Lourdes - En estos días se está celebrando en Lourdes la asamblea plenaria de primavera de la Conferencia Episcopal Francesa, una cita en la que el episcopado francés está llamado a afrontar algunos de los asuntos más delicados de la vida eclesial y social del país: la educación católica, la lucha contra los abusos, el camino de reparación, la liturgia, la situación internacional y el papel de la Iglesia en una sociedad marcada por tensiones cada vez más evidentes.

Las expectativas de León XIV

En este contexto, los obispos franceses han recibido una carta del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado, enviada en nombre del Papa León XIV. No se trata de un mensaje protocolario ni de un simple deseo de buen desarrollo de los trabajos, sino de un texto en el que aparecen con claridad los temas a los que el Pontífice presta una atención particular. En ese sentido, la carta adquiere el valor de una indicación precisa sobre lo que el Papa espera del episcopado francés reunido en Lourdes. El cardenal Pietro Parolin abre el mensaje transmitiendo a los obispos franceses “los mejores deseos” del Papa para el “buen y fructuoso desarrollo” de los trabajos y asegurando su “oración fraterna”. El Papa desea que la asamblea sea una nueva ocasión para reforzar los vínculos de caridad fraterna y para buscar juntos la voluntad de Dios para la Iglesia que está en Francia. Es la manera en que el Pontífice invita al episcopado a leer los problemas no solo como cuestiones organizativas o disciplinarias, sino como etapas que afectan al gobierno pastoral y al testimonio eclesial en un tiempo complejo.

El primer tema subrayado en la carta es el de la educación. Parolin hace saber que León XIV ha tomado conocimiento de los asuntos que los obispos pretenden abordar y que precisamente la cuestión educativa ha despertado su interés. La referencia es a la Carta apostólica Dibujar nuevos mapas de esperanza y a la necesidad de afrontar el futuro de la enseñanza católica en un contexto descrito como marcado por una creciente hostilidad hacia los centros católicos y por la contestación de su identidad propia. Aquí el Papa anima a los obispos a defender con determinación la dimensión cristiana de la enseñanza católica, observando que, sin la referencia a Jesucristo, esta perdería su razón de ser. Se trata de un pasaje de gran peso, porque toca una de las cuestiones más sensibles de la Francia contemporánea: la relación entre escuela católica, espacio público e identidad eclesial.

El segundo eje de la carta se refiere a la lucha contra los abusos a menores y al proceso de reparación que la Iglesia en Francia ha puesto en marcha en los últimos años. Parolin escribe que es necesario perseverar a largo plazo en las acciones de prevención ya emprendidas y seguir manifestando la atención de la Iglesia hacia las víctimas. Al mismo tiempo recuerda la misericordia de Dios “hacia todos”, añadiendo que también los sacerdotes culpables de abusos no deben quedar excluidos de esa misericordia y deben entrar en la reflexión pastoral de los obispos. Se trata de un pasaje delicado, que una parte de la prensa ya está utilizando de manera instrumental para exponer al Papa al escarnio público. En realidad, el sentido de las palabras de la Santa Sede es otro y se sitúa plenamente dentro de la enseñanza del Evangelio. La Iglesia no puede renunciar a la justicia ni atenuar la gravedad de los hechos, pero tampoco puede perder de vista aquello que el Señor Jesús le ha confiado: la posibilidad de la conversión, la llamada a la penitencia, el deber de no reducir a nadie a su propio pecado. En un clima cultural que cada vez con más frecuencia parece inclinarse hacia una justicia sumaria, interesada en la eliminación pública de las personas más que en su responsabilidad y en su verdadero cambio, la Santa Sede recuerda la necesidad de mantener unidas justicia, reparación, responsabilidad y conversión. En este equilibrio, difícil pero propiamente cristiano, se mide la seriedad de la respuesta eclesial. En esa misma parte de la carta aparece otro elemento importante: el Papa invita a los obispos, tras años de crisis dolorosas, a mirar decididamente hacia el futuro y a dirigir a los sacerdotes de Francia, “duramente probados”, un mensaje de aliento y de confianza. No hay solo conciencia de una Iglesia marcada por los escándalos y la desconfianza. También hay atención a un clero que en Francia atraviesa una etapa difícil, entre secularización, presión mediática, empobrecimiento numérico y fatiga pastoral.

La cuestión litúrgica

El tercer gran tema señalado por el Secretario de Estado de la Santa Sede es el de la liturgia. Parolin observa que el Papa presta una atención particular al delicado asunto litúrgico, en el contexto del crecimiento de las comunidades vinculadas al Vetus Ordo. El purpurado habla de una “dolorosa herida” que sigue abriéndose en la Iglesia en torno a la celebración de la Santa Misa, definida como “el sacramento mismo de la unidad”. Por ello, el Santo Padre pide una nueva mirada recíproca, una comprensión más profunda de las distintas sensibilidades y soluciones concretas capaces de incluir generosamente a los fieles sinceramente vinculados al Vetus Ordo, en el respeto a las orientaciones queridas por el Concilio Vaticano II en materia litúrgica. Es una línea que mantiene unidas la exigencia de la unidad eclesial, la recepción del Concilio y la necesidad de no tratar el problema como una simple disputa entre bandos. La carta concluye con una referencia afectuosa a Francia como “Hija primogénita de la Iglesia”. El Papa asegura su oración por todos los católicos franceses y por su clero, pidiendo que perseveren en la fe y en el valiente anuncio del Evangelio en tiempos difíciles, aunque no faltos de signos de esperanza.

La asamblea plenaria: los temas en discusión

El contexto en el que esta carta ha sido acogida ha quedado definido por el discurso de apertura pronunciado por el cardenal Jean-Marc Aveline, arzobispo de Marsella y presidente de la Conferencia Episcopal Francesa. Su intervención ha ofrecido el marco espiritual, pastoral y también político de la plenaria de Lourdes. Aveline recibió a sus hermanos obispos evocando el significado del lugar y del tiempo litúrgico, en la víspera de la solemnidad de la Anunciación, y desarrolló una intensa meditación sobre María, la Encarnación y la Eucaristía. No se trató, sin embargo, de una introducción abstracta. Esas imágenes - el pesebre, la patena, la vulnerabilidad de Cristo acogido - sirvieron al cardenal para perfilar el rostro de Iglesia que propone al episcopado: una Iglesia que permanece presente, que comparte, que no rehúye la fragilidad de la historia. En este marco se inserta la fuerte referencia a la Iglesia de Argelia, a los mártires de Tibhirine y a la figura de Christian de Chergé. Aveline insistió en el verbo cum-stare, estar con, permanecer con, perseverar con. Esa es, en su lectura, la actitud que se pide a los obispos franceses: no la de quien observa desde fuera, sino la de quien habita las heridas de su pueblo, con fidelidad y oración. Aveline retomó después de manera directa los grandes nudos señalados en la carta de Parolin. Habló de la educación como de una tarea de fondo indispensable y vinculó la reflexión eclesial al contexto francés, marcado por tensiones culturales y por una violencia creciente en el debate público. Recordó las recientes elecciones municipales, la polarización mediática y social, la necesidad de crear las condiciones para un debate verdadero y de sostener a quienes, en las administraciones locales, desempeñan su servicio con esfuerzo y responsabilidad.

Abordó luego ampliamente la cuestión de las violencias sexuales y de los abusos, explicando que la Conferencia pretende continuar el trabajo ya iniciado, superando una lógica de mera emergencia para llegar a instrumentos estables, capaces de acompañar a las víctimas y de hacer más estructural la respuesta eclesial. En este mismo marco situó la reflexión sobre justicia y misericordia, mostrando que el problema no puede afrontarse solo en clave procedimental, sino que exige una maduración pastoral más profunda. Por último, el presidente de los obispos franceses insertó también la cuestión litúrgica dentro de una reflexión más amplia sobre la tradición, sobre la escucha de la sed espiritual de los fieles y sobre la necesidad de custodiar la comunión eclesial en vínculo con el Concilio Vaticano II. En la práctica, su discurso mostró cómo la plenaria de Lourdes no es simplemente una reunión administrativa, sino un momento en el que el episcopado francés intenta leer conjuntamente su misión en medio de tensiones muy concretas: la crisis educativa, los abusos, la fractura litúrgica, el desgaste del debate público, la guerra en Oriente Medio, el drama de los pueblos golpeados por la violencia. Precisamente el pasaje dedicado a la situación internacional dio aún mayor densidad al discurso de Aveline. El cardenal habló del deterioro del escenario mundial, de la guerra en Oriente Medio, de los sufrimientos de israelíes, iraníes, libaneses, palestinos, ucranianos y de otros pueblos golpeados por los conflictos. Se refirió a las cartas enviadas a los responsables cristianos de la región e insistió en que Dios no puede ser reclutado por las potencias de las tinieblas, porque está siempre del lado de las víctimas. También aquí se percibe el sentido de la plenaria: una Iglesia llamada a debatir sus cuestiones internas sin encerrarse en sí misma, manteniendo la mirada abierta al mundo y a sus heridas.

La asamblea de Lourdes se presenta, por tanto, como un momento relevante para el episcopado francés. Por una parte, emerge con claridad la atención de la Santa Sede a sus trabajos. Por otra, se advierte el intento de los obispos de situar los grandes asuntos eclesiales dentro de una lectura más amplia de la realidad francesa e internacional. Sobre la mesa no hay únicamente cuestiones de gobierno. Está en juego el modo en que la Iglesia en Francia quiere custodiar su identidad, afrontar sus heridas, acompañar a los fieles y seguir hablando al país en una etapa marcada por crisis profundas.

p.J.M.
Silere non possum





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