Fontgombault - Es una tarde de jueves, y el paisaje que rodea Fontgombault parece guardar una calma antigua. La Creuse discurre junto al monasterio, la Brenne lo envuelve con su verdor discreto, y todo contribuye a crear una sensación de medida que dispone interiormente al silencio. Ni siquiera la majestuosidad de la abadía rompe esa armonía, sino que se inserta en ella con naturalidad. Al fin y al cabo, los monjes, a lo largo de los siglos, siempre han buscado lugares capaces de custodiar no solo sus muros, sino también su vida.
Es ya esta atmósfera la que introduce en el clima de la oración, en esa liturgia vivida que precede a toda palabra. En un lugar así se empieza a comprender cómo aquí la liturgia no es, ante todo, una cuestión que deba discutirse, sino una realidad que da forma al tiempo, ordena los días y modela la existencia. Nos encontramos con dom Jean Pateau O.S.B. mientras se hallaba en Le Blanc, a unos once minutos por carretera de la abadía. El abad acude allí para prestar asistencia espiritual a las Petites Sœurs Disciples de l’Agneau, una pequeña comunidad de mujeres consagradas al Señor formada por hermanas con síndrome de Down. Una realidad rara, si no única, en la Iglesia católica. En este clima de calma y fraternidad, dom Jean Pateau nos dedicó parte de su tiempo para reflexionar sobre la vida monástica, sobre lo que sucede hoy en la Iglesia y sobre la importancia que la liturgia sigue teniendo para nuestra vida de católicos.

Una comunidad que busca a Dios
Fundada en 1091 por Pierre de l’Étoile, a orillas de la Creuse, la abadía de Notre-Dame de Fontgombault lleva en su propio nombre la memoria de sus orígenes, ligados al ermitaño Gombaud y a la fuente que dio nombre al lugar. Es un monasterio de la Congregación de Solesmes y una de las realidades monásticas francesas que siguen suscitando interés mucho más allá de los límites de su territorio. Fontgombault impresiona, ante todo, por lo que custodia y hace visible: una forma de vida en la que la oración, el silencio, el trabajo, la fraternidad y la fidelidad cotidiana siguen componiendo una unidad. Eso es, antes que nada, lo que conmueve. Aquí la oración es una experiencia y modela a la comunidad. A lo largo de los siglos ha conocido muchas pruebas, atravesando etapas de prosperidad, devastaciones, decadencias y renacimientos. Y, sin embargo, es precisamente esta larga trayectoria histórica la que hace que hoy Fontgombault resulte aún más significativa: no es una estampa de un pasado que contemplar con nostalgia, sino una tradición viva, puesta cada día en manos de hombres llamados a encarnarla.
La vida benedictina se reanudó allí en 1948 gracias a una fundación procedente de la abadía de Saint-Pierre de Solesmes. Desde entonces, Fontgombault ha vuelto a ser una casa fecunda. Hoy la comunidad cuenta con cincuenta y siete monjes y, como nos explicó el abad, también tiene varios novicios. De este monasterio han nacido asimismo otras fundaciones: Randol en 1971, Triors en 1984, Donezan en 1994, Clear Creek, en Estados Unidos, en 1999; y en 2013 fue retomada además la abadía de Saint-Paul de Wisques. También este dato dice algo esencial: la vida monástica, cuando es auténticamente viva, no se cierra sobre sí misma, sino que engendra. «La vida monástica no puede entenderse como una simple clausura frente al mundo exterior. Es un instrumento para que en el corazón de los discípulos crezca un amor semejante al del Maestro, dispuesto a compartir y a ayudar, también entre monasterios», recordó recientemente León XIV al hablar a los monjes. Es dentro de esta belleza concreta, sobria y ordenada donde adquiere sentido este encuentro que hemos mantenido con el abad Pateau.

Una conversación espiritual
¿Qué forma interiormente a un monje? ¿Qué relación existe entre la belleza del culto y la conversión de la vida? ¿De qué modo el canto gregoriano, el silencio, el trabajo, la estabilidad y el Oficio divino construyen una comunidad? Y aún más: ¿cómo se puede hablar del rito antiguo sin transformarlo en una bandera identitaria para nostálgicos que buscan refugio en la Iglesia? ¿Cómo se puede afrontar la cuestión litúrgica sin exacerbar las divisiones? Dom Pateau respondió a estas preguntas a partir de una experiencia concreta. La liturgia ocupa un lugar central en la jornada monástica y el gregoriano, en sus palabras, no aparece como un adorno estético, sino como una verdadera escuela de oración, una disciplina del alma, una forma por medio de la cual la propia Iglesia canta y ora. El punto es decisivo, porque aparta de inmediato el discurso de la tentación de reducirlo todo a sensibilidad, gusto, estilo o pertenencia.
En sus palabras emerge con claridad también otro aspecto. La liturgia, para la comunidad monástica, nunca se comprende separada de la vida. La solemnidad del culto y la sencillez de la existencia cotidiana no se ponen una frente a la otra. El silencio y la comunión fraterna no son dos registros alternativos. La búsqueda de Dios atraviesa el coro, el trabajo, la recreación, la oración solitaria, la fraternidad. Es esta unidad interior la que permite entender por qué, en un monasterio como Fontgombault, la cuestión del Vetus Ordo no se presenta ante todo como una reivindicación identitaria, sino como un dato insertado en una forma de vida.

La liturgia de la Iglesia y su riqueza
Naturalmente, abordamos también las cuestiones más espinosas y actuales. La relación entre el misal de 1962, el de 1965y el de 1969; la historia concreta de la reforma litúrgica dentro del monasterio; las concesiones recibidas con el paso del tiempo; la celebración conventual y las Misas individuales de los monjes sacerdotes; la relación con Roma; la promulgación de documentos como Traditionis custodes. El testimonio de este monje y de su comunidad es valioso porque devuelve el debate a su justa medida, apartándolo de los excesos de algunas facciones que, con el paso de los años, han terminado perjudicando también a realidades sinceramente vinculadas a la gran y preciosa tradición de la Iglesia. Y es precisamente el estilo de dom Pateau - su serenidad, su compostura, su modo de afrontar cada cuestión con seriedad y profundidad - lo que da el peso justo a los temas de los que habla.
Cuando aborda el Vetus Ordo, el abad advierte del riesgo de reducirlo a una bandera cultural o sociológica. Al hablar del Novus Ordo, reconoce con claridad que una liturgia celebrada con sacralidad, silencio y sentido de la Tradición es capaz de atraer profundamente también a los jóvenes. Y cuando se detiene en Francia, no oculta las heridas dejadas por los abusos litúrgicos y por las polarizaciones, pero se niega a convertir todo ello en un relato de parte. La suya sigue siendo hasta el final la perspectiva del monje - y podría decirse, la que debería pertenecer a todo católico -: buscar a Dios, custodiar la comunión, servir a la Iglesia.
Una mirada valiosa para toda la Iglesia
La entrevista que hoy ofrecemos a nuestros lectores aborda todas estas cuestiones. Lo hace con la calma propia del mundo monástico y con la conciencia de que, en este terreno, las soluciones disciplinarias por sí solas no bastan. Hace falta una mirada eclesial más amplia, capaz de reconocer las heridas, de escuchar los sufrimientos, de distinguir los problemas reales de las caricaturas. En Fontgombault, esta búsqueda adopta la forma concreta de una vida ordenada por la oración. Y es desde ahí desde donde dom Jean Pateau propone una reflexión que, mucho más allá de los límites de su monasterio, interpela hoy a toda la Iglesia.
Marco Felipe Perfetti
Silere non possum
ENTREVISTA A DOM JEAN PATEAU O.S.B.
Reverendo Padre Abad, gracias por dedicarnos parte de su valioso tiempo. Nos gustaría dar a conocer a nuestros lectores esta preciosa comunidad monástica y saber más de su testimonio. ¿Cuántos monjes viven en Fontgombault? ¿Tienen novicios? ¿Es una comunidad bastante homogénea?
La comunidad benedictina de Nuestra Señora, situada en Fontgombault, en el corazón de Francia, cuenta actualmente con 57 monjes presentes en la abadía. Tenemos 4 novicios: 2 en el noviciado de coro y 2 en el noviciado de los Hermanos. Puede hablarse de cierta homogeneidad en la comunidad en la medida en que todas las franjas de edad están representadas de forma más o menos equivalente. La última salida importante de monjes tuvo lugar en 2013, con la reapertura del monasterio de Wisques, en el norte de Francia. Han pasado ya 13 años. Hoy se deja sentir por ello la falta de monjes en las edades intermedias.
En Fontgombault, la liturgia ocupa un lugar fundamental en la jornada del monje. ¿De qué modo el canto gregoriano forma interiormente a un monje? ¿Es solamente una forma estética o una verdadera escuela de oración?
Si el gregoriano no fuera más que una forma estética del canto, dudo mucho que se hubiera transmitido durante más de un milenio. La historia de la música demuestra que, si el gregoriano dio origen a otras formas de estética musical, como la polifonía eclesiástica, su estética originaria, sencilla y sobria, ha perdurado siempre, a veces de manera muy discreta, dando lugar a reformas cuando era necesario recuperarla más ampliamente. La obra de restauración del canto gregoriano iniciada por Dom Guéranger es un ejemplo de ello. San Benito recomienda: «Ut mens nostra concordet voci nostræ - Que nuestro espíritu esté en armonía con nuestra voz» (Regla, c. 19). El fin del canto gregoriano no es la estética por la estética, sino ser oración; más aún, es la oración cantada de la Iglesia, en la medida en que el canto gregoriano es el canto propio de la Iglesia romana. El fiel no canta gregoriano por gusto personal: presta su voz a la Iglesia, que canta por su boca. Se ofrecen entonces dos modos de plantear la cuestión: el punto de vista personal, que parte del individuo, y el punto de vista comunitario y eclesial, en el que cada uno se inserta en un cuerpo que le precede y le supera. Una interpretación que sedujera el corazón y los sentidos, pero hiciera perder la relación con Dios, no tendría cabida en la Iglesia. Simone Weil escribió: «El canto gregoriano es a la vez pura técnica y puro amor, como, por lo demás, todo gran arte». Conviene, por tanto, de manera especial a los monjes por la sencillez y sobriedad de su melodía y de su ritmo. Toma generosamente sus textos del tesoro de la Escritura. Su melodía pacificadora introduce en el misterio del Dios de la paz. El introito Resurrexi de la mañana de Pascua es un testimonio luminoso de ello. Dom Gajard afirmaba: «Las curvas melódicas suscitan, llaman a las curvas del alma». Divo Barsotti afirmaba también que el canto gregoriano “expresa con belleza la verdad de una comunión fraterna”. ¿No es precisamente esa comunión la que quieren vivir los monjes, sobre todo cuando cantan juntos el Oficio divino?
¿Qué relación existe entre la solemnidad del culto y la sencillez de la vida cotidiana en el monasterio?
Hay que hablar del culto en los mismos términos con los que acabamos de evocar el canto gregoriano. La vida cotidiana del monje es sencilla. Incluso el culto solemne no debe apartarse nunca de esa sencillez. Cuanto más natural, más sobrenatural. La sencillez en la solemnidad garantiza que el culto siga siendo un trampolín hacia algo más grande, hacia Dios. La sencillez no cautiva o, si cautiva, orienta. La solemnidad del culto recuerda al monje que toda su vida es grande en la medida en que está ofrecida a Dios. La sencillez de la vida que lleva le invita a recordar que el culto que celebra, por solemne que sea, no vale ante todo por su materialidad, sino por la santidad de quien lo realiza y, sobre todo, de Aquel a quien va dirigido. No hay que oponer sencillez y solemnidad, como tampoco debe oponerse la inmanencia y la trascendencia de Dios. La solemnidad del culto está ahí para recordarnos la grandeza y la trascendencia de Aquel a quien lo rendimos. No se puede uno acercar a Dios como a un amigo cualquiera, con familiaridad o, peor aún, con vulgaridad. Y, al mismo tiempo, Dios quiere estar infinitamente cerca de nosotros, y la sencillez caracteriza la inmediatez y la intimidad de esa relación.
Su comunidad une tiempos de profundo recogimiento con momentos de recreación fraterna. ¿Cómo mantienen unidos el silencio y la comunión fraterna?
El secreto de toda vida humana plenamente vivida consiste en vivir el instante presente. San Benito da al monje una consigna: «Buscar a Dios». En el silencio de la oración solitaria, en el canto del Oficio, en la comunión fraterna de la recreación, el monje no debe perseguir más que una sola cosa: su búsqueda de Dios. Entonces su vida se unifica. No se busca a sí mismo. Busca a Dios.
En Fontgombault, el rito antiguo se vive dentro de una estructura monástica benedictina muy sólidamente asentada. Ustedes viven también una estabilidad que contrasta fuertemente con la cultura contemporánea de la movilidad y la fragmentación. ¿De qué manera el Vetus Ordo modela concretamente el modo de rezar, de trabajar y de vivir de los monjes? ¿Es también una escuela de estabilidad interior?
Creo que la estabilidad que vivimos se debe, ante todo, a la propia vida monástica. La paz y la estabilidad no se buscan en el monasterio por sí mismas, sino como ayudas preciosas en el camino hacia Dios. Madeleine Delbrêl decía: «Me parece que la base del silencio, para nosotros, podría ser una frase quizá de aire muy secular: “No se interrumpe la palabra de Dios”»[1]. Lo que perjudica la paz y la estabilidad puede interrumpir la palabra de Dios. El rito antiguo deja mucho menos espacio a la iniciativa del celebrante. Desde este punto de vista, puede decirse que es una escuela de estabilidad interior, una invitación a dejarse modelar por la palabra de Dios. Es una escuela de abandono.
En el monasterio, ¿celebran también el rito de san Pablo VI?
Sí. La misa conventual se celebra según un misal que se asemeja al de 1965, muy próximo al de 1962. Habitualmente no se concelebra. Los monjes sacerdotes celebran las misas rezadas después de Maitines y Laudes, a su elección, según el misal de 1962 o el de 1969. Además, cada mañana, en la enfermería, se concelebra una misa según el misal de 1969, con las lecturas en francés. Pusimos en marcha esta celebración para monjes ancianos o enfermos que ya no pueden celebrar solos y que antes estaban acostumbrados a celebrar según el Novus Ordo. Esta concelebración es presidida por un monje voluntario que, en circunstancias normales, celebra según el Vetus Ordo. Me alegra que muchos monjes sacerdotes se hayan ofrecido voluntariamente para este servicio fraterno.
En las últimas horas, Francia ha vuelto al centro de la atención por las palabras dirigidas por León XIV a los obispos reunidos en Lourdes, así como, en los días anteriores, por la carta que su Padre Abad Presidente, Dom Geoffroy Kemlin, dirigió al Santo Padre sobre la cuestión litúrgica. En este contexto, Fontgombault lleva también sobre sí una historia significativa, profundamente ligada a la liturgia. ¿Cómo han acogido estas dos intervenciones?
¿Cómo no acoger con gratitud, alegría y acción de gracias unas intervenciones que quieren apaciguar las tensiones acumuladas, por desgracia, durante décadas en torno al altar y al sacramento del amor? El Santo Padre no oculta su preocupación a este respecto e invita a «una nueva mirada de cada uno sobre el otro, con una mayor comprensión de su sensibilidad…; una mirada que pueda permitir a hermanos enriquecidos por su diversidad acogerse mutuamente, en la caridad y en la unidad de la fe». Implora la luz del Espíritu Santo para que surjan «soluciones concretas que permitan incluir generosamente a las personas sinceramente vinculadas al Vetus Ordo, en el respeto de las orientaciones queridas por el Concilio Vaticano II en materia de liturgia». El misal de 1965 es precisamente la aplicación de las orientaciones queridas por el Concilio Vaticano II. San Pablo VI lo reconoció. En cuanto a la propuesta del Padre Abad Geoffroy Kemlin, permitiría a sacerdotes que usan el Novus Ordo beneficiarse de la riqueza de signos y gestos del Ordo Missæ de 1962, conservando al mismo tiempo las lecturas y algunas oraciones del misal de 1969. En cambio, sería difícil de aplicar para comunidades que usan el Vetus Ordo. Ya no habría entonces coherencia entre las lecturas de la Misa y las del Oficio divino contenido en el breviario y en el antifonario. A este respecto, y esto es poco conocido, en 1966 se elaboró un leccionario que enriquece el del misal de 1962. Conserva todas las lecturas existentes y propone, para los días de la semana en los que antes se repetían las lecturas del domingo, lecturas propias. Su uso quedaba a juicio del ordinario del lugar. Se utilizó en Francia. Este leccionario responde a la petición de los Padres conciliares de enriquecer el leccionario y permite mantener la coherencia con el Oficio divino. Sea como fuere, la elección de abordar la cuestión del enriquecimiento de los misales de manera pragmática, cualquiera que sea la solución propuesta, me parece muy positiva y la única vía fecunda a largo plazo. Permite evitar dos escollos: la rigidez y la ideología. Al fin y al cabo, la liturgia es ante todo una práctica.
¿Podría contarnos la historia de la reforma tal como se vivió en su monasterio? ¿Cómo ha evolucionado la liturgia a lo largo de los años? ¿Qué misales adoptaron? ¿Cuál fue su relación con Roma? ¿Y qué particularidades siguen viviendo todavía hoy?
A partir del primer domingo de Adviento de 1974, una vez aprobada la traducción francesa del misal, el nuevo misal pasaba a ser obligatorio en Francia. La abadía celebró entonces la misa conventual según el misal de 1969. Para las misas rezadas solo había entonces dos misales disponibles y la primera edición estaba agotada. Hubo que esperar a la edición de 1976 para que hubiera uno en cada altar. Tras el indulto Quattuor abhinc annos del 3 de octubre de 1984, el misal tridentino pudo volver a utilizarse. El arzobispo de Bourges, a quien corresponde autorizar ese uso, limitó el número de días por semana en los que se concedía esa facultad. A comienzos del año 1989, la Comisión Ecclesia Dei nos concedió plena libertad para usar el misal de 1962, en el que introdujimos, con los permisos requeridos, algunos elementos tomados del Ritus servandus de 1965 y del Misal de 1969, en particular una oración universal los domingos y fiestas, el canto del Per Ipsum, del Pater noster… Utilizamos también, para el santoral, el calendario actual. La fiesta de Cristo Rey se celebra el último domingo del año litúrgico. Por último, cuatro veces al año - Jueves Santo, Misa de medianoche y Misa de la aurora en Navidad, y Misa de la Vigilia pascual - la misa conventual se concelebra según el Ordo de concelebración de 1964, cuya base es el Vetus Ordo.
Para concluir, puedo dar testimonio de que siempre he sido muy bien recibido en Roma. Recuerdo en particular aquella audiencia con el Papa Benedicto, en la que, tomando mis manos entre las suyas, me dijo delante de mi predecesor, el Padre Abad Antoine Forgeot: «Permanezca fiel a la herencia del querido Padre Abad», y el Papa Benedicto conocía bien nuestros usos litúrgicos.
Hoy la cuestión litúrgica sigue suscitando, por desgracia, tensiones y oposiciones. También León XIV lo ha recordado, invitando a salir de las lógicas de bloque para favorecer un clima de paz en la Iglesia, también en el plano litúrgico. Por un lado, algunas realidades convierten la liturgia antigua en un elemento identitario, cargándola a menudo de significados que superan la dimensión propiamente eclesial; por otro, existen actitudes que leen la reforma litúrgica de manera ideológica, como si debiera afirmarse en oposición a lo que la precedió. En este contexto, quisiera preguntarle: ¿cómo viven ustedes la liturgia en Fontgombault? ¿De qué manera la forma que celebran alimenta su relación personal con el Señor y sostiene la comunión fraterna dentro de la vida monástica?
La cuestión está precisamente ahí: ¿cuál es el fin de la liturgia? ¿Es una bandera que yo enarbolo? Como monjes, no tenemos nada que demostrar. Simplemente hemos de consumir nuestra vida ante Dios. La celebración del Oficio divino y de la Misa son lugares privilegiados para ese encuentro. El lema del Papa León es rico en enseñanzas para nosotros: In Illo uno, unum - En Aquel que es uno, somos uno. La comunión fraterna es fruto de la comunión con Cristo. Dicho de otro modo: cuanto más fuerte sea la comunión con Cristo, más lo será la comunión fraterna. Sigo pensando que la celebración de una misa rezada por cada sacerdote del monasterio, justo después del canto de Maitines y Laudes, es esencial en el plano espiritual, en la relación del monje sacerdote con Dios, en su relación con la Iglesia universal y también en su relación con esta Iglesia particular que es el monasterio. Podría objetarse que en la concelebración se manifiesta también la unidad de la comunidad en Cristo. Ciertamente es verdad. La diversidad manifiesta la riqueza de un misterio que una sola práctica no puede agotar. Señalemos, sin embargo, que algunos jóvenes eligen entrar en nuestra comunidad precisamente por esta celebración materialmente solitaria, pero en la que toda la Iglesia está presente. El cardenal Ratzinger, durante su visita a Fontgombault en 2001, quedó muy impresionado por ello y concluyó: «¡Eso es la Iglesia católica!».
¿No existe el riesgo de que el rito antiguo quede reducido a una bandera cultural o sociológica? ¿Cómo preservar, por el contrario, su verdad espiritual y católica?
Todo lo que distingue debe considerarse con prudencia. ¿Es legítimo distinguirse? San Benito invita a sus monjes, en el octavo grado de humildad, a no hacer nada que no esté recomendado por la regla común del monasterio y por el ejemplo de los mayores. Por tanto, el peligro de adoptar una postura de quien da lecciones no es vano. El Papa Francisco hablaba así de quienes miran a la Iglesia desde el balcón. Ese no debe ser el monje. Está bien dentro de la Iglesia, a la que ama y sirve a través de su oración. Vive su vida humildemente, escondido. Su modus vivendi orienta su ars celebrandi, no para aparentar, sino para ser. Lejos de ser un manifiesto, el rito antiguo, en su dimensión más contemplativa, es para él un camino privilegiado hacia lo eterno.
Muchos consideran que el clima de polémica y confrontación ideológica sirvió también de telón de fondo a un documento controvertido como Traditionis custodes. Según esta lectura, ese texto no habría alcanzado plenamente su objetivo: por una parte, afectó a fieles sinceramente vinculados al Vetus Ordo y carentes de espíritu polémico; por otra, no impidió realmente que quienes ya utilizaban la cuestión litúrgica como terreno de enfrentamiento eclesial siguieran haciéndolo. Quisiera preguntarle: ¿cómo acogieron este documento en Fontgombault?
Ante un documento que suscita interrogantes legítimos, lo primero que hay que hacer es tratar de comprender los motivos de su publicación. El Papa se explicó en parte al respecto. En concreto, el Motu Proprio no tuvo impacto para nosotros. En cambio, las reacciones más apenadas venían de sacerdotes diocesanos que se encontraban en una situación difícil. Para ellos, tender puentes se hacía imposible. De hecho, yo viví ese texto como una herida. Por desgracia, no era la primera. Me limitaré a citar dos: el desinterés ante el enriquecimiento mutuo pedido, sin embargo, por el Papa Benedicto, y la rigidez o la ideología en materia de liturgia. Dejemos vivir la liturgia en la gran Tradición de la Iglesia. Escuchemos al Espíritu, que no deja de hablarnos.
Según su experiencia, ¿cómo se ha aplicado concretamente este Motu Proprio en el mundo por parte de los obispos? ¿Ha habido cierta uniformidad o más bien prácticas distintas?
Las respuestas han sido muy variadas según los países e incluso dentro de un mismo país. El propio Papa Francisco dispensó ampliamente de la aplicación de su Motu Proprio cuando se le pedía personalmente, dando lugar a prácticas diversas. En algunos lugares, los obispos aplicaron el Motu Proprio según la letra del texto, tanto en lo relativo a la Misa como a los demás sacramentos, suscitando las reacciones de los fieles y la marcha de algunos de ellos hacia la Fraternidad San Pío X. En otros lugares, considerando, por ejemplo, que el Motu Proprio Summorum Pontificum había instaurado una verdadera paz y una verdadera fraternidad, y que no era deseable poner eso en cuestión, algunos obispos optaron por el statu quo. Sea como fuere, cabe imaginar una situación poco cómoda para todos. La invitación del Papa León XIV a los obispos franceses a la benevolencia hacia los fieles sinceramente vinculados al Vetus Ordo debería ir acompañada de una mayor libertad concedida a los obispos en la regulación del uso del ritual o del pontifical antiguo, pues ellos mismos aprecian con más justeza la situación de su diócesis.
¿Por qué razón cree usted que León XIV ha elegido abordar este tema precisamente dirigiéndose a los obispos de Francia? La cuestión litúrgica atraviesa hoy muchos contextos eclesiales y, desde luego, no afecta a un solo país. ¿Qué hace, a su juicio, que la situación francesa sea lo bastante significativa como para motivar una intervención explícita del Santo Padre? ¿Está hoy esa sensibilidad más marcada en Francia que en otros lugares?
La cuestión es particularmente dolorosa en Francia. Es verdad. Hay una razón histórica ligada a la puesta en práctica de la reforma conciliar y al nacimiento de la Fraternidad San Pío X. Sin duda, algún día habrá que hacer un mea culpa por los silencios de las autoridades eclesiásticas ante los abusos litúrgicos. No es este el lugar para hacer la lista de esos abusos. También es cierto que una intervención episcopal habría podido ser considerada entonces muy inoportuna y anticuada, cuando el tiempo era el de la emancipación respecto de toda norma. Durante mucho tiempo creí que ese tiempo había quedado atrás. Por desgracia, hoy sé que no es así. Los silencios y los abusos que continúan favorecen un alejamiento y un desprecio del Novus Ordo. A la cuestión litúrgica se añade la de la enseñanza de la fe. Muchas familias se dirigen a comunidades que usan el Vetus Ordo porque están decepcionadas con la formación catequética ofrecida en su parroquia a sus hijos. Así nacen celos, odios persistentes y resentimientos dentro de las familias y de las diócesis. En un sentido positivo, algunos obispos franceses quieren afrontar esta cuestión no para excluir, sino para avanzar por un camino de acogida mutua. El aliento del Santo Padre es para ellos un apoyo precioso.
Según usted, ¿cuál es el malentendido más frecuente entre quienes miran el rito antiguo desde fuera?
Antes que un malentendido, con frecuencia hay un desconocimiento. Naturalmente, este conduce a tomar distancia, al miedo, y el miedo engendra violencia, que puede adoptar muchas formas. Ese mecanismo vale de un lado y de otro. Desde hace varios años tenemos en la Congregación de Solesmes una pequeña comisión compuesta, por una mitad, por superiores venidos de monasterios que usan el Novus Ordo y, por la otra mitad, por superiores de casas que usan el Vetus Ordo. Hemos comenzado recorriendo los ritos de la Misa y compartiendo nuestras reflexiones. Es muy fructífero. Hace caer caricaturas que con demasiada frecuencia están en el origen de posturas o decisiones demasiado radicales. Si no es bueno mirar a la Iglesia desde el balcón, tampoco es bueno mirar a los tradis desde el balcón. Por eso, creo que, antes que una cuestión de rito, la cuestión tradicional es una cuestión de eclesiología. Se reprocha con demasiada rapidez a los tradis que no “hacen Iglesia”. No siempre carece de fundamento. Pero quizá habría que reflexionar primero sobre lo que quiere decir “hacer Iglesia”. El lema del Papa León es un valioso testimonio, una indicación en el camino y, probablemente, una invitación a un examen de conciencia para todos: In Christo uno, unum.
En las palabras del Papa aparece también una toma de conciencia: muchos jóvenes se acercan a las realidades donde se vive el rito antiguo. Según su experiencia, ¿atrae este rito más por el sentido de lo sagrado, por el silencio, por la continuidad con la tradición, o porque abre a una pregunta más radical sobre Dios?
Ambas cosas van juntas. Pero, ante todo, creo que no hay que caricaturizar demasiado. Hay comunidades que practican el Novus Ordo con cuidado por lo sagrado, por el silencio y por la continuidad con la Tradición, y esas comunidades atraen. Por tanto, ese hecho no es propio del Vetus Ordo, sino que depende más bien del modo en que se celebra la liturgia. A este respecto, le remito a las reflexiones contenidas en el documento Desiderio desideravi. Una liturgia celebrada de manera descuidada difícilmente suscitará una elevación de los corazones y abrirá a Dios. Una liturgia sagrada, por oposición a lo profano - a lo que se desarrolla delante del templo -, piadosa y recogida, conduce sin dificultad, por contraste con la vida ordinaria, a la pregunta del “¿para qué?”, del “¿para quién?”, y, finalmente, a la cuestión de Dios. Los jóvenes tienen sed de reencontrar la radicalidad del Evangelio.
¿Qué le diría a un joven que se acerca al Vetus Ordo principalmente por fascinación estética, sin haber comprendido todavía la dimensión de conversión y de sacrificio que implica la liturgia?
En primer lugar, no me extrañaría ni me preocuparía. La imagen y el sonido difundidos por los medios son el pan cotidiano de nuestro tiempo. Los jóvenes son especialmente receptivos a ese modo de comunicación. El Vetus Ordo, por los signos, por el despliegue de la acción litúrgica que contiene, por el latín y por el canto gregoriano, toca a los jóvenes, los conduce al servicio del altar y a los coros. Todo ello suscita vocaciones. A este propósito, cabe lamentar que posibilidades de despliegue litúrgico que contiene también el Novus Ordo, como el uso del incienso, la celebración orientada o el recurso al canto gregoriano, se dejen de lado con demasiada facilidad. Si se afirma que «la belleza salvará el mundo» (Dostoievski), la cuestión es saber de qué belleza se trata: una belleza que aprisiona o una belleza que conduce. Se puede quedar uno aprisionado por la belleza, e incluso por la belleza litúrgica, si esta se convierte en un fin en sí misma. Sin embargo, su fin es conducir a la belleza de Dios, a Dios. Acompañar a un joven que se acerca al Vetus Ordo principalmente por fascinación estética consistirá en conducirlo hacia Aquel para quien esa belleza se despliega, en hacerle tomar conciencia de que el cuerpo glorioso de Cristo resucitado en la mañana de Pascua lleva las huellas de los clavos y la herida del costado, ciertamente transfiguradas, pero memoria de la Cruz. «Nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos». Solo se va a Dios por Cristo, y por Cristo muerto y resucitado. Uno puede buscarse a sí mismo, complacerse en la acción litúrgica. Si la liturgia no conduce a la entrega a Dios y al prójimo, si no pasa por el sacrificio, entonces habrá fallado su meta.
¿Cree usted que sería hoy útil restablecer un organismo que, con formas adaptadas al presente, cumpliera la misión que en otro tiempo se confió a la Comisión pontificia Ecclesia Dei, querida por san Juan Pablo II para preservar la comunión eclesial en un terreno tan delicado? Y, a su juicio, ¿qué configuración debería tener una realidad de este tipo: debería integrarse en el Dicasterio para la Doctrina de la Fe, vincularse al Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, o bien disponer de una autonomía propia?
La cuestión es delicada y, desde luego, no dispongo de todos los elementos para responder de forma definitiva. Me limitaré simplemente a compartir algunos elementos de reflexión. No me parece acertado crear una nueva comisión pontificia al estilo de Ecclesia Dei, con plenos poderes en materia disciplinar, ya sea para la liturgia o para la gestión de los institutos. Si así fuera, los dicasterios afectados se considerarían más o menos apartados de ámbitos que les competen. Un problema doctrinal debe ser tratado por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe; un problema relativo a la liturgia, por el Dicasterio para el Culto Divino; lo mismo sucede con las cuestiones que corresponden al Dicasterio para los Institutos de Vida Consagrada y las Sociedades de Vida Apostólica. Entonces, ¿qué decir? Creo que haría falta, ante todo, un «oído comprensivo» en el Vaticano, quizá vinculado a la Secretaría de Estado, que pudiera recibir a los institutos ex-Ecclesia Dei, tener una visión de conjunto de la situación de esos institutos, informar al Santo Padre, estimular una reflexión y, por supuesto, orientar a los institutos hacia los Dicasterios competentes para la gestión de las cuestiones que les afectan. Evidentemente, sería indispensable que los dicasterios, especialmente el Dicasterio para el Culto Divino y la Disciplina de los Sacramentos, dispusieran de miembros que conozcan el Vetus Ordo y los rituales antiguos; que miren a estos y a los institutos con una mirada justa y benevolente, aplicando orientaciones conocidas y conforme a la voluntad del Santo Padre. Es urgente y vital para todos los institutos restablecer un diálogo confiado con la Santa Sede. Es primordial antes de poder esperar ponerse en camino. Ese diálogo, y el camino recorrido juntos a partir de ahí, tendrán un impacto importante en la situación de las diócesis y no podrán sino contribuir a la paz.
Podría intentarse discernir qué es lo que, a la luz del Concilio Vaticano II, debe ser reformado en el rito antiguo y qué se abandonó quizá con demasiada rapidez y merecería ser restaurado. No se trata de juzgar a unos y a otros, sino de servir. Una vez más, un trabajo así solo puede realizarse en la confianza mutua. ¿Es demasiado pedir a quienes se dicen hermanos y que, a través de su sacerdocio, han consagrado su vida al servicio de Cristo y de su Iglesia? Sea como fuere con nuestras vacilaciones, muchos jóvenes y muchos sacerdotes esperan y desean que comience un trabajo real.
He tenido ocasión de conocer numerosas realidades benedictinas en distintas partes del mundo y, al mirar a Alemania, Bélgica o Austria, observo formas de vida monástica bastante distintas de las que se encuentran en Francia. Del mismo modo, el monacato italiano presenta rasgos propios respecto de los modelos franceses o alemanes. ¿Cómo explica usted estas diferencias? ¿Hay, en su opinión, razones históricas que ayuden a comprenderlas?
Comparto esa constatación de la gran diversidad de los monasterios benedictinos en el mundo y la experimento en el Congreso de los abades benedictinos, que se celebra cada cuatro años en Roma. Todos nos remitimos a la Regla de san Benito, y esa Regla está verdaderamente en la raíz de nuestras vidas y de nuestra espiritualidad. Sin embargo, las actividades, la parte del tiempo dedicada a la celebración del Oficio divino, al apostolado, al trabajo manual y a la Lectiovarían mucho de una casa a otra. Si se considera la historia de la orden benedictina, se constata la influencia recíproca entre los monasterios y la sociedad. El monasterio está en un lugar. Se inserta en un contexto político. Ese modo de vida sorprende e interesa. Los contactos son numerosos. Por desgracia, a veces esos contactos pueden perjudicar la vida monástica. Cluny y Císter sufrieron por sus implicaciones en la sociedad y en la Iglesia de su tiempo. A veces se padece una influencia exterior. Así, el emperador de Austria José II, en la segunda mitad del siglo XVIII, instauró una tutela del Estado sobre la Iglesia. Entre sus reformas, suprimió las órdenes religiosas que no parecían útiles para la ciudad, que no enseñaban, no cuidaban a los enfermos y no se dedicaban a los estudios. Con ello empujaba a los monasterios hacia una vida más apostólica. De ahí una realidad que todavía hoy puede constatarse.
Parece que León XIV desea conducir a la Iglesia hacia un clima de paz que abarque también la vida litúrgica. Eso se percibe no solo en sus palabras, sino también en el estilo de gobierno que está poniendo en práctica: una manera de actuar que parece evitar las oposiciones, las rigideces y todo aquello que alimenta las divisiones internas. También en el plano litúrgico se advierte la voluntad de favorecer, sin gestos espectaculares, un camino de pacificación eclesial. En esta perspectiva, ¿qué contribución puede ofrecer hoy una comunidad como Fontgombault a la construcción de la paz litúrgica en la Iglesia?
En la abadía, la vida litúrgica se vive de manera serena, sin apasionamientos. Muchos de nuestros huéspedes lo constatan y se alegran de ello. Lo mismo ocurre en nuestras relaciones tanto con el clero parroquial como con la diócesis. Son numerosas, y nos unimos gustosamente a los grandes acontecimientos de la vida de nuestra diócesis. Un abad benedictino vive la estabilidad de manera relativa, a causa de los desplazamientos que exige su cargo. No obstante, permanece estable en ese cargo. Elegido abad en 2011, voy ya por mi cuarto obispo. Puedo dar testimonio de que mis relaciones con todos ellos han sido excelentes, muy fraternas. Lo mismo sucede con muchos otros obispos franceses con los que mantengo una relación regular. No soy el único abad que podría dar ese testimonio. En lo que respecta a la práctica litúrgica, el problema, como había subrayado el cardenal Ratzinger durante las jornadas litúrgicas de 2001 en Fontgombault, tras una conferencia del profesor de Mattei, es el paso de la Iglesia universal a la Iglesia local, la regulación del uso de dos ritos. La cuestión es muy simple, observaba el cardenal, en una abadía o en una orden. Se complica para fraternidades que ejercen su ministerio en diócesis.
El monasterio es un lugar en el que muchos se alojan. Todos, eso deseo y espero, se sienten acogidos en él. Así debe ser para todos en la Iglesia. Escuchamos los sufrimientos de unos y otros: de esos sacerdotes apartados porque tenían demasiado celo; de esos sacerdotes heridos al ver cómo sus fieles los dejan para irse con los tradis, cuando ellos no hacen más que celebrar la Misa que les enseñaron; de esos obispos que agotan sus fuerzas y consumen su tiempo resolviendo conflictos sin fin y, en apariencia, sin salida.
¿Qué hacer? En primer lugar, contribuir al diálogo y al establecimiento de una relación confiada con la Santa Sede. Invitar a esta a relajar las normas instauradas por Traditionis custodes y a devolver a los obispos, invitándolos a la benevolencia, un mayor margen de decisión en lo relativo a las autorizaciones sobre el uso del misal y del ritual antiguo - pues ellos conocen la situación de su diócesis, de las personas o de los sacerdotes que están en el origen de las solicitudes. Después, la abadía, en su vida litúrgica, da testimonio concreto de la posibilidad de vivir el Vetus Ordo en el espíritu del Concilio Vaticano II sin perder las especificidades del misal y del ritual antiguo, que han demostrado su valor, que constituyen una verdadera riqueza y que los Padres del Concilio no ponían en absoluto en cuestión. Esa vida podría servir de base para intercambios. Hemos hablado de heridas. También hay alegrías, y grandes. Guardo un recuerdo maravillado de mi bendición abacial, conferida el 7 de octubre de 2011 por Monseñor Armand Maillard, arzobispo de Bourges. Aceptó presidir en aquella ocasión una Misa concelebrada según el Ordo del 64. Sacerdotes de procedencias muy diversas se reunieron en torno al altar sin dificultad. Todos dieron testimonio de su acción de gracias.
El monje cultiva la pureza de corazón que permite acoger al otro, la escucha respetuosa al margen de todo cálculo y de todo programa. Hay que pedir esa gracia para quienes estén llamados a reflexionar sobre estas cuestiones delicadas e importantes, que no dejan de influir en la relación del hombre con Dios y en la forma de su oración litúrgica. Hoy la situación es dolorosa. Parece inmóvil, sin salida… Un Viernes Santo. Las abadías tienen, ante todo, como primer deber, rezar para que los corazones se abran al camino luminoso de la reconciliación y de la paz. Hay una Pascua litúrgica que vivir, y solo se vivirá con Cristo y en Cristo. In Illo uno, unum. No hay Viernes Santo sin mañana de Pascua.
[1] Madeleine Delbrel,La joie de croire, 123