Entrar en un monasterio supone confiar la propia búsqueda a una Regla, a un tiempo y a una comunidad. La vocación se va perfilando en el discernimiento de cada día, lejos de cualquier visión romántica de la vida claustral. La Regla de san Benito ofrece a quien recibe a un nuevo candidato un criterio muy concreto: comprobar si el novicio «busca verdaderamente a Dios». Son pocas palabras y, en apariencia, muy sencillas. Sin embargo, desde que emprendí este camino, voy descubriendo que encierran una pregunta que nunca queda respondida de una vez para siempre. Quien llama a la puerta de un monasterio puede hacerlo movido por razones muy distintas. Tal vez se sienta atraído por la liturgia, por el silencio, por la vida fraterna o por la estabilidad de una comunidad que parece resistir frente a la dispersión del mundo contemporáneo. Puede aspirar a una existencia más ordenada, buscar un lugar donde rezar con mayor intensidad o tratar de comprender una inquietud que, fuera del monasterio, ya no conseguía ignorar. No todas estas motivaciones tienen el mismo valor. Pero ninguna debería descartarse precipitadamente. Incluso una razón incompleta puede contener el comienzo de una llamada. Para eso sirve precisamente el noviciado: para discernir qué hay de Dios en aquella primera atracción y qué procede, en cambio, del miedo, de la necesidad de sentirse protegido, de la insatisfacción o del deseo de escapar. San Benito no pregunta al candidato si ya lo ha entendido todo. Le pregunta si está buscando. El verbo habla de movimiento, de atención, de disponibilidad para dejarse guiar. El novicio no entra en el monasterio para discutir en abstracto sobre la existencia de Dios, sino para conocer cada vez más profundamente a Aquel cuya presencia reconoce en su propia vida.
Esta búsqueda no sigue una trayectoria recta. Hay días en los que la oración fluye con claridad y otros en los que las palabras de los salmos parecen quedar muy lejos. A veces la elección realizada se percibe con una evidencia incontestable; otras veces aparecen dudas, añoranzas y resistencias. La vocación no borra de inmediato la fragilidad de la persona. La lleva consigo y la expone a una luz nueva.
Al poco de entrar en el monasterio se descubre que el silencio exterior no trae consigo, de forma automática, la paz interior. Cuando disminuyen las voces, los desplazamientos y las distracciones, salen a la superficie pensamientos que antes quedaban ocultos bajo el ruido. La memoria devuelve episodios, deseos, heridas y relaciones pendientes. Incluso la oración puede convertirse en el lugar donde uno toma conciencia de lo difícil que resulta permanecer verdaderamente presente.
La búsqueda de Dios pasa también por este conocimiento de uno mismo. No se trata de buscar una idea religiosa fabricada a la medida de las propias necesidades, sino de adentrarse poco a poco en una relación que exige verdad. Por eso el monasterio puede resultar incómodo. Cierra algunas vías de escape y obliga a prestar mayor atención a cuanto habita en el corazón. San Benito, no obstante, no deja al novicio solo frente a su mundo interior. La vocación se discierne en el seno de una comunidad. Los gestos de cada día, las relaciones, la forma de acoger una corrección, la capacidad de compartir el trabajo y la actitud ante las dificultades suelen revelar mucho más que cualquier declaración solemne. Uno puede hablar con convicción sobre la oración y, poco después, irritarse porque un hermano ha cambiado un programa. Puede desear una vida de servicio y rebelarse interiormente cuando le encomiendan una tarea poco gratificante. Puede contemplar la pobreza como un gran ideal espiritual y descubrir después lo difícil que resulta renunciar a disponer autónomamente de sus propias cosas. La vida en común convierte la pregunta por la vocación en algo concreto. En un monasterio conviven temperamentos muy distintos: personas más activas y otras más contemplativas; unas más prácticas y otras más reflexivas; unas expansivas y otras reservadas. La Regla confía al abad la difícil tarea de acompañar toda esa diversidad humana. El criterio esencial continúa siendo la búsqueda sincera de Dios, no la pertenencia a un determinado perfil psicológico.
Esa diversidad impide convertir la comunidad en un grupo organizado de acuerdo con las propias preferencias. A los hermanos no se los elige. Se los recibe. En la convivencia aparecen simpatías, afectos, incomprensiones, impaciencias y gratitud. La fraternidad monástica crece a través de estas realidades ordinarias, no gracias a una armonía emocional permanente. El discernimiento de la vocación tampoco corresponde únicamente al novicio. El candidato puede estar sinceramente convencido de haber recibido una llamada y, aun así, necesitar la mirada de los demás para reconocer aspectos que por sí solo no alcanza a ver. La comunidad observa, acompaña y discierne. Antes de la toma de hábito y de las profesiones, la elección se examina en un ámbito concreto de diálogo y responsabilidad. Este proceso puede vivirse como una intromisión. Sin embargo, cuando se lleva a cabo con madurez y respeto, protege la libertad del candidato. Una comunidad sana no retiene a cualquiera que llama a su puerta ni convierte cualquier entusiasmo inicial en una prueba definitiva de vocación. Debe saber esperar, hacer preguntas y, en ocasiones, reconocer que ese camino no corresponde a la persona que tiene delante.
También existe el riesgo contrario. Una comunidad puede acabar preocupándose sobre todo por su propia supervivencia, especialmente cuando sus miembros son mayores y escasos. En esas circunstancias, la llegada de un joven puede recibirse como la solución a ciertos problemas organizativos o como una promesa de futuro. Pero el novicio no entra en el monasterio para salvar una institución. Su persona no puede quedar subordinada a las necesidades de la casa. El discernimiento debe mantenerse libre de la urgencia por aumentar el número de miembros o garantizar la continuidad de obras que tal vez ya no sean sostenibles. La pregunta «¿busca verdaderamente a Dios?» interpela, por tanto, también a quienes reciben al candidato. La comunidad debe preguntarse si lo está ayudando a seguir a Cristo o si se está sirviendo de él para protegerse a sí misma. El maestro de novicios y el abad están llamados a custodiar una vocación que no les pertenece. Pueden acompañarla, ponerla a prueba y reconocer sus frutos, pero no pueden fabricarla.
Para el novicio, tomar conciencia de esto implica una responsabilidad igualmente seria. No basta con vestir un hábito, aprender los horarios o adoptar el lenguaje propio del monasterio. Hay comportamientos exteriormente edificantes que pueden adquirirse con relativa facilidad. La verdadera prueba consiste en la disposición a dejarse transformar. El noviciado no es un periodo destinado a demostrar que uno ya es monje. Es un tiempo para aprender a reconocer la verdad de la propia búsqueda. Exige sinceridad, porque siempre existe la tentación de ofrecer a los demás la imagen del candidato ideal. Exige paciencia, porque lo auténtico solo se manifiesta con el paso del tiempo. Y exige también la libertad necesaria para admitir que algunas motivaciones iniciales eran frágiles o estaban confusas.
Voy comprendiendo que buscar verdaderamente a Dios significa permitir que esa búsqueda ponga en cuestión mis expectativas. El monasterio imaginado antes de entrar tiene que ceder su lugar al monasterio real, hecho de oración y cansancio, de fraternidad y conflictos, de luz y aridez. También la imagen que tenía de mí mismo debe someterse a este discernimiento. La pregunta de san Benito permanece abierta. No ofrece una respuesta definitiva que pueda guardarse como si fuera un certificado. Reaparece en la oración, en el trabajo, en la obediencia y en la relación con los hermanos. Quizá acompañe toda la vida monástica. Cada día vuelve a preguntar: ¿a quién buscas? ¿Y por quién estás dispuesto a permanecer?



