Madrid – «La vida espiritual y el encuentro con Dios tocan a la persona en su conjunto: dimensión afectiva, intelectual y volitiva». Es el pasaje clave que abre la Nota doctrinal publicada hoy, 3 de marzo de 2026, por la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe de la Conferencia Episcopal Española: un texto dedicado al papel de las emociones en el acto de fe, concebido para ofrecer criterios de discernimiento en un momento en el que, en la vida eclesial, proliferan experiencias y métodos que apuestan de forma marcada por el impacto emocional.

Es una criticidad que se repite sobre todo en algunos movimientos laicales cuando la vida interna se concentra en la dimensión social e identitaria, mientras la maduración de la fe y el discernimiento quedan en segundo plano. En estos contextos pueden arraigar formas de abuso de conciencia, abuso psicológico y dinámicas de tipo sectario. Un caso emblemático es el de la “Comunidad de Nuevos Horizontes” (Comunità di Nuovi Orizzonti), donde con el tiempo se han señalado y denunciado graves abusos de conciencia y prácticas problemáticas en la gestión de las personas.

Una nota valiosa de los obispos

La nota lleva un título programático, Cor ad cor loquiturel corazón habla al corazón»), en referencia al lema cardenalicio de «san Juan Enrique Newman», inspirado en san Francisco de Sales: la fe como encuentro “de corazón a corazón”, un movimiento entre el corazón de Dios y el corazón del hombre. En esta perspectiva, la Comisión subraya la integralidad de la fe: junto a los elementos de confianza y conocimiento, se dan también emociones y sentimientos como el gozo espiritual, el amor o la paz, sin convertir la vida cristiana en un simple termómetro del “sentir”.

Los obispos registran signos de un «renacer de la fe cristiana» y, en particular, nuevas dinámicas entre los jóvenes españoles de la llamada “generación Z”. Valoran la creatividad de las iniciativas de primer anuncio y reconocen la acción del Espíritu Santo que, a través de movimientos y asociaciones, facilita el encuentro con Cristo o la revitalización de la fe. En este marco, la nota se ofrece como instrumento para acompañar la maduración de estas experiencias apostólicas y ayudarles a crecer con solidez, prestando un mejor servicio a quienes se acercan a la Iglesia.

La deriva del emotivismo

Los presulos advierten del riesgo de un reduccionismo “emotivista”: la absolutización de lo afectivo hasta reducirlo a sentimientos y emociones, con el desplazamiento del “pienso” al “siento”. En el plano espiritual, ese riesgo aparece cuando la fe se mide por la intensidad de la experiencia, convirtiendo a las personas en consumidores de experiencias de impacto y en buscadores insaciables de la complacencia del sentimiento religioso. La Comisión insiste en una clave: el anuncio de Cristo no se orienta a “producir” sensaciones, sino a testimoniar un acontecimiento capaz de transformar la historia y la vida de cada persona, devolviendo al centro el contenido esencial del Evangelio.

El texto señala también consecuencias muy concretas. El emotivismo vuelve más fácil la manipulación: en la sociedad, muchos discursos públicos apelan a emociones como miedo, esperanza o indignación para orientar comportamientos. En el ámbito eclesial, la nota alerta de dinámicas análogas: «bombardeo emocional», «presión emocional del grupo» que empuja a “sentir” como los demás para no quedar al margen, hasta el terreno más grave del abuso espiritual. En ese contexto aparece el riesgo del «falso misticismo» y del uso de presuntas experiencias sobrenaturales para dominar conciencias o favorecer otros abusos, señalados como de particular gravedad moral.

Emociones y fe: integrar, educar, estabilizar

El documento, sin embargo, no demoniza las emociones. Afirma que el cuerpo y las emociones forman parte integral de la vida psíquica y espiritual y que ignorarlas o trivializarlas desfigura la experiencia cristiana, arraigada en la Encarnación. Desde la Escritura, la tradición y el magisterio reciente, sostiene que la dimensión afectiva requiere ser reconocida, educada e integrada. La línea propuesta apunta a un equilibrio estable: los sentimientos han de permanecer vinculados a la verdad y al bien, porque una fe apoyada solo en consolaciones variables no se sostiene con el tiempo.

En este punto la nota se vuelve operativa y ofrece criterios teológico-pastorales de discernimiento para las nuevas iniciativas de evangelización. Entre los ejes principales: una clara identidad trinitaria de la oración y de la liturgia; la dimensión personal de la fe como encuentro con una Persona, no como técnica emotiva; la necesidad de educarse en el discernimiento de los movimientos interiores en la escuela de grandes maestros espirituales (de Ignacio de Loyola a las “noches” espirituales narradas por otros santos); la dimensión objetiva de la fe, con atención a la doctrina y a la formación; la dimensión eclesial, que pide integración en la comunidad y disponibilidad a ser evaluados por la autoridad de los obispos; la dimensión ética y caritativa como criterio de autenticidad; y la dimensión celebrativa, con la indicación de evitar formas litúrgicas efectistas o desancladas y de custodiar la relación entre Eucaristía, adoración y normas litúrgicas.

La importancia de la nota está en su objetivo: acompañar el impulso y la creatividad del primer anuncio con un marco de seguridad eclesial y espiritual. En un tiempo en que muchas propuestas apuestan por experiencias fuertes e inmediatas, el documento pide procesos de crecimiento que conduzcan a discipulado, formación, pertenencia eclesial y responsabilidad concreta. También marca un límite frente a dinámicas que, en la práctica, pueden deslizarse desde la legítima participación emocional hacia formas de subjetivismo, dependencia del grupo y vulnerabilidad a posibles abusos.

La conclusión adopta un tono pastoral: abrazar la fe «en la totalidad de sus dimensiones», reconociendo la fuerza de las emociones dentro de una sana afectividad, para llegar a un encuentro realmente transformador con Cristo “de corazón a corazón”, con María indicada como figura en la que el acto de fe se realiza de manera plena.

p.F.G.
Silere non possum



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