la fuente: «Por eso no dejéis de confesaros, de volver siempre a la misericordia que anunciáis». En el camino hacia el centro, las capillas laterales ofrecen otro apunte: la pluralidad de carismas y espiritualidades. La catedral, aun con sus diversidades, conserva una orientación común: «ninguna se repliega sobre sí misma, ninguna rompe la armonía del conjunto». También en la Iglesia, sugiere León XIV, la variedad es fecunda cuando permanece orientada hacia el centro y no se convierte en fragmentación autorreferencial. Es un modo concreto de pedir unidad sin uniformidad, comunión sin borrar las diferencias.

Por último, el centro. Altar y sagrario: lo que el Papa define como la fuente del sentido y del ministerio. «Sobre el altar, por vuestras manos, se hace presente el sacrificio de Cristo… en el sagrario permanece Aquel que habéis ofrecido». De aquí deriva la llamada que cierra, en profundidad, todo el discurso de León: la calidad del sacerdote se decide en la oración y en la adoración, porque de ahí nace la caridad pastoral y la capacidad de sostener las pruebas. «Sed adoradores, hombres de profunda oración, y enseñad a vuestro pueblo a hacer lo mismo». Prevost ofrece una disciplina del corazón que unifica vida y ministerio, impidiendo que el sacerdote se convierta en un funcionario de lo sagrado. La carta se cierra con una consigna breve y radical al mismo tiempo, tomada de san Juan de Ávila, patrono del clero español: «Sed todos suyos». Es la síntesis más exigente: pertenencia total, sin atajos. León XIV la acompaña con un imperativo que no deja espacio a sentimentalismos: «Sed santos!».

En suma, en un tiempo en el que el lenguaje común se ha debilitado y el primer anuncio ya no se presupone, el Papa nos recuerda que la respuesta no pasa por la ansiedad de hacer más, sino por volver a aquello que hace el ministerio verdadero, creíble, fecundo: Cristo, la Eucaristía, los sacramentos, la fraternidad, la Tradición viva, la adoración.

p.C.B.
Silere non possum