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22 julio 2026
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Miércoles, 22 julio 2026 · Anno V
Del sepulcro a la gruta. León XIV, peregrino a las fuentes benedictinas
Santa Sede22 de julio de 2026

Del sepulcro a la gruta. León XIV, peregrino a las fuentes benedictinas

En cuarenta y ocho horas, el Pontífice ha dejado en dos ocasiones Castel Gandolfo para dirigirse a Montecassino, al Santuario de la Santísima Trinidad de Vallepietra y a Subiaco. Un itinerario que recorre en sentido inverso la geografía de san Benito y revela mucho sobre la mirada de este pontificado.

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En apenas cuarenta y ocho horas, León XIV ha recorrido en sentido inverso toda la geografía de san Benito. El lunes 20 de julio, el Pontífice dejó Castel Gandolfo, donde pasa su periodo estival de descanso, para dirigirse a Montecassino y orar ante el sepulcro que guarda los restos del patriarca del monacato occidental y de su hermana, santa Escolástica. Esta mañana, miércoles 22 de julio, se ha trasladado al Santuario de la Santísima Trinidad de Vallepietra, en los montes Simbruinos, donde se ha recogido ante el antiguo fresco venerado en una gruta situada a más de mil trescientos metros de altitud. Después ha saludado a algunos fieles y religiosos presentes y, desde allí, ha descendido hasta la Abadía de Subiaco, cuna de la experiencia cenobítica del santo de Nursia. Han sido visitas privadas, sin ceremonias ni discursos oficiales, comunicadas a los propios monjes con apenas unas horas de antelación y bajo la petición de mantener una absoluta discreción, para que el Papa pudiera disfrutar de la paz y del silencio que ellos custodian fielmente desde hace años.

En Montecassino, el Papa fue recibido por el abad Luca Fallica y por lo que queda de aquella comunidad monástica. Rezó la Hora Sexta con los monjes, visitó el archivo y la biblioteca y compartió la mesa del cenobio antes de regresar a los montes Albanos. Ante la tumba de Benito encomendó al Patrono de Europa su súplica «por la paz en aquellas regiones del mundo marcadas por la sangre y el conflicto». También pudo volver a encender la lámpara votiva llevada por Pablo VI en octubre de 1964, cuando Montini, al consagrar la basílica reconstruida tras los bombardeos de 1944, proclamó a Benito patrono principal de Europa y lo saludó como Pacis nuntius. En el gesto de León XIV resuena, por tanto, una larga sucesión de peregrinaciones pontificias: después de Pablo VI llegaron Juan Pablo II y Benedicto XVI, que quiso vincular su pontificado a aquel nombre. Entretanto, la abadía, devastada por dos gobiernos abaciales desastrosos que han reducido al mínimo tanto el número de monjes como la calidad de la vida comunitaria, mira ya hacia 2029, cuando se cumplirán mil quinientos años de su fundación. Siempre que para entonces aún tenga algo que celebrar y sus puertas sigan abiertas.

Hay además un elemento canónico que concede a ambos destinos una relevancia particular. Montecassino y Subiaco forman parte del cada vez más reducido número de abadías territoriales: circunscripciones eclesiásticas confiadas al gobierno de un abad, testimonio de una organización en la que el monasterio constituía el centro jurídico, espiritual y pastoral de todo un territorio. Las reformas de las últimas décadas han ido reduciendo progresivamente sus límites al núcleo monástico, devolviendo a estos lugares su fisonomía esencial: comunidades llamadas a vivir la Regla y a irradiar su fuerza en la Iglesia.

Durante el pontificado de Francisco, que en Italia contó con la colaboración del nuncio apostólico Emil Paul Tscherrig, particularmente hostil hacia estas realidades, las abadías territoriales, profundamente vinculadas a la historia y a la identidad propia de sus territorios, atravesaron una etapa especialmente crítica. Al final, afortunadamente, solo se vieron afectadas en parte: Montecassino perdió todo su territorio y hoy conserva únicamente cuanto pertenece directamente a la abadía; la Santa Sede ya había adoptado la misma medida para Subiaco en 2002. Hacia el final de su pontificado, Francisco dispuso además una visita a la Abadía de Subiaco, encomendada al cardenal Giuseppe Petrocchi, que concluyó del mejor modo posible, pues todas las cuestiones económicas resultaron estar en regla. Que el Obispo de Roma haya querido cruzar el umbral de ambas en el transcurso de dos días adquiere, por tanto, un significado preciso.

León XIV quiere visitar y rezar, pero también conocer de cerca y observar personalmente estas realidades, auténticos pulmones de la Iglesia. El Papa está firmemente convencido de que la vida monástica es fundamental para la vida eclesial y de que la Iglesia tiene la responsabilidad de custodiarla, sostenerla y favorecer su crecimiento. Es un reconocimiento de la fecundidad permanente de esta forma de vida eclesial, hoy tratada con frecuencia como una supervivencia marginal, aunque en realidad haya sido decisiva para la historia de la fe, de la cultura y de la civilización europea.

Llama la atención el sentido del recorrido. Benito partió de Subiaco hacia Cassino: desde la gruta del Sacro Speco, donde vivió tres años en soledad, hasta los trece monasterios del valle del Aniene y, finalmente, hasta el monte donde, hacia el año 529, levantó el cenobio destinado a modelar Occidente y a darle su Regla. León XIV ha seguido el camino contrario: del sepulcro a la fuente, de la culminación al origen. Quien conoce la tradición monástica reconoce en este regreso un movimiento profundamente espiritual: la vuelta al principio, el reditus ad fontes que toda reforma auténtica de la vida religiosa ha invocado. Remontar la corriente hasta el manantial significa preguntarse qué hizo posible todo cuanto vino después.

Entre las dos abadías, como una suerte de bisagra teológica del itinerario, se encuentra Vallepietra. El santuario rupestre, encajado en el Colle della Tagliata y suspendido sobre el Valle Santo de Subiaco, custodia el fresco de las tres Personas divinas ante el que el Papa se detuvo a orar. La presencia de la Trinidad en el corazón de una peregrinación benedictina posee una coherencia profunda. Balduino de Ford, cisterciense inglés del siglo XII, fundamentaba la vida común de los monjes en la vida común de la Trinidad: «Dios no vive en singular», escribía, y de aquella comunión eterna nace la ley del cenobio, que es el amor recíproco. Orar ante la Trinidad entre Montecassino y Subiaco significa, por tanto, remontarse más allá de la propia Regla, hasta el misterio que la sustenta: los hombres viven juntos bajo la autoridad de un abad porque Dios mismo es comunión.

En una carta de 1069 dirigida a los eremitas Albizone y Pietro, Pedro Damián comparaba a los monjes con faros situados en la costa. Ayuda más a los náufragos, sostenía, quien permanece firme en la orilla e ilumina la nocturna caligo de esta vida, señalando el rumbo hacia el puerto, que quien se arroja entre las olas con el riesgo de ser arrastrado por ellas. La imagen expresa con exactitud la función que los grandes santuarios monásticos han desempeñado durante quince siglos: luces fijas, reconocibles desde lejos, que orientan sin salir en persecución de nadie. Un Pontífice que durante sus días de descanso sube hasta esos faros parece querer indicarnos dónde busca él mismo orientación y dónde invita a la Iglesia a buscarla: en la estabilidad, en la oración coral, en el trabajo cotidiano y en la sabia medida que la Regla denomina discretio.

Queda, por último, la dimensión personal. León XIV es hijo de san Agustín, formado en una espiritualidad que tiene como ejes la interioridad y la comunión fraterna. Su decisión de acudir a la escuela de Benito, además de hacerlo en privado y sin aparato alguno, demuestra una libertad interior capaz de beber de todo el patrimonio de la vida consagrada. Al fin y al cabo, Agustín y Benito convergen en un mismo punto: la vida común como camino hacia el Padre. Y quien recuerde los primeros meses de este pontificado tendrá presente la insistencia con la que el Papa ha señalado la paz como tarea y como súplica: sobre la tumba del Pacis nuntius, esa súplica ha encontrado su altar natural.

Las crónicas han hablado de visitas por sorpresa, y así lo fueron para las comunidades que las recibieron, avisadas apenas unas horas antes. Sin embargo, consideradas en su conjunto, estas salidas estivales responden a un designio que tiene muy poco de improvisado. También en agosto de 2025, desde el mismo palacio de Castel Gandolfo, León XIV había subido al santuario de la Mentorella para implorar la paz. El descanso del Papa adopta así la forma de una peregrinación: jornadas sustraídas a las audiencias y devueltas a los lugares donde la fe de Occidente aprendió a rezar, a trabajar y a custodiar los libros y la tierra. Desde la gruta de Subiaco hasta el monte de Cassino, la historia benedictina enseña que toda construcción destinada a perdurar nace de un largo silencio.

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