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Miércoles, 12 agosto 2026 · Anno V
Enzo Bianchi sobre los lefebvrianos: «El cisma interpela a toda la Iglesia»© Casa della Madia
Iglesia Católica12 de agosto de 2026

Enzo Bianchi sobre los lefebvrianos: «El cisma interpela a toda la Iglesia»

Tras las ordenaciones episcopales sin mandato pontificio de la Fraternidad San Pío X, el fundador de Bose invita a hacer examen de conciencia sobre los abusos litúrgicos y los excesos tradicionalistas. A los fieles vinculados al Vetus Ordo les pide que reconozcan la liturgia de Pablo VI, el Vaticano II y el ministerio petrino

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El pasado 2 de julio, la Fraternidad Sacerdotal San Pío X culminó la ruptura que se temía desde hacía tiempo al ordenar a cuatro nuevos obispos sin mandato pontificio: un acto que, según el derecho canónico, comporta la excomunión automática. Es el desenlace de una historia que Enzo Bianchi reconstruye en su blog, repasando los llamamientos que cayeron en saco roto y señalando, al mismo tiempo, las responsabilidades que, a su juicio, debería asumir toda la Iglesia.

En vísperas de la ordenación, relata Bianchi, el papa León XIV había escrito al superior de la Fraternidad, el padre Davide Pagliarani, suplicándole que no «rasgara la túnica inconsútil de Cristo» y reconociendo, en ese mismo llamamiento, los méritos de una parte de la Iglesia que había permanecido fiel a la tradición. El gesto se situaba en la línea ya trazada por la benevolencia de Benedicto XVI y la misericordia de Francisco hacia los lefebvrianos. El esfuerzo, sin embargo, resultó vano, para gran dolor, escribe Bianchi, no solo del Pontífice, sino de toda la comunidad eclesial.

El fundador de la Comunidad de Bose recuerda una enseñanza del monacato antiguo: cuando alguien abandona la comunión, toda la comunidad sufre y, a partir de ese momento, está llamada a preguntarse por las razones de ese alejamiento. Aplicado al caso lefebvriano, este principio se convierte para Bianchi en una invitación a la Iglesia a hacer un examen de conciencia sincero y penitencial sobre esas «experiencias» que cuestionan quienes rechazan la evolución posterior al Concilio: la dejadez con la que se celebran muchas misas, la deriva de las liturgias juveniles hacia el happening, celebraciones convertidas en mero acompañamiento de las fiestas populares, teólogos improvisados que mezclan oraciones interreligiosas o sostienen que todas las religiones conducen por igual a Dios, y cantos más mundanos que cristianos que han sustituido al gregoriano.

Esta autocrítica, advierte sin embargo el autor, no puede detenerse aquí y debe extenderse también a los excesos de signo contrario: ordenaciones celebradas por purpurados con colas de siete metros, espectáculos que recuerdan más a las pompas asirias que a la sobriedad evangélica; algunos institutos que celebran según el Vetus Ordo con un rigor que ni siquiera aprobarían los benedictinos de Le Barroux o de Solesmes; y las ambigüedades, en ocasiones un verdadero «doble juego», que en el pasado han marcado las negociaciones entre los lefebvrianos y la Santa Sede, en perjuicio de la sinceridad y de la parresía recíproca.

Hecho este balance, para Bianchi sigue siendo válida la indicación del propio León XIV: «hay que seguir adelante», con inteligencia, discernimiento y sabiduría. Los lefebvrianos siguen siendo hermanos - «separados», precisa, pero hermanos al fin y al cabo -, con quienes hay que mantener el diálogo y practicar la acogida, nunca el desprecio ni una condena definitiva. En apoyo de esta posición, recuerda el giro introducido por el Vaticano II, que rompió con la praxis de los concilios lateranenses de condenar para siempre a los cristianos ajenos a la Iglesia y abrió el camino hacia una concepción plural de la comunión, inspirada en la oración de Jesús durante la Última Cena.

Un capítulo aparte de la reflexión de Bianchi está dedicado a quienes siguen celebrando según el Vetus Ordopermaneciendo en plena comunión con Roma. Desde el punto de vista normativo, la cuestión está regulada por Traditionis custodes, la carta apostólica con la que Francisco, en 2021, reafirmó la unicidad del rito latino surgido de la reforma conciliar y confió a los obispos diocesanos la facultad de autorizar celebraciones según el misal anterior. Casi al mismo tiempo, sin embargo, el propio Francisco concedió una excepción a los monjes de Fontgombault y a la congregación de Solesmes - entre ellos Le Barroux, Randol y Triors -, cuya autenticidad evangélica Bianchi afirma conocer de primera mano: comunidades que no buscan un estilo refinado, sino que viven un seguimiento humilde, trabajando la viña, elaborando pan y ayudando a los pobres de la zona.

A este respecto, el autor relata un episodio significativo: el abad de Solesmes, al preguntar a Francisco por la posibilidad de continuar con el antiguo rito, recibió sencillamente esta respuesta: «¡Discierne tú! Y decide tú, que sabes lo que hace falta». En torno a estas abadías gravita además una constelación más amplia de comunidades vinculadas al rito antiguo, poco frecuente en Italia pero muy extendida en otros lugares, especialmente en Norteamérica: una realidad que Bianchi calcula en unos 500.000 fieles, atendidos por más de quinientos sacerdotes.

Se trata, advierte, de una comunión todavía frágil, que exige una atención especial, porque la línea que separa estas posiciones de las lefebvrianas es muy tenue y el riesgo de deslizarse hacia una situación de hecho cismática, aun sin declararla, sigue siendo real. A estos ambientes Bianchi les pide con firmeza tres reconocimientos: la legitimidad y la validez de la liturgia de Pablo VI, las tres constituciones dogmáticas del Vaticano II y el ministerio petrino ejercido en la sinodalidad. Nada más, precisa, porque no hay que hacer del Concilio un ídolo: la constitución Gaudium et spes, en particular, le parece más fruto del optimismo de la época que de los signos de los tiempos, un texto de inspiración sociológica que no puede elevarse a norma vinculante; un juicio para el que remite a las críticas formuladas ya en su momento por Giuseppe Dossetti, Giuseppe Alberigo y Divo Barsotti.

La reflexión concluye recordando que el camino hacia la comunión en la verdad compromete la responsabilidad de todos los bautizados, y no únicamente la del Pontífice. A Pedro le corresponde el servicio de la unidad, pero el obispo de Roma - enseñaba Francisco - se sitúa «en la base de la pirámide invertida»: no es el sacramento de la Iglesia ni su síntesis. Precisamente por eso, observa Bianchi, la insistencia casi exclusiva en la obediencia al sumo pontífice como condición para la comunión, que también se observa en este caso, revela una eclesiología incompleta. El ministerio petrino, recuerda al concluir, fue querido por Cristo junto con los Doce - no sin ellos ni contra ellos - y por eso el Papa sigue siendo amado por los católicos: como siervo de los siervos de Dios, y no solo de palabra.

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