«Os daré pastores según mi corazón». Con esta promesa de Jeremías, en 1992, Juan Pablo II abría la Pastores dabo vobis. Esta mañana, treinta y cuatro años después, ante el episcopado español, León XIV ha dado continuidad a aquella petición del santo polaco. Una suerte de respuesta: «Señor, danos tu corazón». Y es precisamente en ese espacio - entre la promesa y la súplica - donde se reconocen, con sorprendente nitidez, los rasgos de fondo de este pontificado.
Siguiendo el ejemplo de un maestro, quisiera releer este discurso no como una exhortación de circunstancia, sino como un mapa: en él se reconocen, con sorprendente nitidez, los rasgos de fondo de este pontificado.
El peregrino y el corazón inquieto
El primer rasgo es el más personal, y sólo se comprende si se tiene presente de dónde viene Robert Francis Prevost. El viaje descrito a los obispos españoles es un viaje sui generis, en el que «realmente no nos movemos materialmente, pero queremos dejar volar nuestro corazón». Es la gramática de Agustín: el hombre como viator, el corazón inquieto hasta que no descanse en Dios. No por casualidad el lema episcopal de León XIV - In Illo uno unum - es una frase agustiniana sobre la unidad en Cristo, y no por casualidad la primera tentación que el Papa describe a los peregrinos es la de quedarse «obsesionados con lo que dejamos, los lugares, las cosas, las formas», y la del equipaje inútil que acaba convirtiéndose en lastre.
La exhortación de san Juan Pablo II de 1992, en el número 45, cita exactamente ese pasaje de las Confesiones - el corazón que no encuentra descanso sino en el Señor - para fundamentar la dimensión religiosa de la formación sacerdotal. Treinta y cuatro años después, un Papa agustiniano retoma esa misma intuición y la transforma en el eje de un discurso a los pastores de la Iglesia en España. La libertad y la valentía de «dejar estructuras que no nos ayudan» conviven con la fidelidad a lo que es tesoro: es la dialéctica del peregrino que sabe qué cargar en la mochila, y esta - como veremos más adelante - es la clave de todo el magisterio leonino sobre la reforma.
La comunión contra la polarización
El segundo rasgo atraviesa el pontificado desde su primera aparición en la logia: la preocupación por la unidad. León XIV habla explícitamente de «este tiempo de polarizaciones y contraposiciones cada vez más duras» y pide a la Iglesia un «testimonio de unidad en la pluralidad». La imagen que elige es la del mosaico vivo: muchas teselas que, «sin confundirse, convergen para manifestar la belleza del único Señor».
En definitiva: todos llamados a colaborar, sin pretensiones de sobresalir. Que es exactamente lo que tantas veces no sucede; se ha visto también recientemente en el Dicasterio para la Comunicación, donde, con tal de parecer alguien, hay quien elige golpear a los demás.
Es, de nuevo, una eclesiología de comunión de matriz agustiniana, en la que el obispo está llamado a ser «principio visible de comunión»: con Cristo, con el Sucesor de Pedro, con el presbiterio, con la vida consagrada, con los movimientos.
Quien ha aprendido a conocer a Prevost habrá notado que la palabra comunión no es, en León XIV, un reflejo curial, sino un programa de gobierno. En un episcopado atravesado - también en España - por fracturas internas, decir que la tarea del obispo es «custodiar la unidad, favorecer el diálogo, sanar las fracturas» significa indicar un método. Y significa, implícitamente, tomar distancia tanto de las nostalgias identitarias como de las huidas hacia adelante: ambas, en el lenguaje del Papa, son equipajes que impiden caminar.
El corazón del Buen Pastor: el quiasmo con Jeremías
León XIV cierra su discurso confiándose a una oración de san Juan de Ávila: «Si me mandáis, Señor, hacer lo que vos hicisteis, dadme vuestro corazón». Y comenta: «Señor, danos tu corazón».
Si releyéramos ahora el inicio de la Pastores dabo vobis, nos daríamos cuenta de que toda la exhortación nace de la promesa de Jeremías (3,15) que da título al documento: «Os daré pastores según mi corazón». Las dos frases componen un diálogo a distancia de una generación. Juan Pablo II nos recordaba la exhortación del Señor; hoy León XIV la hace propia, la pone en labios de los laicos tanto como en los de los sacerdotes y de quienes se preparan para ser presbíteros, y la transforma en invocación.
Es la misma teología de la caridad pastoral que la Pastores dabo vobis coloca en el centro de todo (capítulo III): el presbítero como imagen viva de Cristo Cabeza y Pastor, cuya existencia queda unificada no por una técnica, sino por el don de sí. Cuando León XIV afirma que «el corazón humano no se colma acumulando experiencias… se colma cuando descubre una llamada», no hace sino reformular, para los jóvenes y los formadores de hoy, lo que Juan Pablo II había escrito sobre la primacía de la gracia en la vocación.
Vocaciones y formación: la continuidad que no se esconde
León XIV ha explicado que la conservación de las estructuras no puede prevalecer sobre el bien de la vocación, y ha reiterado dos derechos cruzados: los seminaristas tienen derecho a la mejor formación posible, la Iglesia tiene derecho a sacerdotes bien formados. Los criterios que indica para los seminarios - auténtica vida comunitaria, formadores dedicados al estudio y al acompañamiento espiritual, Centros de Teología adecuados - son, línea por línea, el programa de los capítulos IV y V de la Pastores dabo vobis, donde la formación se articula en las cuatro dimensiones - humana, espiritual, intelectual, pastoral - y el seminario es descrito como prolongación de la comunidad apostólica, aquel «para que estuvieran con Él» de Marcos.
No es una llamada menor. En los últimos doce años todos hemos tenido el temor de que alguien metiera mano en los seminarios y en la formación de los presbíteros: no olvidemos que era precisamente ese el primer punto de aquella lista de la que después se eligió la sinodalidad. Y algunos olvidan que, si con aquella elección nos fue mal, otras - mucho más delicadas - sí se evitaron.
Como modelo, hoy, León XIV nos propone a san Juan de Ávila, patrono del clero español, de cuya ordenación se cumple el quinto centenario, definido por san Pablo VI como «un simple sacerdote». El sacerdote simple - enamorado de Cristo, radicado en la oración, cercano al pueblo, que encuentra en el obispo «no sólo una autoridad reconocida, sino un padre» - es exactamente el sacerdote que la Pastores dabo vobis quiso formar. Ciertamente, demasiadas veces ha faltado la capacidad de los propios formadores para formar presbíteros maduros y resueltos; pero el armazón de la Pastores dabo vobis no ha perdido actualidad. No hacen falta otros documentos: habría que aplicar y usar los que ya tenemos, y que demasiados - también entre los formadores - ni siquiera han leído. A León XIV no le gusta trastocarlo todo y reinventar: recoge la herencia de sus predecesores y llama a la Iglesia a esos puntos que se revelan cada vez más actuales.
La sed de sentido y los nuevos lenguajes
Hay, además, un rasgo que tiene que ver con el modo en que este Papa mira al mundo fuera de nuestras sacristías. León XIV no describe la secularización como un enemigo, sino como una pregunta que ha quedado sin escucha: muchos hombres y mujeres de nuestro tiempo «no rechazan simplemente a Dios», sino que llevan «en el corazón una sed profunda de sentido, de verdad, de pertenencia y de esperanza», incluso cuando no saben darle un nombre. La tarea de la Iglesia, entonces, es aprender la lengua del otro: «abajarse no sólo para comprender, sino para compartir».
Es una llamada que alcanza en primer lugar a los obispos, a los sacerdotes y a los agentes pastorales que cada día pueblan también la red. El Papa está diciendo algo preciso: no hay personas al otro lado de la valla y personas de este lado, no están los buenos y los malos. Nuestra tarea es dar testimonio y acoger a todos, también a quienes parecen indiferentes o incluso hostiles.
Y es una llamada, por reflejo, también a quienes comunican. No hacen falta grandes estrategias - nos está diciendo el Papa -, sino un método misionero: el mismo que la Pastores dabo vobis, por lo demás, atribuye al presbítero cuando lo define como «hombre de la misión y del diálogo». También en las redes sociales, también en internet.
El modelo histórico que el Papa evoca es elocuente. Por una parte, fray Hernando de Talavera, el arzobispo de Granada a quien los propios musulmanes llamaban «santo alfaquí» - literalmente, «santo doctor de la ley» - porque había aprendido su lengua y su cultura con tal de anunciar el Evangelio; por otra, santo Toribio de Mogrovejo, arzobispo de Lima, de cuya canonización se celebra este año el tercer centenario, que hizo lo mismo con los pueblos de América. Dos obispos capaces de hablar la lengua de culturas nuevas sin traicionar por ello el Evangelio. Traducido para nosotros, hoy - con nuestras llanuras espirituales desiertas y nuestras ciudades mudas - significa que el anuncio no se mide por la capacidad de hacer «más o menos atractiva» la celebración, sino por el testimonio de una comunidad que devuelve al hombre «el convencimiento de ser amado». Es lo que el Papa nos está repitiendo también en las catequesis de los miércoles dedicadas a la liturgia. Es, una vez más, la caridad pastoral de Cristo Buen Pastor que vuelve como único lenguaje verdaderamente real.
Un vuelco sólo aparente
Este discurso a los obispos españoles devuelve el retrato de un Papa que piensa con imágenes de movimiento pero gobierna con categorías de comunión; que hereda una Iglesia «en salida» y una pastoral vocacional liberada de la aritmética de los números; que relee a sus predecesores - Juan Pablo II, Benedicto XVI y el propio Francisco -tratando sus palabras y sus intuiciones no como una herencia que custodiar en una vitrina, sino como una obra todavía abierta. Y que, como buen agustiniano, reconduce todo a la única cuestión que está en el corazón del propio Señor: la unidad en Cristo, el corazón del Buen Pastor entregado a otros corazones.
La promesa de Jeremías, escribía Juan Pablo II, «es viva y operante en la Iglesia». En Madrid, ante sus obispos, León XIV ha propuesto su cumplimiento en forma de súplica: ya no sólo «Os daré pastores según mi corazón», sino «Señor, danos tu corazón». Es un vuelco sólo aparente. Porque sólo quien sabe que ya ha recibido ese corazón puede pedirlo de nuevo. Y porque un peregrino, en el fondo, no lleva consigo otro tesoro en la mochila.
Marco Felipe Perfetti
Silere non possum