Madrid - El tercer día del viaje apostólico en tierra española comenzó en el recogimiento de la Nunciatura Apostólica, donde a las 9.30 el Pontífice, después de desayunar, recibió en audiencia privada al presidente del Gobierno.

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Una hora después, a las 10.30, León XIV cruzó el umbral del Congreso de los Diputados, donde le esperaban los miembros de las dos Cámaras reunidas, las más altas autoridades institucionales del Reino y los máximos representantes de la magistratura. Fue en ese hemiciclo, sede de la vida jurídica y democrática española, donde el Papa pronunció un discurso espléndido que se convierte en una brújula para todos los gobiernos, y no solo para España.

Se presentó no como jefe de Estado, sino ante todo como «Obispo de Roma y Pastor de la Iglesia católica». Recordó que la misión confiada al Sucesor de Pedro coloca a la Santa Sede «en diálogo con los pueblos y con los Estados», y quiso precisar el perímetro de su intervención. La Iglesia, dijo, reconoce «la autonomía de las realidades terrenas» y «la distinción entre comunidad eclesial y comunidad política», y precisamente desde esa conciencia ofrece una reflexión que nace «del deseo de servir al bien común». Ninguna intromisión, por tanto, sino una palabra dirigida a quienes han recibido el mandato de legislar.

La pregunta que precede a toda ley

El centro de la alocución lo situó inmediatamente al recordar que en aquella Cámara las diferencias se escuchan y se ordenan, y toda actividad legislativa acaba midiéndose con una pregunta decisiva: «qué concepción de la persona humana inspira las leyes y qué tipo de sociedad construye esas leyes». Todo el resto del discurso se desplegó como respuesta a esa pregunta.

Para articularla, León XIV eligió el camino de la memoria. Recorrió la gran tradición española con citas precisas, desde el Don Quijote de Cervantes, donde la libertad es definida como «uno de los más preciosos dones que a los hombres dieron los cielos», hasta la inquietud metafísica de Unamuno, según el cual el hombre «no se resigna a morir del todo». Una nación, dejó entender, que siempre ha mirado al ser humano como «criatura abierta a la verdad, dotada de libertad y movida por una sed de eternidad que ninguna realidad temporal logra extinguir».

Salamanca, Vitoria y el totus orbis

El pasaje de mayor altura histórica fue el dedicado a la Escuela de Salamanca. Ante la presencia simbólica, en la sala, de los Reyes Católicos, el Pontífice evocó el momento en que España se encontró ante «responsabilidades históricas de alcance universal». Hace quinientos años, recordó, algunos maestros comprendieron que «la razón no podía ser invocada para revestir de legitimidad cuanto la fuerza o el interés presentaban como conveniente». Citó por su nombre a fray Francisco de Vitoria y la intuición del totus orbis, de una comunidad humana más amplia que cualquier poder particular.

En este punto tampoco faltó una nota de honestidad histórica que a León XIV no se le puede reprochar que evite. «La sociedad y la misma Iglesia», dijo, «no siempre estuvieron a la altura de las intuiciones que encontraban eco en su propia tradición cristiana». Una admisión sobria, pronunciada sin énfasis, que hace más creíble la herencia reivindicada pocos instantes después.

La vida, el bien común, la familia

Desde esta base, el Papa pasó a la afirmación que gobierna todo el magisterio social: toda sociedad justa se funda en el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona, dignidad que «precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento». La referencia, explícita, es al discurso que Benedicto XVI pronunció ante el Bundestag en 2011, y la consonancia con aquel texto es absolutamente deliberada.

Retomando la «cultura del descarte» denunciada también por su predecesor, preguntó si puede llamarse plenamente justa «una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio». Y afirmó: «La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización». Toda vida, añadió, debe ser custodiada «desde su concepción hasta su ocaso natural», porque «la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad».

El bien común lo definió, retomando su encíclica Magnifica humanitas, como «la forma social de la dignidad humana», y colocó en el centro de la convivencia a la familia, «primera escuela de humanidad» donde se aprende «la gramática elemental de la convivencia». A las instituciones educativas les reconoció un papel decisivo, reafirmando, sin embargo, el «derecho primario e inalienable» de los padres a elegir la educación de sus hijos conforme a sus propias convicciones.

Migraciones, paz, rearme

La alocución se abrió después al escenario internacional. El drama migratorio interpela «el fundamento ético del orden internacional», y el Pontífice pidió vías seguras y legales junto al «derecho a permanecer en la propia tierra». En el terreno de la paz, las palabras más firmes las reservó para la carrera armamentística. Es «preocupante», dijo, que también en Europa vuelva a presentarse «el rearme como respuesta casi inevitable». Las armas, advirtió, «pueden imponer un silencio temporal; pero nunca podrán edificar una paz auténtica y duradera». Pidió además una vigilancia ética rigurosa sobre la inteligencia artificial en el ámbito militar, para que las decisiones «sobre la vida y la muerte» nunca sean «descargadas sobre automatismos».

A quienes ejercen una responsabilidad pública dirigió una llamada que toca de cerca también a los periodistas: la obligación de «desarmar el lenguaje», recordando que «la firmeza no exige desprecio» y que «la discrepancia no conlleva humillación».

El sello de la Confesión

Al tratar la libertad religiosa, León XIV defendió «el sigilo sacramental de la confesión», reclamando una tutela jurídica análoga a la que gozan algunas profesiones, para que permanezca como «un espacio sagrado de libertad interior». La referencia, en una Europa donde más de un legislador ha intentado forzar ese sigilo, no pasó inadvertida. En estas horas, de hecho, Francia está intentando minar esta protección.

Alzar la mirada

En la despedida, el Papa señaló las imágenes que adornan la Cámara, la luz que entra desde lo alto y las pinturas que evocan el Evangelio y el Decálogo, extrayendo de ellas la invitación a «alzar la mirada» sin apartarse de la realidad. Una ley, concluyó, alcanza su verdadera grandeza cuando «puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse». La última invocación la confió a Santiago y a la Virgen del Pilar, bajo cuya protección puso al Reino de España.

El resto de la jornada

Concluida la alocución, la agenda pontificia continúa apretada. A las 11.30 está previsto el encuentro con los obispos españoles en la sede de la Conferencia Episcopal, seguido a las 12.50 por el almuerzo con el episcopado en la Nunciatura. Por la tarde, a las 18.00, la oración y el homenaje a la Virgen de la Almudena en la Catedral de Santa María la Real, y a las 19.00 el encuentro con la comunidad diocesana en el Estadio Santiago Bernabéu, donde se espera el momento de mayor participación popular de toda la visita.

d.M.C.
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