«La magnífica humanidad que Dios ha creado se encuentra hoy ante una elección decisiva: levantar una nueva torre de Babel o edificar la ciudad donde Dios y la humanidad habiten juntos». Con estas palabras se abre Magnifica humanitas, la primera encíclica de León XIV, firmada el 15 de mayo de 2026 y dedicada a «la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial».
Son palabras que constituyen un verdadero programa y sitúan de inmediato el documento ante una opción antropológica y espiritual de fondo: entre el dominio y la comunión, entre el orgullo tecnocrático y la responsabilidad compartida.
El documento, articulado en cinco capítulos y 245 párrafos, se inscribe explícitamente en la estela de la Rerum novarum de León XIII, cuyo 135º aniversario se celebra este año. Una continuidad nada casual: la elección del nombre León, hecha por Robert Francis Prevost inmediatamente después de su elección el 8 de mayo de 2025, encuentra ahora su significado programático. Como en 1891 su «querido Predecesor» afrontó las «cosas nuevas» de la revolución industrial, hoy León XIV quiere ser el pontífice de la segunda Rerum novarum, la de la revolución digital.
Dos iconos bíblicos: Babel y Nehemías
El núcleo simbólico de la encíclica se encuentra en la introducción, donde León XIV propone dos imágenes bíblicas: la torre de Babel y la reconstrucción de las murallas de Jerusalén bajo la guía de Nehemías. Es una intuición teológica y pastoral de gran fuerza. Babel representa «una obra concebida sin referencia a Dios, sustentada por una uniformidad que elimina la diversidad y que, en lugar de la comunión, elige la homogeneización». Nehemías, en cambio, encarna la reconstrucción paciente y compartida, en la que «la ciudad renace no gracias a la iniciativa de una sola persona, sino a través de la responsabilidad compartida de todo el pueblo». La frase que resume la elección planteada a la humanidad contemporánea tiene una potencia casi profética: «la primera elección no es entre un “sí” o un “no” a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén: entre un poder que pretende dominar el cielo y un pueblo que, en presencia de Dios, se pone a trabajar unido para levantar de nuevo las murallas de la convivencia fraterna». Especialmente significativa resulta la denuncia del «síndrome de Babel»: «la idolatría del lucro que sacrifica a los débiles, la uniformidad que aplana las diferencias, la pretensión de un lenguaje único - incluso digital - capaz de traducirlo todo, incluso el misterio de la persona, en datos y rendimientos».

El núcleo de la encíclica: ¿quién detenta hoy el poder?
Uno de los pasajes más explícitos y políticamente valientes de todo el texto se encuentra en el número 5, donde León XIV aborda sin rodeos la cuestión del poder tecnológico privado. Retomando a su predecesor, el Santo Padre escribe: «En el pasado, eran principalmente los estados los que impulsaban y orientaban la innovación. Hoy, en cambio, los principales motores del desarrollo son actores privados, a menudo transnacionales, dotados de recursos y capacidad de acción superiores a los de muchos gobiernos. El poder tecnológico adquiere así un rostro inédito, predominantemente “privado”, y por ello aún más difícil de discernir, gobernar y orientar hacia el bien común». Es el pasaje en el que la encíclica sale del terreno de la mera reflexión y se convierte en requisitoria. Las grandes plataformas digitales y los gigantes de la IA son interpelados directamente, aunque nunca sean nombrados de forma explícita. La referencia es inequívoca.
“Desarmar” la inteligencia artificial
Entre las expresiones más potentes de todo el documento destaca el uso del verbo “desarmar” aplicado a la inteligencia artificial (n. 110). El Papa escribe: «Desarmar la IA significa sustraerla a la lógica de la competencia armamentística, que hoy ya no es sólo militar sino económica y cognitiva. Es la carrera por el algoritmo más eficaz y por el banco de datos más amplio, para consolidar una ventaja geopolítica o comercial sobre todos los demás. Desarmar quiere decir romper esta equivalencia entre poder tecnológico y derecho a gobernar». La expresión remite a la célebre «paz desarmada y desarmante» pronunciada por León XIV el día de su elección, y constituye su desarrollo programático. El Papa no pide renunciar a la tecnología, sino «impedirle el dominio sobre lo humano. Significa sustraerla a los monopolios, hacerla discutible, refutable, y por tanto habitable».
Las “nuevas esclavitudes”: el rostro invisible de la economía digital
Uno de los capítulos más duros de la encíclica está dedicado a las “nuevas esclavitudes” generadas por la economía digital. León XIV desenmascara, con crudo realismo, lo que se esconde tras la aparente magia de la IA: «En el mundo de la IA nada es inmaterial o mágico. Cada respuesta que parece inmediata y perfecta proviene de una larga cadena de mediaciones, de una extensa red de recursos naturales, de infraestructuras energéticas y, sobre todo, de personas». El Papa denuncia explícitamente el trabajo explotado de «millones de seres humanos, empleados en actividades poco visibles pero esenciales: etiquetado de datos, moderación de contenidos - a menudo pésimos - y entrenamiento de modelos». Y añade, con tono dramático: «En algunas regiones del mundo, adolescentes y niños trabajan en condiciones peligrosas en la trituración de los materiales de los que se obtienen las tierras raras. Cuerpos marcados, mutilados, consumidos para que el flujo de los cálculos no se interrumpa». En este contexto, en el número 176, León XIV realiza un gesto de gran peso moral: pide sinceramente perdón, en nombre de la Iglesia, por el retraso histórico con el que llegó a condenar la esclavitud de manera absoluta y universal, reconociendo «una herida en la memoria cristiana a la que no podemos considerarnos ajenos».

El “colonialismo de los datos” y la traición a la Encarnación
En el número 178, el Papa introduce un concepto destinado a entrar en el debate público: el del nuevo colonialismo de los datos. «El colonialismo muestra en la actualidad un rostro inédito. No sólo domina los cuerpos, sino que se apropia de los datos, transformando las vidas personales en información explotable». Y también: «Estas son las nuevas “tierras raras” del poder: informaciones vitales que, una vez correlacionadas, pueden utilizarse para entrenar modelos predictivos, orientar estrategias de inversión, anticipar crisis y, sobre todo, seleccionar quién y qué importa». La conclusión del pasaje es fulgurante: «De lo contrario, la era digital no será postcolonial, sino colonial bajo otra forma». Para captar el alcance de esta denuncia, resulta iluminador releerla a la luz de la homilía pronunciada por León XIV en la Misa Crismal del Jueves Santo, la primera de su pontificado. En aquella ocasión, el Papa había afirmado con fuerza que «a lo largo de la historia la misión no pocas veces fue desvirtuada por lógicas de dominio, completamente ajenas al camino de Jesucristo», recordando, con san Juan Pablo II, el peso de los «errores y culpas de quienes nos precedieron». Y había añadido: «ni en el ámbito pastoral, ni en el ámbito social y político, el bien puede venir de la prevaricación». Los verdaderos misioneros, decía, son «testigos de acercamientos de puntillas, que tienen como método el compartir la vida, el servicio desinteresado, la renuncia a cualquier estrategia de cálculo, el diálogo, el respeto». Y también, en un pasaje destinado a resonar hoy con otra fuerza: «Tampoco los lugares donde la secularización parece más avanzada son tierra de conquista, o de reconquista».
El colonialismo de los datos que denuncia la encíclica es precisamente esto: una nueva lógica de dominio que repite la estructura de la antigua - se presenta como ayuda, investigación, innovación, exactamente igual que la misión histórica se presentaba como evangelización -, pero que en realidad extrae, posee y decide en lugar del otro. Territorios enteros, sobre todo aquellos «con menos relevancia geopolítica y mayor fragilidad estructural», se ven atravesados por «una nueva lógica de extracción: la de los flujos sanitarios, perfiles epidemiológicos, mapas genéticos y datos demográficos». Se han convertido, escribe León XIV, en «tierra de conquista» digital.
Aquí se advierte la profunda coherencia del pensamiento de León XIV: su teología misionera y su antropología social beben de la misma fuente. En la homilía del Jueves Santo, el Papa indicaba «el camino de la Encarnación, que siempre vuelve a tomar forma de inculturación», y afirmaba que, para acoger, primero hay que «aprender a dejarse acoger». Es la lógica del recibir, no del tomar; de hacerse carne junto al otro, no de extraerle valor. El colonialismo de los datos es exactamente el reverso de esta lógica: es una desencarnación, porque transforma la carne del otro en dato explotable, reduciendo personas y pueblos a materia prima del cálculo. No es casual que la encíclica se cierre precisamente sobre el misterio de la Encarnación, con el capítulo titulado «El Verbo se hizo carne»: Magnifica humanitas contrapone explícitamente la carne asumida por el Hijo de Dios al dato extraído por los nuevos imperios digitales.
En esta perspectiva, la petición de perdón que León XIV pronuncia en el número 176 por el retraso histórico de la Iglesia en la condena de la esclavitud adquiere un significado ulterior: no es sólo memoria penitencial del pasado, sino advertencia apremiante para el presente. «Si no queremos pedir perdón en el futuro por no haber sido fieles al tesoro de la dignidad humana que nuestra fe encierra», escribe el Papa, «hoy nos toca ser directos y firmes al denunciar la trata en sus múltiples manifestaciones». La lógica es clara: aquello que la Iglesia ya ha tenido que confesar como pecado - haber tolerado durante siglos que cuerpos humanos fueran reducidos a mercancía - no debe repetirse hoy bajo la forma más sutil y omnipresente del dominio sobre los datos, sobre los cuerpos digitales, sobre las vidas transformadas en algoritmos.
La centralidad de la persona: contra transhumanismo y posthumanismo
El tercer capítulo está dedicado íntegramente a desmontar las narrativas transhumanistas y posthumanistas, definidas como «el trasfondo ideológico que habita algunos centros de poder tecnológico y coloniza el imaginario colectivo». León XIV es claro: «si el ser humano es tratado como material que hay que perfeccionar o superar, entonces resulta más fácil aceptar que algunos sean considerados menos útiles, menos deseables, menos dignos. En nombre del progreso se puede llegar a imaginar “sacrificios necesarios”». Una de las páginas más bellas de la encíclica es la dedicada al límite como lugar de humanidad (nn. 118-120). Citando a Viktor Frankl, el Papa escribe que el ser humano «no florece a pesar del límite, sino a menudo a través del límite». Y también: «Para eliminar totalmente el dolor sería necesario, a fin de cuentas, apagar también el amor y el deseo».

La guerra, la IA militar y la crisis del multilateralismo
El quinto capítulo, dedicado a la “cultura del poder”, contiene algunas de las páginas más severas del pontificado leonino. El Papa denuncia «un verdadero cambio de paradigma en el discurso público y en las decisiones de rearme, con una preocupante rehabilitación de la guerra como instrumento de política internacional». Y reafirma «la superación de la teoría de la “guerra justa”, invocada demasiado a menudo para justificar cualquier guerra». Sobre la IA aplicada a las armas, León XIV es categórico: «no es lícito confiar a sistemas artificiales decisiones letales o, en cualquier caso, irreversibles. No existe algoritmo que pueda hacer que la guerra sea moralmente aceptable». Las tres consignas ofrecidas a la humanidad son sencillas y desarmantes: «¡encontrémonos, dialoguemos, negociemos!», repetidas explícitamente en el número 222 como cita del primer discurso del pontificado.
El Magníficat como canto de esperanza
La encíclica se cierra con una imagen teológica de extraordinaria belleza. El Magníficat de María se convierte en la clave interpretativa de todo el documento: «Ante Isabel, que le anuncia que se ha convertido en la madre del Señor, María estalla en un himno de alabanza y de alegría... Nada ha cambiado a su alrededor... Y, sin embargo, todo ha cambiado dentro de ella, y esto le permite ver lo invisible». El Papa confía así a la Virgen del Magníficat la tarea de custodiar «la confianza en el Evangelio, de modo que podamos testimoniar la belleza de una magnífica humanidad habitada por Dios».
El significado profundo de este texto
Magnifica humanitas no es sólo la primera encíclica de León XIV: es el manifiesto programático de su pontificado. El Papa quiere ofrecer a la Iglesia y al mundo una clave teológica para atravesar el cambio de época sin perder lo humano. La encíclica recoge y relanza el magisterio social de sus predecesores - desde León XIII hasta Francisco, pasando por el Concilio Vaticano II -, pero lo hace con una originalidad innegable, mostrando cómo los principios de la Doctrina social - dignidad, bien común, destino universal de los bienes, subsidiariedad, solidaridad, justicia - constituyen la gramática indispensable para gobernar la era digital. Los méritos del documento son múltiples y se entrelazan en una visión orgánica. Magnifica humanitas no demoniza la tecnología, sino que pide que sea “desarmada”, es decir, devuelta al servicio de lo humano y sustraída a los monopolios que hoy gobiernan su desarrollo. Al mismo tiempo, la encíclica interpela a los grandes actores privados globales, indicando sin ambigüedades que el verdadero poder de nuestro tiempo ya no reside en los Estados, sino en unas pocas empresas transnacionales capaces de moldear imaginarios, mercados y procesos de toma de decisiones a escala planetaria. Y lo hace recolocando lo humano dentro de la perspectiva del límite, de la relación y de la carne herida de Cristo encarnado, frente a toda tentación de superación prometeica: frente a la ilusión, es decir, de que la plenitud de la vida pueda alcanzarse eliminando la fragilidad en lugar de habitarla.
En un mundo que corre hacia Babel, León XIV invita a reconstruir Jerusalén. No solos, no con la fuerza, sino «piedra tras piedra», en la corresponsabilidad del pueblo de Dios y de toda la humanidad de buena voluntad. Magnifica humanitas es, en el fondo, un acto de confianza: en la posibilidad de que el ser humano, pese a todo, siga siendo capaz de elegir el bien. Y de que la magnífica humanidad creada por Dios no se deje sustituir por ninguna máquina, por inteligente que sea.
p.I.C.
Silere non possum