El pasado mes de enero León XIV retomó una invitación del santo español san Juan de Ávila al escribir al presbiterio de Madrid: «Sed todos suyos». No seáis buenos. No seáis eficientes. No seáis presentables. Sed suyos. En esas tres palabras está condensada toda la visión sacerdotal de Robert Francis Prevost. Lo demás - la fraternidad, la misión, la credibilidad de la vida - viene después. O mejor dicho, sólo puede brotar de ahí.
A un año de aquel acontecimiento - su elección - que ha cambiado radicalmente la Iglesia, quisiera detenerme en un aspecto de este pontificado que es particularmente importante para nosotros y cuya falta habíamos sentido con fuerza en los últimos años.
El sacerdote joven y el clima que lo recibe
Si, en efecto, son varias las dificultades que el sacerdote debe afrontar cada día, también es verdad que hoy varios jóvenes son ordenados y son felices - sí, felices - de entregar su vida a Dios y a la Iglesia. Son los mismos jóvenes que a menudo no son comprendidos y se encuentran, recién ordenados, teniendo que discutir con el párroco sesentayochista que intenta encasillarlos en sus propios esquemas y los etiqueta: modernistas, tradicionalistas. Son los mismos que se encuentran, llenos de ganas de hacer, dentro de presbiterios envejecidos, compuestos sobre todo por sacerdotes mayores o, a veces, también por personajes relativamente jóvenes que, sin embargo, han sido ordenados a través de historias y vicisitudes difíciles y que, dentro de un presbiterio ya herido, crean división sin favorecer la unidad. Son aquellos que vuelcan en la comida su propia infelicidad, los que llevan la sotana violácea aun siendo jóvenes porque esa vestidura es su único motivo de vida. Son los que pasan el tiempo en las redes sociales rodando de un perfil a otro en busca de su eterno enemigo - que normalmente es quien ha puesto de relieve todas estas criticidades y ya había señalado, en tiempos pasados, cómo estas personas eran más nocivas que útiles en una Iglesia particular, sobre todo si es pequeña y pobre en nuevas vocaciones.
Son esos sujetos para los que el altar de una capilla de seminario resulta más adecuado como sacristía que como lugar de oración: un espacio donde extender las casullas robadas en alguna vieja parroquia y las capas pluviales de cara al próximo desfile, no un lugar donde se forman las vocaciones y se encuentra a Dios.
Éste es el clima con el que debe vérselas el sacerdote joven, el sacerdote voluntarioso, lleno de vitalidad y deseoso de ofrecer sus recursos y sus talentos a su Iglesia, a su presbiterio, a su obispo. Y en los últimos doce años este sacerdote ha vivido en un clima que partía de la cabeza y se irradiaba a distintas partes de la Iglesia, donde siempre había una palabra dura hacia el sacerdote y el consagrado. Siempre una llamada de atención, una estigmatización, un cliché que promover. Ninguna palabra de aliento.
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