El cardenal Joseph William Tobin, arzobispo de Newark, ha compartido con los fieles una reflexión sobre el significado de la guerra a la luz de la doctrina católica. En ella reafirma la firme opción de la Iglesia por la paz e invita a rechazar cualquier forma de exaltación o idealización de los conflictos armados.
El mensaje parte de un pasaje de la constitución pastoral Gaudium et spes del Concilio Vaticano II: mientras el ser humano siga marcado por el pecado, la amenaza de la guerra continuará cerniéndose sobre la humanidad; en la medida en que el pecado sea vencido mediante la caridad, también podrá ser vencida la violencia.
Para Tobin, la guerra nace precisamente del pecado y supone la destrucción de la armonía y del orden moral que Dios quiso que existieran entre las personas, las naciones y los pueblos. El cardenal la define como «siempre un mal», incluso cuando se libra por necesidad para proteger vidas humanas o restablecer la paz.
El arzobispo reconoce que pueden darse circunstancias en las que la acción militar resulte inevitable. Sin embargo, eso no convierte la guerra en algo que pueda acogerse o celebrarse. Todo conflicto lleva consigo la devastación de la vida humana, golpea sobre todo a los inocentes y destruye hogares, actividades económicas, hospitales, escuelas y lugares de culto.
La expresión «la guerra es un infierno», señala Tobin, describe con precisión los horrores y el caos provocados por las operaciones militares. El peligro es aún mayor en la era nuclear, cuando la capacidad destructiva de los Estados puede desencadenar consecuencias muy difíciles de controlar.
La doctrina de la guerra justa
En su mensaje, el cardenal aborda también la doctrina católica tradicional de la guerra justa. Tobin sigue considerándola una herramienta útil para determinar si una intervención militar puede estar moralmente justificada, aunque únicamente bajo condiciones muy estrictas y limitadas.
Según el arzobispo de Newark, la evolución de la guerra contemporánea obliga, sin embargo, a preguntarse si este marco doctrinal continúa siendo adecuado. Remitiéndose a las indicaciones del papa León XIV, el cardenal afirma que esta doctrina podría necesitar una revisión y una actualización que permitan tener en cuenta las nuevas circunstancias históricas y tecnológicas.
Tobin menciona en particular el uso de drones no tripulados controlados mediante inteligencia artificial. Estos instrumentos, capaces de seleccionar o atacar objetivos con grados cada vez mayores de autonomía, plantean preguntas inéditas sobre la responsabilidad moral: es necesario determinar quién debe responder por las decisiones adoptadas mediante sistemas automatizados y hasta qué punto es lícito delegar en una máquina valoraciones que pueden provocar la muerte de seres humanos.
La reflexión de Tobin no se limita, por tanto, a establecer en qué circunstancias puede tolerarse una guerra. El cardenal recuerda también la responsabilidad de la Iglesia de mantener una concepción de la paz que vaya mucho más allá del simple cese de los combates.
La paz como comunión
Para el arzobispo, la paz cristiana no puede identificarse con la estabilidad social ni con la ausencia temporal de conflictos armados. Está orientada hacia la comunión con Dios y hacia el verdadero bien de la persona humana.
El término bíblico shalom, citado en el mensaje, expresa una situación de plena comunión con Dios. La construcción de la paz nace, por tanto, de la humildad, la mansedumbre, el perdón y la misericordia. Estas disposiciones interiores deben reflejarse en las relaciones entre las personas y entre los pueblos.
Tobin contrapone esta visión a la beligerancia y al belicismo. Siguiendo el llamamiento de León XIV, el cardenal pide que se deje de idealizar la guerra y sus símbolos. El heroísmo de quienes han combatido contra la tiranía y la injusticia merece ser reconocido, pero ese reconocimiento no puede convertirse en una celebración de los propios actos de guerra.
La guerra, escribe Tobin, no tiene nada de glorioso. El sacrificio de los militares y de las poblaciones implicadas debe distinguirse de la violencia ejercida durante el conflicto, que conserva toda su gravedad moral.
Renunciar a la venganza
La verdadera paz, según el cardenal, exige renunciar al egoísmo, al falso orgullo y a la venganza. Requiere mansedumbre, humildad y capacidad de perdonar, incluso cuando el instinto impulsa a exigir un castigo severo contra quienes han ofendido o herido.
Tobin reconoce el carácter contraintuitivo de la enseñanza cristiana. Ante el mal sufrido, la reacción inmediata suele inclinarse hacia la represalia. El Evangelio propone, en cambio, la convicción de que el amor puede vencer el mal, mientras que la agresividad alimenta nuevas enemistades y prepara el terreno para nuevas violencias.
También los pensadores cristianos que desarrollaron la doctrina de la guerra justa, subraya el cardenal, deben ser considerados artífices de la paz. Reconocieron la dolorosa necesidad de defenderse frente a fuerzas capaces de destruir la vida y los bienes de las comunidades, pero siguieron sosteniendo que la guerra es un mal y que la paz exige moderación y perdón.
Desde esta perspectiva, el llamamiento del papa León XIV a poner fin a los combates y entablar un diálogo serio no representa, según Tobin, una postura ingenua. El Pontífice sigue la enseñanza de Cristo y de los santos y trata de hacer presente, aquí y ahora, el reino de la paz.
La condena de la carrera armamentística
El mensaje recuerda, por último, la condena de la carrera armamentística formulada por el Concilio Vaticano II. Gaudium et spes la define como una de las mayores plagas de la humanidad y subraya que sus consecuencias económicas y sociales recaen principalmente sobre los pobres.
Los enormes recursos destinados a los armamentos se detraen de la protección de la vida, la lucha contra la pobreza, la educación y la atención a los más vulnerables. Tobin sitúa la enseñanza de León XIV en continuidad con esta posición conciliar e invita a los hombres y mujeres de buena voluntad a acoger la visión del profeta Isaías: convertir las espadas en arados y las lanzas en hoces, para que ninguna nación vuelva a alzar la espada contra otra.
La responsabilidad de la Iglesia, concluye el cardenal, consiste en promover siempre la justicia, la caridad y una paz duradera. La constante presencia de la guerra en la historia de la humanidad debe reconocerse como una consecuencia de la condición pecadora del ser humano, sin permitir que la familiaridad con los conflictos genere indiferencia o insensibilidad.
La comunidad cristiana está llamada a apoyar a quienes trabajan para construir, preservar y defender las condiciones que hacen posible la paz. Tobin encomienda finalmente esta misión a Jesucristo, Príncipe de la Paz, y le pide que inspire a los creyentes a trabajar por la justicia desde la caridad y a rezar por una reconciliación duradera.



