Madrid - En la tarde del sábado 6 de junio de 2026, al comienzo del viaje apostólico que lo mantendrá en España hasta el día 12, León XIV se desplazó al Centro de Información y Acogida “CEDIA 24 horas”, una estructura que atiende a personas sin hogar y que trabaja bajo el amparo de la Archidiócesis de Madrid y de las organizaciones caritativas católicas.
Antes de abandonar la Nunciatura Apostólica, el Pontífice se encontró con un grupo de unas cuarenta personas con discapacidad y enfermas, atendidas por las realidades asistenciales diocesanas. A ellas les dirigió unas palabras y rezó con ellas el Padrenuestro, saludándolas después una a una.
El Papa llegó al CEDIA hacia las 18.10 horas, recibido en la entrada principal por el arzobispo metropolitano de Madrid, el cardenal José Cobo Cano, y por el director del centro. Una persona atendida explicó el funcionamiento de la estructura y la ayuda ofrecida a quienes viven en la calle. El responsable del proyecto y cuatro colaboradores acompañaron después a León XIV al comedor, donde lo esperaban otros usuarios. Antes del encuentro en el patio exterior, el Pontífice firmó el Libro de visitas.
El encuentro siguió el esquema de los testimonios: tras el canto de bienvenida y la introducción del cardenal Cobo Cano, tomaron la palabra una madre, un migrante y una voluntaria. A ellos respondió el Santo Padre con su saludo.
“Alzad la mirada”
El discurso del Papa tuvo como hilo conductor el lema elegido para la visita, tomado del Evangelio de san Juan: «Alzad la mirada» (Jn 4,35). León XIV leyó en esas palabras una invitación a contemplar las mieses maduras que esperan la cosecha, signo de que la caridad no admite demoras. Quien no cosecha cuando el trigo está maduro pierde la cosecha, advirtió el Pontífice, y esta es la responsabilidad del cristiano ante quien se encuentra en necesidad: una responsabilidad que consagra cada encuentro como kairós, momento de gracia que no se puede aplazar.
El Papa entrelazó su mensaje con las tres historias escuchadas. Recordó a Niurka, madre que desde una pequeña puerta abierta ha dado a sus hijos la vida, el bautismo y la promesa de un futuro. Evocó a Khadri, que, después de atravesar el túnel de la pandemia, encontró trabajo y la voluntad de sostener a su vez a los demás. Mencionó también la labor de Alicia y de los voluntarios del Proyecto Esperanza, junto a las mujeres que recuperan dignidad y autonomía. También los dones recibidos se convirtieron en palabra. La cinta con los nombres de los niños expresa la alegría de cada nacimiento, el permiso de residencia cuenta una historia de esfuerzo y acogida, las sandalias remiten al encuentro de Moisés con Dios en el Horeb y a la “tierra sagrada” que toda existencia humana custodia.
Citando la exhortación Dilexi te, León XIV puso en guardia contra el contagio de las ideologías mundanas que reducen la caridad a la fijación de unos pocos en lugar de reconocerla como el núcleo de la misión eclesial. Olvidar a los pobres, advirtió, significa salir de la corriente viva de la Iglesia. Retomando después a su predecesor, contrapuso al «corazón plano, frío», que se blinda en la indiferencia, un corazón vivo, cálido y palpitante, capaz de mirar a los ojos a quien sufre y de hacerse prójimo. La limosna, reiteró, no es beneficencia: quien da recibe más gracia, porque se deja mirar por los ojos del Señor.
La meditación se cerró con una mirada a María, solícita en Caná y presente al pie de la cruz, a quien el Papa confió a los trabajadores y a las personas atendidas del centro, en una tierra consagrada a Ella. Después del rezo del Padrenuestro y de la bendición apostólica, León XIV despidió a los presentes agradeciéndoles su testimonio de amor.
En la parroquia de la Crucifixión del Señor
Tras dejar el CEDIA, el Pontífice se dirigió a la iglesia de la Crucifixión del Señor para bendecir a los representantes de las asociaciones sociales de la Archidiócesis metropolitana. Allí habló de manera improvisada, manifestando su alegría por iniciar su primera visita a la archidiócesis en una parroquia que lleva el nombre de la Crucifixión, signo de esperanza, de vida nueva y de resurrección. Agradeció a las asociaciones el servicio que prestan, definido como Evangelio vivo que demasiadas veces la indiferencia de la sociedad deja perder. También en esta segunda etapa la parada concluyó con el Padrenuestro y la bendición apostólica, antes del regreso en coche a la Nunciatura.
d.M.C.
A Madrid por Silere non possum