La fiesta de san Benito de Nursia conduce cada año a la Iglesia hasta una de las fuentes de las que Europa recibió su forma espiritual. Hablar de él significa, ciertamente, recordar la labor de los monasterios, la conservación de los libros, el cultivo de los campos, la creación de escuelas y la lenta recomposición de un continente atravesado por las migraciones y por la desaparición del antiguo orden romano. Sin embargo, para comprender lo que Benito nos ha legado, es necesario remontarse a la disposición interior de la que todo nació.
San Gregorio Magno cuenta que el joven Benito, enviado a Roma para cursar sus estudios, quedó profundamente turbado por el ambiente que lo rodeaba. Comprendió que corría el peligro de perder, junto con la rectitud de sus costumbres, la verdad de su propia vida. Abandonó entonces la ciudad, movido por el deseo de agradar únicamente a Dios: soli Deo placere desiderans. Estas palabras expresan una decisión que fue abarcando progresivamente todas las dimensiones de su existencia.
La soledad de Subiaco fue para él un tiempo de purificación. Antes de reunir discípulos a su alrededor, Benito tuvo que conocer las fuerzas que dividen el corazón humano: el afán de imponerse, la atracción desordenada, la ira y la tentación de responder al mal con el mal. Su paternidad espiritual maduró en medio de este combate. Solo quien acepta dejarse juzgar y sanar por la verdad puede acompañar a los demás sin convertir su misión de guía en una forma de dominio. Benito nos ofrece así un criterio decisivo frente a cualquier abuso espiritual: las personas confiadas a nuestro cuidado deben ser amadas, protegidas y conducidas hacia la libertad.
La Regla conserva la sobriedad de este camino. Su primera palabra, «Escucha», contiene ya una indicación esencial sobre el hombre. La existencia humana comienza con algo que se recibe: la vida, el nombre, la lengua, el rostro de los demás, la promesa de Dios. También la fe nace de la escucha. Benito se dirige al discípulo llamándolo hijo y lo invita a abrir el oído del corazón. La verdad exige una inteligencia atenta y una libertad dispuesta a acogerla.
El hombre contemporáneo dispone de posibilidades que las generaciones anteriores no habrían podido imaginar. Puede comunicarse en todo momento, acceder a una cantidad casi ilimitada de información e intervenir sobre la materia y sobre los procesos de la vida. Al mismo tiempo, su capacidad de prestar atención parece cada vez más frágil. Las palabras se superponen y exigen una reacción inmediata. A menudo, el juicio se adelanta a la comprensión. La conciencia corre el riesgo de convertirse en el lugar donde resuenan las voces más insistentes.
Benito conoce otro camino. Escuchar requiere tiempo, disciplina y silencio. Exige también la humildad de reconocer que la realidad posee una profundidad que no depende de nuestras preferencias. El silencio monástico está al servicio de esta atención. Ayuda al hombre a distinguir lo que procede de la verdad de aquello que nace del miedo, de la vanidad o del resentimiento.
Desde esta perspectiva se comprende la obediencia benedictina. Forma parte de la respuesta de la criatura al Creador y encuentra su medida en Cristo. El Hijo recibe todo del Padre y cumple su voluntad en el amor. Para el monje, obedecer significa entrar en la forma filial de la vida de Jesús. Esta obediencia implica también a la razón, porque exige discernir la voz a la que se confía la propia libertad.
La Regla presta una gran atención a la autoridad del abad. Su nombre remite al del padre y, precisamente por ello, se le exige un continuo examen de conciencia. Deberá rendir cuentas de las personas que le han sido confiadas. Su palabra adquiere credibilidad a través de su conducta. Debe conocer el carácter de los hermanos, adaptar su intervención a las circunstancias de cada uno, corregir, alentar y saber esperar. La severidad puede tener cabida en el gobierno de la comunidad, pero debe permanecer siempre subordinada a la salvación de la persona y al juicio de Dios.
En esta visión, la autoridad se alimenta de la escucha. Benito pide que el abad convoque a los hermanos cuando deba afrontar una cuestión importante. La palabra de los más jóvenes merece una atención especial, porque «a menudo Dios revela al más joven la mejor solución». Esta indicación nace de la fe en la libertad de Dios, que puede servirse de una voz carente de prestigio para iluminar a quien carga con el peso de la decisión.
Este principio afecta muy de cerca también a la vida de la Iglesia. Todo ministerio pierde su fecundidad cuando se separa de la escucha de la Palabra y de las personas concretas. La autoridad eclesial recibe su sentido del servicio a la comunión y a la verdad. El título, el cargo y la competencia jurídica no dispensan de la conversión. Cuanto mayor es la responsabilidad, más exigente se vuelve el deber de vigilar las propias intenciones, las palabras y el uso del poder.
Benito demuestra un conocimiento realista del ser humano. En la comunidad entran personas distintas por edad, educación, capacidades y temperamento. Están los fuertes y los débiles, los diligentes y los negligentes, quienes comprenden enseguida y quienes necesitan ser acompañados con paciencia. La Regla no construye una comunidad imaginaria. Ordena la convivencia de hombres expuestos al cansancio, a la enfermedad, a la envidia, a la susceptibilidad y a la murmuración.
El sentido benedictino de la medida nace de esta concreción. La comida, el sueño, el trabajo, el hábito, los utensilios, el cuidado de los enfermos y la acogida de los huéspedes forman parte del camino espiritual. Todo queda situado dentro de una relación con Dios. El mayordomo del monasterio debe tratar sus bienes con el mismo cuidado que los vasos sagrados. El abad debe tener en cuenta las fuerzas de cada uno cuando le encomienda una tarea. Los enfermos deben ser atendidos como Cristo. El huésped que llama a la puerta lleva consigo el misterio de la presencia del Señor.
La fe adquiere así una forma cotidiana. Entra en la manera de emplear el tiempo, de cuidar un bien común, de dirigirse a un hermano, de comer y de trabajar. La espiritualidad benedictina rehúye una religiosidad confiada únicamente a las emociones. El corazón se educa mediante gestos repetidos, pequeños actos de fidelidad y renuncias que liberan al hombre de la tiranía de su propio estado de ánimo.
También la oración litúrgica forma parte de esta educación. Las horas del día reciben un orden mediante el retorno de los Salmos y la escucha de la Escritura. El tiempo deja de ser una mera sucesión de obligaciones y se convierte en el espacio en el que Dios convoca al hombre. El monje interrumpe su trabajo para la Obra de Dios y, después de la oración, regresa a su tarea con una mirada renovada.
Esta relación entre la oración y el trabajo ha marcado profundamente la cultura europea. El trabajo manual recibió una dignidad espiritual, mientras que el estudio pasó a formar parte de la búsqueda de Dios. La biblioteca y la escuela crecieron junto a la iglesia del monasterio porque la Palabra exigía ser leída, comprendida y transmitida. La gramática, la música y las demás disciplinas estaban al servicio de una comprensión de la fe capaz de implicar a todo el ser humano.
Benedicto XVI, al dirigirse al mundo de la cultura en el Collège des Bernardins, señaló que los monjes no se habían reunido con la intención de construir una nueva civilización. Buscaban a Dios, quaerere Deum. Precisamente esta búsqueda dio origen a una cultura. La pregunta por Dios ensanchó la razón, educó la palabra, exigió la paciencia del estudio y creó lugares en los que la vida podía ser custodiada y transmitida.
Aquí encuentro un aspecto decisivo también para nuestro tiempo. Una cultura conserva su vitalidad cuando mantiene abierta la pregunta por la verdad y por el destino del hombre. La razón se empobrece cuando considera que solo tienen sentido las realidades que pueden medirse, producirse o utilizarse. La pregunta por Dios pertenece a las posibilidades más elevadas de la inteligencia humana, porque afecta al fundamento del ser, a la libertad, al bien y a la esperanza.
La búsqueda benedictina posee, además, una dimensión comunitaria. El monje busca a Dios junto con otros hombres a los que no ha elegido. La estabilidad lo vincula a un lugar y a una comunidad concreta. Le impide escapar continuamente de las dificultades. El hermano, con sus limitaciones, pasa a formar parte de la vocación recibida.
El capítulo sobre el buen celo, situado casi al final de la Regla, recoge el fruto de este camino. Los monjes están llamados a honrarse mutuamente, a sobrellevar con paciencia las debilidades de los demás, a buscar el bien ajeno y a obedecerse unos a otros. Benito contempla a la comunidad avanzando hacia Dios como un cuerpo en el que cada uno carga con el peso del otro.
Esta enseñanza adquiere una relevancia particular en una época eclesial y civil marcada por la polarización. El celo puede llenarse de amargura incluso cuando pretende defender una causa justa. La verdad queda entonces separada de la caridad y el hermano se convierte en un obstáculo que hay que eliminar. Benito pide examinar la calidad espiritual de ese celo y reconocerla por los frutos que produce en la comunión.
La paciencia ante las debilidades ajenas no implica indiferencia ante el bien. Nace de la conciencia de que Dios conduce a cada persona a través de tiempos y caminos que permanecen, en parte, ocultos. La corrección conserva su sentido cuando busca el crecimiento del hermano. La humillación, el desprecio y la complacencia ante la caída ajena revelan, en cambio, la presencia de un corazón que todavía necesita convertirse.
A esta luz se comprende también la relación entre san Benito y Europa. Los monasterios contribuyeron a la formación del continente porque ofrecieron un hogar a una idea precisa del hombre: una criatura llamada por Dios, dotada de razón, responsable de su trabajo y unida a los demás por una fraternidad que supera la procedencia social y étnica.
La Europa actual continúa viviendo de muchos de los frutos que maduraron a lo largo de aquella historia. La dignidad de la persona, el valor de la conciencia, el cuidado de los débiles, la importancia de la educación y la responsabilidad de la autoridad recibieron del cristianismo una profundidad que ya forma parte de la memoria del continente. Esta memoria puede debilitarse incluso mientras sus formulaciones jurídicas permanecen vigentes. Cuando se olvida el fundamento, los conceptos continúan durante algún tiempo escritos y proclamados, pero pierden gradualmente su capacidad para orientar la vida.
La fiesta del Patrono de Europa invita, por tanto, a volver a la pregunta que guio a Benito. Buscar a Dios significa permitir que la razón alcance las cuestiones últimas y dejar que la vida sea juzgada por la verdad. Significa reconocer que el hombre recibe su dignidad de una llamada que precede a todo poder humano. De esta conciencia nacen la libertad interior, el respeto por el otro y el cuidado de las realidades que nos han sido confiadas.
San Benito no entregó a sus discípulos un proyecto destinado a dominar la historia. Les confió una Regla que él mismo definía como modesta, adecuada para quienes se encuentran al comienzo del camino. Esta modestia pertenece a la sabiduría cristiana. La conversión avanza mediante pasos concretos, renovados cada día bajo la mirada misericordiosa de Dios.
Al final del capítulo sobre el buen celo, Benito concentra toda la vida monástica en la relación con Cristo. Los hermanos no deben anteponerle nada, para que él pueda conducirlos «a todos juntos a la vida eterna». Ese «todos juntos» debe interpelarnos y ponernos en camino. La santidad cristiana conduce a la comunión. El camino hacia Dios pasa por la responsabilidad hacia el hermano, por la paciencia de la vida común y por la humilde disposición a seguir dejándose educar.
En la solemnidad de san Benito, como Iglesia, pedimos recibir de nuevo esta educación del corazón. Europa la necesita para comprender su propia historia y afrontar el futuro con una razón abierta, una libertad responsable y una esperanza capaz de perdurar.
Marco Felipe Perfetti
Director de Silere non possum



