Madrid - La etapa madrileña del viaje apostólico de León XIV a España se cerró en un clima de satisfacción. En la Nunciatura, antes de partir, el Pontífice afirmó que estaba muy contento con este viaje y con el entusiasmo del pueblo español, expresando un gran aprecio por el trabajo del cardenal José Cobo Cano y por todo lo que la archidiócesis de Madrid había sabido organizar: desde las celebraciones propiamente litúrgicas hasta los actos colaterales.
Una satisfacción compartida por todo el séquito papal.
La crónica de la mañana
La jornada pública comenzó a las 10.00, cuando León XIV se despidió del personal y de los benefactores de la Nunciatura Apostólica, dando las gracias personalmente a cada uno y, de modo particular, al nuncio, S.E.R. Mons. Piero Pioppo. Por la mañana, el Santo Padre había celebrado la Santa Misa con sus colaboradores, antes de trasladarse en coche a IFEMA Madrid, donde le esperaba el Encuentro con los Voluntarios.
Después de recorrer en golf-cart la zona entre los fieles, el Papa entró en el Pabellón 3 acompañado por el arzobispo metropolitano de Madrid. Al himno de bienvenida siguieron la proyección de un vídeo titulado “El ejército silencioso”, el testimonio de la voluntaria Mercedes Rodríguez Loeb, una actuación de rap y el testimonio del voluntario Nuño Adam Castrillo. Solo entonces tomó la palabra León.

Las palabras del Papa: la levadura de la gratuidad
El discurso, breve pero denso, gira por completo en torno a una sola imagen, que merece ser desentrañada porque encierra la clave teológica de este pontificado.
La parábola de la levadura. León XIV parte de Mateo: «El Reino de los cielos se parece a la levadura; una mujer la amasa con tres medidas de harina, hasta que todo fermenta». Es una imagen que invierte toda lógica de poder: la levadura es pequeña, escondida, cuantitativamente irrelevante respecto a la masa de la pasta, y sin embargo es lo que la transforma toda desde dentro. El Papa aplica esta figura a la experiencia de los voluntarios: su presencia - silenciosa, gratuita, no mensurable por las estadísticas - es «un signo del Reino que viene». No por su capacidad de hacer número, sino por su calidad: la gratuidad.
La gratuidad como “ciudad de Dios”. Aquí está el paso decisivo, que no pasará inadvertido para quien conoce la formación del Pontífice. León define la gratuidad como «un rasgo típico de la ciudad de Dios». La expresión no es casual en boca de un agustino: es el corazón del De Civitate Dei de san Agustín, donde la civitas Dei - la ciudad edificada sobre el amor de Dios hasta el desprecio de sí - se contrapone a la civitas terrena, fundada sobre el amor de sí hasta el desprecio de Dios. El Papa traduce esa contraposición en categorías de plena actualidad: por un lado, la lógica del interés y del lucro, en la que incluso la palabra «crecimiento» queda reducida únicamente a su dimensión económico-financiera; por otro, la lógica de un crecimiento humano integral, que es, en definitiva, la lógica del Evangelio.
Como apoyo cita a Lucas: «Y si hacéis bien solo a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? […] Y si prestáis a aquellos de los que esperáis cobrar, ¿qué mérito tenéis?». La gratuidad cristiana es exactamente aquello que excede el cálculo, aquello que no espera contrapartida. Es ese plus que convierte un gesto en evangélico y no meramente transaccional.
Cristo, levadura amasada en nuestra humanidad. El tercer movimiento es cristológico. Jesús - dice León - vino a traer al mundo la levadura del Reino y «la mezcló con la masa de nuestra humanidad enferma para sanarla desde dentro, con el agua y la sangre de su sacrificio y con el fuego del Espíritu Santo». La tríada agua-sangre-fuego no es decorativa: el agua y la sangre remiten al costado abierto del Crucificado, el fuego al Espíritu de Pentecostés. Es todo el misterio pascual condensado en la metáfora de la panificación. Y de aquel Sacrificio nace la misión: los discípulos son enviados al mundo no ante todo a predicar, sino a vivir un estilo - «una forma de pensar y de comportarse que es la del Evangelio» - cuyo rasgo esencial es precisamente la gratuidad. El Papa concluye con una observación que es casi una provocación a la mentalidad contemporánea y a los periodistas: «Quizá las estadísticas no lo registren, pero sabemos que, en estos días, también gracias a vosotros, esta ciudad ha crecido y está más cerca del Reino de Dios». Y de inmediato desactiva toda tentación de vanagloria -«¿Mérito nuestro? ¡No! ¡Todo es gracia suya!» - cerrando con la cita de los Hechos que lo resume todo: «Hay más dicha en dar que en recibir». La invitación final, mariana, es a seguir adelante «con humildad y mansedumbre, sin ninguna presunción, pero firmes en la fe y generosos en el servicio».
El don del cáliz
Como sello del encuentro, al ofrecer un cáliz como regalo a toda la comunidad eclesial madrileña, León explicó el gesto para que «no nos olvidemos jamás de lo que celebramos en el memorial de Cristo que nos ha salvado». La elección no es banal: después de todo un discurso sobre el amor que se entrega sin cálculo, el cáliz - signo por excelencia de la sangre derramada y de la gratuidad del Sacrificio - se convierte en la síntesis material de ese discurso. La levadura de la que había hablado y la sangre del memorial eucarístico son, en el fondo, la misma cosa.
Rumbo a Barcelona
El encuentro concluyó, tras un intermedio musical, con el agradecimiento del cardenal arzobispo de Madrid, el intercambio de regalos, la bendición y el canto final. El Santo Padre se trasladó después al aeropuerto Adolfo Suárez Madrid-Barajas, desde donde - a las 11.52, a bordo de un A320 de Iberia - partió rumbo a Cataluña. El aterrizaje en el aeropuerto Josep Tarradellas Barcelona-El Prat tuvo lugar a las 12.30. Se abre ahora la etapa catalana, con todo lo que esta lleva consigo en el plano eclesial y político. Pero León XIV se marcha de Madrid dejando una consigna sencilla y tenaz: llevar al mundo la levadura de la gratuidad. Una palabra que suena contracorriente precisamente porque no se deja traducir en cifras. Y que, no por casualidad, un Papa agustino quiso pronunciar ante un ejército silencioso.
d.M.C.
Desde Madrid para Silere non possum