En el libro octavo de las Confesiones, un hombre describe con frialdad de anatomista cómo se fabrica una cadena: de la voluntad doblegada nace el deseo; del deseo consentido, el hábito; del hábito no combatido, la necesidad. Voluntas, libido, consuetudo, necessitas. El hombre es Agustín, futuro obispo, y habla de sí mismo. Han pasado dieciséis siglos, pero los mapas cerebrales de las personas con adicción reproducen su secuencia casi en el mismo orden. Y esto nos recuerda una cosa: la Iglesia posee, en su propio bagaje histórico y espiritual, la descripción más lúcida de un fenómeno que hoy le cuesta mirar de frente.
Mirarlo de frente exige, para empezar, despojar la palabra «adicción» del único ropaje con el que solemos dejarla salir de casa: el del reproche. Mientras la adicción se lea como una caída moral, la pregunta que se plantea es siempre la misma - ¿cómo ha podido? - y produce siempre el mismo resultado: vergüenza en quien la padece, distancia en quien mira y ninguna cura. La clínica seria, desde hace décadas, trabaja en otro lugar.
El médico canadiense Gábor Maté, que ha pasado años junto a los drogodependientes del Downtown Eastside de Vancouver, invierte la pregunta de partida: en vez de preguntarse de dónde viene la adicción, pregunta de dónde viene el dolor que la adicción intenta acallar. Para él, toda conducta que atrapa - la sustancia, desde luego, pero también el juego, el sexo, la pantalla, el trabajo, la compra compulsiva - nace como un intento, torpe y a un precio muy alto, de hacer soportable un sufrimiento, de colmar una desconexión interior que llama, con palabra precisa, desarraigo.
Es un punto que desactiva muchos equívocos. Significa que la adicción no habita sólo en los márgenes visibles - la jeringuilla, la botella escondida -, sino que recorre un continuo que atraviesa también las vidas más ordenadas y respetables. Maté lo dice de sí mismo, al relatar su propia adicción al trabajo y a las compras, y precisamente esas páginas, ha observado, son las que los lectores menos perdonan: porque desplazan la frontera y nos colocan a todos, unos más y otros menos, en algún lugar de la misma línea. El criterio no es la sustancia. Es la relación interior que uno mantiene con su propio comportamiento, y una pregunta desnuda: visto el daño que te estás haciendo, ¿estás dispuesto a dejarlo, y puedes hacerlo? Cuando la respuesta sincera es no, el hábito ya ha cerrado el anillo.
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