Associazione LabOratorium APS

Si tuviera que señalar un deporte nacional en el que, unos más y otros menos, muchos de los católicos italianos presentes en la red han participado durante los últimos meses, sería sin duda el de llenar sus perfiles de comentarios cargados de odio cuando Alberto Ravagnani anunció que quería dejar el ministerio. Al fin y al cabo, esperar a que alguien tropiece - según la propia mirada de cada uno, además - para poder señalarlo con el dedo y reírse es una disciplina en la que cada vez somos mejores, nosotros, los discípulos de Jesús de Nazaret.

Cuando Ravagnani anunció su decisión, bajo sus publicaciones - y, de forma bastante más mezquina, bajo las de Fraternità, la comunidad de jóvenes que él había fundado - se volcó una multitud de supuestos católicos movidos por una sola razón: tener por fin un blanco.

No es ninguna novedad. Pero cada vez resulta más bochornoso. La arrogancia con la que ciertos personajes se han sentido en la obligación de dar lecciones - desde Fortunato Di Noto hasta Mario Adinolfi, pasando por esos perfiles que viven en las redes de maneras tan grotescas que ya son el hazmerreír de quienes los observan - ha alcanzado cotas de suficiencia que, en cualquier caso, merecen ser analizadas. Porque dicen mucho más de quienes las pronuncian que de quienes las padecen.

Junto a los agresores declarados apareció después la categoría quizá más insidiosa de cuantas pueblan nuestras sacristías: los falsos preocupados. Esos que, con aire compungido, como quien se conmueve a voluntad - el tiempo justo para sacar de ahí algo de cotilleo -, se preguntaban por el destino de «estos pobres chicos». Qué será de ellos ahora, pobrecillos. Don Ravagnani los ha “dejado”, decían; se perderán, todo se vendrá abajo, es el final de una ilusión. Y a partir de ahí, sentencias, profecías de desgracia, condolencias anticipadas por un funeral que solo existía en su imaginación. La compasión exhibida como una porra: un clásico. Como de costumbre, además, basta mirar las stories de estos «curas de pueblo bonachones» para echarse las manos a la cabeza: pero proyectar sobre los demás no es más que la otra cara de esa misma disciplina olímpica en la que siempre subimos al podio.

La respuesta ha llegado. Y no era la que esperaban

En estas horas, Fraternità ha publicado dos posts, dos carruseles. Y quien esperaba el llanto, el rencor, la ruptura, el enésimo material para chats de cotilleo, se ha quedado sin carnaza.

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En el primero, la comunidad se dirige a quienes durante estos meses han escrito, rezado, preguntado «¿dónde estáis, chicos?», «pero volveréis, ¿verdad?». Explica que no se ha disuelto, sino que ha «custodiado lo vivido durante estos meses en el silencio de la oración», que ha seguido reuniéndose en las comunidades territoriales, haciendo adoración, mirándose a la cara y compartiendo – literalmente - «sueños y miedos». Reconoce con una honestidad desarmante que alguno se enfadó, que otro vivió todo esto como una prueba de fe, que probablemente «seguirán cojeando un poco». Pero cierra con una frase que vale más que mil comentarios de boomer: ninguno de ellos cree que todo haya terminado.

En el segundo, los jóvenes afrontan directamente la pregunta que muchos les dirigían - «¿y don Alberto?» - y lo hacen «con claridad», sin hipocresías y sin esas histerias que, en todo caso, son la marca de quienes han utilizado esta historia para arrancarle al mundo de la red una mínima dosis de atención.

Reconocen que Ravagnani ha sido para ellos «un amigo fiel», un padre, un hermano, y que fue él quien acompañó a muchos de ellos al encuentro con Jesús. Declaran, sin ambigüedades, que hoy sus caminos toman direcciones distintas y que no comparten muchas de sus posiciones actuales. Y aquí está la parte más instructiva, la que deja en evidencia a ciertos cardenales, obispos, curas y «laicos comprometidísimos» acostumbrados a razonar por cajones - además pequeños y estrechos - y a mirar el mundo solo en blanco y negro. Los jóvenes de Fraternità, en cambio, dan a muchos una pequeña lección sobre cómo se está en el mundo: «esto no significa que nos estemos posicionando en contra: elegimos el respeto recíproco por ideas y pensamientos distintos».

Establecen con claridad que Alberto ya no tendrá ningún papel dentro de Fraternità - ninguna ambigüedad, ninguna nostalgia organizada - y, aun así, dan las gracias: «Gracias, Alberto. Por haber creído en nosotros y por haber caminado con nosotros hasta aquí», confiándolo al Señor con las palabras del salmista: «El Señor custodiará tu camino».

En resumen, los jóvenes dan una lección a los odiadores de teclado explicándoles que no todo es blanco o negro. Hay matices. Está la gratitud por lo que fue, y está la libertad de no reconocerse ya en algunas decisiones. Está el rechazo explícito a transformar el desacuerdo en condena. Está, sobre todo, la idea - muy adulta y profundamente cristiana - de que se puede «custodiar lo que fue sin retenerlo, dejarlo ir sin borrarlo, continuar el camino sin olvidar de dónde partimos».

Estos chicos han entendido a León XIV mejor que tantos…

Vale la pena decirlo sin rodeos: estos jóvenes - laicos, en su mayoría jóvenes - han puesto en práctica exactamente lo que León XIV lleva tiempo pidiendo, con insistencia, precisamente a los hombres de Iglesia.

Desde los primeros días de su pontificado, hablando a los profesionales de la comunicación, el Papa rechazó una «comunicación fuerte y muscular» e indicó el camino de un lenguaje desarmante, contraponiendo a las actitudes de agresividad, sectarismo, prejuicio, rencor y fanatismo la búsqueda de la verdad en el amor, la humildad, el diálogo y la escucha que precede a la palabra. El pasado 30 de mayo, al rezar el Rosario en la Gruta de Lourdes de los Jardines Vaticanos, pidió a cada uno abstenerse «de toda violencia verbal o física», hablando explícitamente de las redes sociales. Y en el Mensaje para la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2026, dedicado a custodiar voces y rostros humanos, recordó que el rostro y la voz de cada persona son sagrados, porque manifiestan una identidad irrepetible.

Pues bien: los chicos de Fraternità no han insultado ni borrado el rostro y la voz de don Alberto. Los han custodiado, también en el desacuerdo. Han «remendado las redes», por utilizar otra imagen querida por León, en lugar de romperlas.

Lo mismo, por desgracia, no puede decirse de una parte nada desdeñable de laicos, y lamentablemente también de clérigos, que frecuentan las plataformas sociales. Mientras unos veinteañeros ofrecen una lección de caridad y equilibrio, hay quien - llevando alzacuello o vistiendo mitra - utiliza esos mismos instrumentos para exactamente lo contrario. Un ejemplo entre tantos: el obispo Ricchiuti, que no tiene reparo en pasar las horas de la noche comentando publicaciones y reservando palabras despectivas incluso para sus hermanos en el episcopado. Es la inversión perfecta del paradigma que propone el Papa: no la escucha que precede a la palabra, sino la palabra que humilla; no la mansedumbre, sino la irritación; no el rostro custodiado, sino el dedo acusador.

Necesitamos testigos

Hay una verdad incómoda en toda esta historia, y conviene decirla: en nuestras diócesis no sabemos comunicar y, en consecuencia, no enseñamos a hacerlo. Deberíamos ser maestros en la transmisión del Evangelio y de la fe, y sin embargo nos movemos por la red con torpeza y sonrojo. La sobriedad, la gratitud, la capacidad de decir «no» sin desprecio, la convicción de que la fe no necesita un enemigo para existir: todo lo que emerge de la comunicación de Fraternità debería ser una advertencia para todos.

Porque ahí está, al final, el criterio. Los personajes que se alimentan de indignación no existen si no toman a alguien como blanco: sin un chivo expiatorio se desinflan, porque toda su identidad es reactiva. En un congreso sobre comunicación digital en el que participé hace unas semanas se reflexionó precisamente sobre esto: en la red hay quien introduce contenidos y hay quien, en cambio, intenta hacerse un sitio en la sociedad convirtiéndose en su contrapunto, viviendo de la burla de esos contenidos. Hay quien produce y hay quien reutiliza el material ajeno para golpear. El mundo paracatólico está lleno de este mecanismo, y las redes lo premian, porque genera engagement, indignación, reacción y, por tanto, tráfico.

Los chicos de Fraternità, en cambio, siempre han hecho una comunicación bien hecha - competente, me atrevería a decir - y siempre han contado la belleza de sus actividades y de su fe. Estos jóvenes existen por sí mismos: existen en la oración, en la amistad, en la adoración, en las comunidades territoriales. Y por eso han podido permitirse el lujo más raro del cristianismo contemporáneo: responder a una herida con un gracias.

«Sin la fraternidad», escriben, «incluso las cosas bellas se vuelven vacías». Es verdad. Y vale también para quienes han transformado la fe en un tribunal permanente: sin caridad, incluso la verdad que creen defender se vuelve vacía. Ruido. Otro post de madrugada. Estamos bien, dicen los chicos. Se nota. Y es lo más edificante que la Iglesia italiana en redes ha producido desde hace meses, firmado, además, por quienes no tienen púlpito.

d.P.B.
Silere non possum

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