Hay un rasgo que llama la atención al leer con detenimiento las palabras dirigidas por León XIV a los cardenales, y es su ausencia de énfasis. Ningún acento muscular, ninguna retórica del mando. El Papa no busca imponerse: acompaña. No convoca para ocupar un espacio, sino para abrir un proceso. Y es precisamente en esta mansedumbre donde se juega el corazón de su discurso.
El hilo que recorre la intervención, de manera discreta pero continua, es el de la atracción. No una estrategia comunicativa ni una categoría sociológica, sino una ley espiritual que concierne al modo mismo en que la Iglesia está en el mundo. León XIV no construye una idea nueva: la recoge de la Tradición de la Iglesia y sigue su desarrollo a lo largo de los siglos, hasta encontrarla expresada también en el Concilio Vaticano II y luego retomada por los pontificados anteriores. Y, sin embargo, el modo en que la relanza dice algo propio: una clave que habla de su estilo, de su gobierno, de la forma de autoridad que pretende ejercer. La Iglesia, recuerda el Papa, no es una fuente autónoma de luz. Es una realidad reflejada. La luz viene de otra parte, y solo si la Iglesia acepta permanecer expuesta a esa luz puede convertirse en lugar de orientación para otros. Es un pasaje decisivo, porque desplaza el baricentro: no es la eficiencia eclesial la que hace creíble el anuncio, sino la transparencia. No es la fuerza de la organización, sino la calidad de la relación con Cristo.
Cuando León XIV insiste en que «no es la Iglesia la que atrae, sino Cristo», está poniendo implícitamente una distancia crítica respecto de toda forma de autosuficiencia eclesiástica. La atracción no nace de lo que la Iglesia produce, sino de lo que deja pasar. Es una imagen coherente con esa “savia vital” que atraviesa los canales frágiles de la comunidad cristiana solo si estos no se obstruyen con la pretensión de ser protagonistas. Aquí el Papa retoma explícitamente una convicción teológica que Benedicto XVI había formulado con su espléndido estilo: en el origen del ser cristiano no hay una idea ni una opción moral, sino un encuentro que cambia el horizonte de la vida.
Es en este marco donde la insistencia en el amor adquiere densidad real. No como sentimiento indistinto, sino como fuerza que “apremia”, que estrecha, que mantiene unido. León XIV cita a Pablo: Caritas Christi urget nos. El amor no como ornamento de la vida eclesial, sino como principio de cohesión. De ahí la frase que suena casi como un criterio de verificación: «La unidad atrae, la división dispersa». No es un eslogan, sino más bien un diagnóstico. Donde la Iglesia se fragmenta, pierde fuerza gravitacional; donde se recompone en torno a lo esencial, vuelve a ser significativa.
Esto explica por qué el Papa vincula la atracción no a lo externo, sino ante todo a la vida interna de la Iglesia. El mandamiento del amor recíproco no tiene el tono de un simple consejo ascético: para León XIV es una verdadera condición misionera. Y no es casual que, en su magisterio naciente, vuelva con insistencia a san Agustín: padre inspirador de la Orden a la que pertenece y figura decisiva en su itinerario teológico y espiritual. Agustín lo expresa con una concreción casi física: los miembros permanecen unidos porque están ligados por un vínculo suave; solo así pueden ser cuerpo de un Cabeza. Cuando ese vínculo se afloja, la comunión se deshilacha y el cuerpo, inevitablemente, se desintegra. En esta perspectiva debe leerse también la elección de no pedir al Consistorio un texto final. León XIV no quiere “producir” documentos, busca un método. Habla de “conversación”, de escucha real, de esencialidad. Non multa sed multum. Pocas palabras, pero habitadas. Prevost quiere recomenzar desde las relaciones, desde la escucha real. Es una elección que remite a una visión más amplia del tiempo eclesial: un tiempo que no debe ser conquistado, sino habitado. No dominado, sino recorrido juntos. Es significativo que, en lo que ha surgido en los grupos, esta categoría del habitar emerja como alternativa tanto a la utopía como al desencanto: habitar el tiempo significa aceptar la realidad, con sus heridas y sus contradicciones, sin dejar de buscar un sentido compartido.
Al final, lo que impresiona de las palabras pronunciadas por León XIV durante el Consistorio es que no promete soluciones rápidas ni atajos institucionales. Propone una postura: permanecer bajo la acción de una fuerza que precede y supera. Una Iglesia que renuncia a retener para sí la luz, y precisamente por eso se vuelve capaz de orientar. Es una mansedumbre que no retrocede, sino que excava. Y quizá sea precisamente aquí donde se juega algo nuevo, no solo para el presente, sino para el futuro de la Iglesia.
Marco Felipe Perfetti
Director de Silere non possum