Ciudad del Vaticano - La decisión tomada por León XIV en las últimas semanas vuelve a tener un alcance revolucionario. Quien no conoce las dinámicas de este pequeño Estado, sin embargo, no la ha entendido; por eso ha pasado casi en silencio. Todos recuerdan la figura de Paolo Gabriele por el escándalo de Vatileaks y por lo que aquel hombre hizo en perjuicio de Benedicto XVI. No actuó solo, es evidente; fue utilizado como chivo expiatorio, pero esa es otra historia. Los periódicos lo llamaron “el mayordomo”. Con la reforma de san Pablo VI, el título correcto, no obstante, es el de Ayudante de Cámara.
Se trata de un encargo delicadísimo: un laico llamado a asistir al Papa en cada aspecto de su vida cotidiana, casi siempre a su lado. Hace falta una persona fiel y, sobre todo, discreta, que no convierta la cercanía al Pontífice en ocasión para ir contando hechos y entresijos, exhibiendo una supuesta “potencia”. Y, sobre todo, hace falta alguien que no vuelva a casa a contar a su familia lo que ha hecho durante la jornada. Este es un aspecto que muchos han pasado por alto y alguien en estas páginas lo escribió hace varios años.
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El pontificado de Francisco y el poder desmedido de la Gendarmería
Tras el escándalo de Vatileaks, el propio Benedicto XVI nombró a Sandro Mariotti, llamado a ocupar el lugar de Gabriele. El papa Francisco, una vez elegido, optó sin embargo de inmediato por añadir a una persona más, sacándola del Cuerpo de Gendarmería del Estado de la Ciudad del Vaticano. Una elección “temeraria”, la calificaron incluso algunos cardenales, porque la Gendarmería es conocida desde siempre en el Vaticano como el aparcamiento de muchos recomendados por prelados y poderosos. A ese puesto, de hecho, no se accede por oposición ni por capacidades contrastadas, sino en función de quién presenta al candidato y según criterios “desconocidos” para la mayoría. De este modo, además, Francisco quiso a su lado precisamente a ese cuerpo que, antes de la elección de Bergoglio, ni siquiera podía acceder al Palacio Apostólico. Esa decisión, con los años, ha dado sus resultados.
Hemos visto los distintos escándalos que han aflorado: desde agujeros en la seguridad, hasta la implicación de comisarios en escándalos con mujeres con antecedentes, pasando por comisarios que elaboran dossiers sobre prelados y cardenales, hasta el escándalo de Domenico Giani y su expulsión del Estado con su colocación en la Orden de Malta como “premio de consolación para que se callara”. Y muchos otros ni siquiera han salido a la luz. A Zanetti, Francisco le añadió después la figura, muy controvertida, de Stefano De Santis, a menudo a su servicio como conductor: y con la convicta Chaoqui se ha visto lo que ocurrió. Santa Marta se había convertido en un teatro de dossieraje y de dinero que entraba y salía de la caja fuerte del Papa. Un teatro embarazoso.
En varias ocasiones, en los últimos años, Silere non possum ha lanzado su grito desesperado: la Guardia Suiza es el cuerpo del Papa, ese debe ser valorizado y hay que devolver las cosas a como estaban antes, permitiendo solo a ella el acceso al Palacio Apostólico. La Gendarmería, en definitiva, debe funcionar como cuerpo de policía del Estado, tal como fue pensada desde los orígenes. Y al lado del Papa era necesaria una figura alejada de esas lógicas familísticas y amorales italianas que han corroído también este Estado que, en el fondo, no es otra cosa que un enclave de la península.
León XIV y el nuevo Ayudante de Cámara
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