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León XIV a la ROACO: «La belleza de Oriente cristiano ilumina las tinieblas de la guerra»
Ciudad del Vaticano26 giugno 2025

León XIV a la ROACO: «La belleza de Oriente cristiano ilumina las tinieblas de la guerra»

El Papa León XIV se reunió hoy con los participantes en la Asamblea Plenaria de la Reunión de las Obras para la Ayuda a las Iglesias Orientales (ROACO).

Ciudad del Vaticano – Esta mañana, en la Sala Clementina del Palacio Apostólico, el Santo Padre León XIV ha recibido en audiencia a los participantes en la Asamblea Plenaria de la ROACO, la Reunión de las Obras para la Ayuda a las Iglesias Orientales. Un discurso, el del Papa, marcado por la fuerza de las imágenes, la claridad del análisis y un apasionado llamamiento a no resignarse ante la indiferencia y la violencia que siguen arrasando el corazón del cristianismo oriental.

¿Qué es la ROACO?

La ROACO (Reunión de las Obras para la Ayuda a las Iglesias Orientales) es un comité que reúne agencias caritativasde varios países comprometidas con el apoyo material a las Iglesias orientales católicas. Fundada en 1968, actúa bajo la dirección del Dicasterio para las Iglesias Orientales y coordina proyectos de construcción religiosa, educación, sanidad y apoyo a las comunidades cristianas afectadas por conflictos. Entre sus miembros destacan la Catholic Near East Welfare Association y la Pontificia Misión para Palestina, además de obras de Francia, Alemania, Austria, Suiza y Países Bajos.

«Dios ama al que da con alegría»: una misión, no un trabajo

El Santo Padre quiso reconocer de inmediato el carácter espiritual y misionero del compromiso de los miembros de la ROACO: «no es ante todo un trabajo, sino una misión ejercida en nombre del Evangelio». Donar – recordó, citando a San Pablo – es ante todo un gesto que alegra el corazón de Dios. Pero hoy, este don tiene un valor aún más profundo: se convierte en aliento para las Iglesias de Oriente, “botellas de oxígeno” en un contexto asfixiado por la guerra, el odio y los intereses geopolíticos.

El Papa describió con tonos dramáticos la situación de los cristianos en Oriente Medio y en Ucrania, evocando la imagen de tierras «secadas por los intereses, envueltas en un manto de odio que hace el aire irrespirable». En este contexto, la ROACO – afirmó – «es una luz que brilla en las tinieblas del odio».

La violencia y sus raíces: palabras claras contra la mentira y la propaganda

El Pontífice recorrió después los sufrimientos históricos de las Iglesias orientales católicas, no sin cierta autocrítica hacia Occidente eclesial: «por desgracia, no han faltado abusos e incomprensiones incluso dentro del ámbito católico». Pero hoy, advirtió, una nueva vehemencia “diabólica” parece abatirse sobre estos territorios. No faltó la referencia a la ausencia de participantes de Tierra Santa, imposibilitados de viajar a causa de la guerra en curso.

Impactó la dureza con la que León XIV denunció la pérdida de eficacia del derecho internacional: «ya no parece obligatorio», sustituido por el «supuesto derecho de imponer por la fuerza». Se trata – dijo – de una realidad «indigna del ser humano, vergonzosa para los responsables de las naciones». El Papa señaló con el dedo el rearme, definido como «falsa propaganda», y el enriquecimiento de los “mercaderes de la muerte”, responsables de la destrucción de escuelas y hospitales.

Oración, ayuda, testimonio: los tres caminos del cristiano

¿Qué pueden hacer, entonces, los cristianos? León XIV señaló tres caminos: la oración, la ayuda concreta y – sobre todo – el testimonio. «Nos corresponde a nosotros convertir cada noticia trágica en un grito de intercesión a Dios», dijo. Pero el centro del compromiso es permanecer fieles a Cristo, sin ceder a las lógicas del poder: «imitar a Cristo, que venció el mal amando desde la cruz», no a Herodes ni a Pilato – símbolos del miedo y la evasión de responsabilidades.

A este respecto, el Papa pronunció uno de los pasajes más fuertes de su discurso: «Miremos a Jesús, que nos llama a sanar las heridas de la historia con la sola mansedumbre de su cruz gloriosa», cuya fuerza está en el perdón, la esperanza y la transparencia incluso «en el mar de la corrupción».

La belleza de las Iglesias de Oriente: un tesoro por redescubrir

No solo denuncia. El Pontífice dedicó también un amplio espacio a la belleza del cristianismo oriental: liturgias que hacen habitar a Dios en el tiempo y en el espacio, cantos seculares de gloria y súplica, una espiritualidad que huele a misterio. «En la noche de los conflictos sois testigos de la luz de Oriente», dijo dirigiéndose a los miembros de la ROACO.

Pero esta luz – advirtió – sigue siendo demasiado ignorada incluso dentro de la Iglesia católica. Por ello, León XIVrelanzó con fuerza la invitación de san Juan Pablo II: «La Iglesia debe aprender de nuevo a respirar con sus dos pulmones». Y no basta con un respeto teórico: hace falta conocimiento, amor, cercanía. De ahí la propuesta concreta del Papa: introducir en los Seminarios y Universidades católicas cursos básicos sobre las Iglesias orientales, como ya ha indicado el Magisterio.

El discurso de Prevost destaca su actitud de acogida y su voluntad de construir unidad, no división. Sus reflexiones se aplican con inteligencia también a la variedad de las liturgias que enriquecen la Iglesia: no son motivo de fractura, sino expresión de su verdadera catolicidad, es decir, de su universalidad. Si en algunos grupos vinculados a una determinada forma litúrgica surgen desviaciones o actitudes problemáticas, es sobre el aspecto humano donde se debe intervenir, no atacando la liturgia en sí. Porque la liturgia auténtica no divide: educa, convierte, eleva. Y nunca puede convertirse en terreno de confrontación.

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Hermanos, no primos

El Papa abordó también un tema eclesial muy actual: los católicos orientales ya no pueden ser considerados «primos lejanos», sino hermanos. La migración forzada los ha llevado junto a nosotros, y su sentido de lo sagrado y su fe forjada en las pruebas son un don para Occidente, a menudo marchito.

Una Iglesia que conoce, ama y construye

Para concluir, León XIV confió el camino de crecimiento común en la fe a la intercesión de María, Madre de Dios, y de los apóstoles Pedro y Pablo, signos vivos de la unidad entre Oriente y Occidente. Con su bendición, animó a los presentes a perseverar «en la caridad, animados por la esperanza de Cristo».

El de hoy no ha sido un discurso cualquiera: ha sido una intervención densa, lúcida y cargada de significado. Un texto que interpela, que invita a reflexionar profundamente sobre los nudos cruciales de la vida eclesial y del contexto geopolítico actual. Un discurso que merece atención, análisis y, sin duda, una profundización ulterior en los próximos días.

s.P.A.
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