BARCELONA - Fue en la penumbra solemne de la Catedral de la Santa Cruz y Santa Eulalia, ante el Santísimo Sacramento y a pocos pasos de la cripta que custodia los restos de la copatrona de la ciudad, donde León XIV entregó el mensaje inicial de la segunda etapa de su viaje apostólico a España. Un mensaje condensado en una palabra: unidad.

Tras dejar Madrid, el Pontífice aterrizó a las 12.45 en el Aeropuerto internacional Josep Tarradellas Barcelona-El Prat, donde fue recibido por algunos representantes de la Generalitat de Catalunya. Después de un breve coloquio privado en la Sala VIP y de la bendición del tabernáculo de la capilla del aeropuerto, el Papa se trasladó en coche hasta la Catedral. Allí le esperaban el arzobispo metropolitano de Barcelona, el cardenal Juan José Omella Omella, y el deán, que le presentó la cruz y el agua bendita para la aspersión. Tras entrar en la Capilla del Santísimo para un momento de recogimiento, el Santo Padre recorrió después la nave central acompañado por el canto del coro, hasta la oración de la Hora Media.

Dos imágenes: la Esposa y el Cuerpo

La homilía, pronunciada al término de la Hora Sexta, partió de dos imágenes que León XIV tomó de la Sacrosanctum Concilium y de la Primera Carta a los Corintios. La primera es la de la Iglesia como Esposa amada. «Dios os ha querido aquí», dijo el Papa dirigiéndose a la asamblea, «porque ama en vosotros y en vuestro estar juntos una belleza y una bondad únicas y sagradas». La Iglesia, insistió, «es fruto de un acto de amor que la precede y que viene de Dios» y crece, ante todo, «dejándose amar por Él»: porque, añadió, «sólo quien se deja amar por Dios puede construir, con los demás, las obras del amor».

De ahí la llamada a difundir en todas partes un «clima de familia» - en las parroquias, en los lugares de trabajo y de formación, y con una anotación que no pasa inadvertida, «en los ambientes de la Curia» -: un clima hecho «de misericordia, de sacrificio, de atención recíproca, de perdón».

La segunda imagen es la del Cuerpo. Si Cristo es el Esposo que nos amó primero, explicó León XIV, Él es también la Cabeza a la que estamos unidos como miembros de un único organismo. Y aquí el Pontífice recordó que trabajar juntos «no es una elección de “estilo”, sino una necesidad fisiológica». Como en un cuerpo, prosiguió, hay miembros fuertes y miembros débiles, algunos visibles y otros escondidos, «que actúan desde dentro, en algunos casos sin detenerse nunca y cumpliendo funciones vitales, sin que nadie siquiera se dé cuenta». El mensaje, resumió, sigue siendo uno: «somos fuertes porque estamos unidos, y estamos unidos porque estamos animados por el mismo Espíritu».

Santa Eulalia y los mártires, «testigos de unidad»

El hilo se anudó después en torno a la figura de santa Eulalia, cuyos restos el Papa veneraría poco después en la cripta. Citando a san Agustín sobre los mártires, León XIV invitó a la comunidad a no considerar «poca cosa el ser miembros de aquel cuerpo» del que también forman parte aquellos «con quienes no podemos equipararnos».

Fue en este punto donde su reflexión elevó el tono, leyendo el testimonio de los mártires como clave para el presente. «En un mundo desgarrado por guerras y divisiones, en una sociedad cada vez más fragmentada e individualista», dijo el Pontífice, «queremos ser “mártires”, es decir, testigos y profetas de unidad, de acogida, de concordia y de paz, incluso a costa de sacrificios y renuncias». Como Eulalia, añadió, dispuestos «a perdernos para reencontrarnos, a renunciar a lo superfluo para construir sobre lo que es esencial y dura para siempre».

No faltó la referencia a la vocación propia de Barcelona, «Cap i Casal de Catalunya»: una ciudad que - recordó el Papa citando a san Juan Pablo II y la tradición de acogida catalana - está llamada de manera especial «a convertiros, con la ayuda de Dios, en constructores de unidad». Una unidad que ha de custodiarse «más allá de toda polarización»: palabras que, en tierra catalana, resuenan con un peso que va más allá de la liturgia.

La homilía se cerró con la invocación a la Virgen - «Santa Maria de la Mercè, pregueu per nosaltres» - y con la cita de la oración de Jesús en la Última Cena: «para que sean completamente uno, de modo que el mundo sepa que tú me has enviado».

Después de la Catedral

Terminada la oración, el Santo Padre se recogió ante la tumba de santa Eulalia, posó para una foto con un grupo de seminaristas y visitó el claustro a través de la Capilla de Santa Lucía, saludando al Cabildo y a algunas autoridades civiles. A través de la Puerta de Santa Eulalia llegó después al Palacio Arzobispal, donde almorzó y se reunió en privado con el presidente de la Generalitat, Salvador Illa i Roca, y con los miembros de la Orden Agustiniana, que le esperaban con entusiasmo.

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