Hay una frase, en Magnifica humanitas - la primera encíclica de León XIV presentada hoy -, que impresiona más que todas las demás, aun dentro de un documento riquísimo en pasajes memorables. Se encuentra en el número 100, allí donde el Papa aborda la cuestión de la inteligencia artificial que imita la voz humana: «Cuando la palabra es simulada, no construye una relación, sino su apariencia. El riesgo no es tanto que una persona crea estar hablando con otra persona, sino que pierda el deseo mismo de buscar verdaderamente al otro».
León no habla de engaño, de fraude tecnológico, de usuarios ingenuos que han caído en la trampa de un chatbot. El Pontífice habla de algo más profundo y más terrible: de la extinción de una facultad del alma. Esa facultad que los antiguos llamaban eros - no en el sentido reducido que hoy solemos darle, sino en el platónico y después cristiano: el impulso que nos hace salir de nosotros mismos, el movimiento por el que un ser finito tiende hacia aquello que no es él mismo -. Benedicto XVI, en Deus caritas est, recordaba que «no se comienza a ser cristiano por una decisión ética o una gran idea, sino por el encuentro con un acontecimiento, con una Persona, que da un nuevo horizonte a la vida». El comienzo es siempre otro. Sin el otro, nada comienza.
Y aquí está, entonces, el diagnóstico incisivo de León XIV: la gran seducción de nuestro tiempo no es la máquina que finge ser humana. Es nuestra falta de costumbre de esforzarnos por lo verdaderamente humano. Una máquina está siempre disponible, no contradice, no da un portazo, no se ofende, no muere, no pide nada a cambio de su escucha simulada. El otro, el de carne y hueso, es en cambio la más incómoda de las realidades: imprevisible, lento, herido, capaz de amarnos y de traicionarnos en el mismo día. San Agustín, en las Confesiones, describía la amistad como «la llama que funde las almas y de muchas hace una sola». Nada de todo esto puede simularse. Una apariencia de palabra produce, como mucho, una apariencia de alma.
León XIV lo había dicho con otras palabras a los jóvenes libaneses, el pasado 1 de diciembre, en la explanada de Bkerké, ante el Mediterráneo: «Un amor con fecha de caducidad es un amor de mala calidad». Una consideración que hoy, releída a la luz del número 100 de la encíclica, nos hace imaginar al Papa en las semanas anteriores al viaje a Turquía y Líbano - aquel viaje memorable, el primero del pontificado - inclinado sobre los borradores de Magnifica humanitas, con el texto madurando dentro de él y dictándole incluso el tono de sus discursos públicos.
En definitiva, el Papa nos recuerda que el amor verdadero cuesta tiempo, y el tiempo de la IA es cualquier cosa menos el tiempo del amor. La IA responde en tres segundos; el otro, a veces, nos responde en tres años, o en una vida entera, o nunca. Es precisamente esa lentitud, esa opacidad, esa resistencia del otro a nuestra necesidad inmediata lo que lo hace real. Y lo que nos hace, a nuestra vez, reales.
El riesgo, por tanto, no es el engaño. Es la atrofia. Es la generación que aprende a “hablar” antes de haber aprendido a buscar. Es el jubilado que cuenta sus dolores a un asistente de voz porque ya nadie pasa a visitarlo. Es el estudiante que pide consejo a un modelo lingüístico y no al profesor que lleva a sus espaldas cuarenta años de lecturas y duelos. Es la persona herida que se confía a una máquina porque la máquina nunca se cansará de ella, aunque tampoco la amará jamás. No será la máquina la que nos traicione: seremos nosotros quienes dejemos de sentir la necesidad de la voz del otro, y entonces la traición ya se habrá consumado.
Hay, en la encíclica, una amargura que recuerda ciertas páginas de Romano Guardini sobre «el ocaso de la Edad Moderna»: el hombre que acumula potencia técnica y pierde la capacidad de habitarla. Pero hay también, por debajo, una luz que es enteramente del Evangelio. Porque el Verbo se hizo carne: no se hizo algoritmo, no se hizo mensaje, no se hizo interfaz. Se hizo carne. Lloró lágrimas verdaderas ante la tumba de Lázaro, comió pescado verdadero después de la resurrección, mostró heridas verdaderas a Tomás. El cristianismo es la religión de un Dios que prefirió ser tocado antes que “analizado”.
Quizá sea este, en el fondo, el mensaje más radical de Magnifica humanitas: que custodiar lo humano hoy no significa ante todo legislar sobre la IA - aunque sea absolutamente urgente y necesario -, sino reavivar en nosotros ese deseo antiguo, fatigoso y bellísimo de salir a buscar al otro. De levantarse del sofá. De escribir una carta. De llamar por teléfono a alguien de quien no sabemos nada desde hace años. De soportar el silencio de quien no responde enseguida. De amar a alguien para siempre, no con fecha de caducidad.
Todo lo demás, nos dice León XIV con este espléndido texto, es sólo apariencia.
Marco Felipe Perfetti
Director de Silere non possum