Madrid - «Jesús camina por las calles, atraviesa las plazas, visita nuestros barrios, habita los lugares de nuestra vida cotidiana». En estas palabras León XIV resumió el sentido de la Solemnidad del Santísimo Cuerpo y Sangre de Cristo y de lo que la ciudad de Madrid viviría pocos minutos después siguiendo la custodia por sus calles. El Cristo que se entrega como pan no permanece encerrado en el templo. Sale al encuentro de su pueblo.

El Pontífice dejó esta mañana la Nunciatura Apostólica a las 9.15. Se dirigió en automóvil, y después en papamóvil, a la Plaza de Cibeles. Ante el Palacio de Cibeles fue recibido por el alcalde, José Luis Martínez-Almeida, quien, en presencia de Sus Majestades los Reyes de España y de algunos concejales, le entregó la llave de oro de la Ciudad. León XIV firmó el Libro de Honor. Luego se encaminó a pie hacia la sacristía.

A las 10.10 el Papa presidió la Celebración Eucarística ante un millón doscientos mil fieles. Tras el saludo del arzobispo metropolitano de Madrid, el cardenal José Cobo Cano, y la liturgia de la Palabra, León se dirigió a los presentes partiendo precisamente del corazón de esta fiesta solemne.

Cristo se entrega como «Pan vivo bajado del cielo, que nos alimenta con la misma vida de Dios, con un amor más fuerte que la muerte», dijo. De ahí la referencia a la historia española, donde el Corpus Christi ha plasmado durante siglos la piedad, el arte, la música, la arquitectura. Y, sin embargo, el Papa advirtió contra toda reducción folclórica. Las alfombras florales, los altares en las calles, el cuidado de las custodias tienen valor como confesión de fe «en la presencia del Señor Resucitado, que está vivo y sigue pasando en medio de nosotros».

De esta presencia nace el significado de la procesión. Si en la Misa Cristo se ofrece como alimento, la procesión proclama que Él sale al encuentro del hombre. Y el Papa vinculó enseguida esta imagen con la caridad. «El Cristo que pasa por las calles en la custodia es el mismo que se identifica con los pobres, los enfermos, los que están solos y los descartados», afirmó, recordando que España ha unido durante años el Corpus Christi al Día de la Caridad. De ahí la llamada a la conversión: «No se trata únicamente de sacar la custodia, sino de dejarnos sacar nosotros mismos del egoísmo, de la indiferencia, de una fe cómoda y privada».

La religiosidad que anima desde hace siglos el país «no sea un museo del pasado que visitar, sino una escuela de fe de la que beber también hoy», dijo el Papa. Una escuela que enseña a arrodillarse ante Dios y ante el prójimo, porque nadie puede adorar al Señor y despreciar al hermano. Para sostener esta encomienda, León XIV evocó dos figuras españolas. San Manuel González, «el obispo de los sagrarios abandonados», que recuerda cómo la Eucaristía exige la fidelidad silenciosa de quien acompaña al Señor cuando parece olvidado. Y san Juan de la Cruz, de quien el Papa citó los versos nacidos en la prisión de Toledo, en torno al Corpus Christi de 1578: «Qué bien sé yo la fuente que mana y corre, aunque es de noche». Cristo eucarístico, concluyó, es «aquella eterna fuente escondida» que sacia la sed sin imponerse con poder exterior.

Al término de la Santa Misa, el Papa presidió la procesión, llevando por las calles el Santísimo Sacramento. Y allí las palabras de la homilía tomaron carne. El ambiente era de auténtica fiesta. Se elevaron los cantos, interpretados espléndidamente. Los niños, vestidos de primera comunión, lanzaron pétalos ante la custodia. La devoción del pueblo llenó cada rincón del recorrido. Quien siguió al Papa por las calles vio realizarse exactamente lo que él había anunciado desde el altar. Cristo no permaneció encerrado en la plaza de la celebración. Recorrió los barrios, atravesó la ciudad, salió al encuentro de la gente. Los pétalos de los niños hablaban de la gratuidad del amor que se hace don. Los cantos hablaban de un pueblo que recuerda quién es su Señor. Ahí está precisamente el significado que León XIV había señalado: adorar y después caminar, recibir y después regar a los hermanos.

León XIV impartió después la bendición a la inmensa multitud reunida en torno al Santísimo. El rostro del Pontífice dejaba entrever una alegría sincera por una celebración tan participada. Junto a la schola cantorum entonó la Salve Regina, y lo hizo sonriendo, dejando traslucir la serenidad de quien se sabe acompañado por un pueblo que reza.

Concluida la procesión, el Papa regresó a la sacristía y se trasladará en automóvil a la Nunciatura Apostólica. Allí se encontrará en privado con los miembros de la Orden Agustiniana, a la que él pertenece.

p. F. B.
Silere non possum

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