Se le reconoce por el orden con el que coloca los libros en la casa parroquial, por el modo en que prepara la homilía la víspera y no media hora antes, por la insistencia con la que pide al consejo pastoral reabrir un asunto que se daba por archivado desde hace años. El joven sacerdote recién llegado a la parroquia aguanta así, entusiasta y metódico, durante algunos meses. Después empiezan los partes al obispo: «es rígido», o bien «es demasiado desenvuelto», «tiene ideas que no entendemos», «no se integra». El veredicto varía según quien lo pronuncie, pero la función es siempre la misma: encasillar a ese sacerdote en un apartado, a ser posible incómodo, donde ya no moleste. Y las casillas disponibles, en demasiadas diócesis, siguen siendo principalmente dos: modernista o tradicionalista. Categorías cómodas, porque ahorran la fatiga de escuchar. Y categorías, sobre todo, viejas.

Categorías que ya no dicen nada

La polarización modernista-tradicionalista fue la gramática eclesial de una generación muy concreta, la que vivió el postconcilio como una batalla de trincheras. Quien hoy tiene veinte o treinta años y siente la llamada al sacerdocio o a la vida consagrada, sencillamente ya no razona en esos términos. Puede amar el canto gregoriano y el escultismo al mismo tiempo. Puede celebrar con esmero el Novus Ordo y participar en la peregrinación de Chartres. Puede desear un párroco que confiese diez horas al día y, a la vez, una parroquia volcada con los más frágiles y con los migrantes.

Esto no es sincretismo ni confusión: es el signo de una generación que ha atravesado la secularización desde dentro y busca síntesis, no bandos. Seguir juzgándola con las categorías de hace cincuenta años significa no entenderla y, lo que es peor, no querer entenderla.

El miedo de los presbiterios envejecidos

Seamos claros: el problema casi nunca es teológico. Es antropológico, cuando no sencillamente psicológico. Un presbiterio formado en gran parte por sacerdotes que pasan de los sesenta, cansados, cada vez menos numerosos, no acoge de forma espontánea al joven que propone, trabaja, se mueve, atrae a otros jóvenes, estudia. Lo percibe como un espejo incómodo. La vitalidad del otro se convierte en un recordatorio de las propias energías gastadas, de los sueños guardados en un cajón, de las rutinas convertidas con los años en cómodas costumbres. Los jóvenes son los que «traen problemas», «arman jaleo», «son inquietos», etc.

Lo mismo ocurre en las comunidades monásticas, donde el novicio entusiasta, el que se toma en serio la Regla, el que estudia, el que reza con intensidad, se convierte pronto en «problemático». No porque haga nada mal, sino porque con su sola presencia pide a los demás ser lo que han prometido ser. Imaginemos a un joven que llama a la puerta de un monasterio en el que viven cinco monjes: uno es anciano, otro depende del alcohol, otro va en silla de ruedas. En una comunidad así los caminos viables se reducen a dos, ambos amargos: convertirse en cuidador y enfermero, o marcharse. En definitiva, la presencia del postulante, del seminarista o del joven sacerdote resulta insoportable para quien ha aprendido a sobrevivir en equilibrios tibios.

El juicio episcopal como anestésico

Aquí entra en juego la responsabilidad de los obispos. Ante las quejas de un párroco mayor - «no se adapta», «genera tensiones», «hace cosas que no entendemos» - la vía más fácil es la del traslado, la reprimenda, la etiqueta colgada al cuello y, a veces, la marginación. Y es la vía que no pocos obispos eligen, porque garantiza la «paz» inmediata del presbiterio a costa de la mortificación del individuo.

Pero un ordinario - ya sea obispo o abad - que gobierna esquivando los conflictos en lugar de atravesarlos no está custodiando la comunión: la está anestesiando. Y mientras en la superficie todo parece aguantar, por debajo crece en silencio un malestar que acaba enquistándose, hasta volverse irreversible. Y el precio lo pagan siempre los más jóvenes, que aprenden pronto la lección no escrita pero durísima: no te expongas, no propongas, no destaques. Así se apaga, una tras otra, esa vitalidad y esa creatividad que la Iglesia necesita con urgencia desesperada.

El talento enterrado

La parábola de los talentos, en el Evangelio de Mateo, no deja margen para interpretaciones consoladoras. El siervo que esconde el talento por miedo no queda absuelto: es llamado «malo y perezoso». Y, sin embargo, eso es exactamente lo que pedimos hoy a muchos jóvenes sacerdotes: enterrar sus capacidades, sus estudios, sus intuiciones pastorales, para no turbar el orden establecido. Hay sacerdotes con doctorados a los que jamás se implica en la formación. Hay coadjutores con notables competencias digitales condenados a tapar los huecos del párroco sesentayochista. Hay monjes jóvenes con dotes musicales o intelectuales nunca aprovechadas porque «todavía no les toca». Por no hablar de las envidias y las maledicencias que se alimentan del miedo a que «nos quiten el puesto». Y mientras tanto se convocan congresos sobre la crisis de las vocaciones, preguntándose por qué ya no entran jóvenes al seminario, o por qué no permanecen.

No entran, o no permanecen, también porque tienen amigos recién ordenados, o recién entrados en un monasterio, que les cuentan una realidad muy distinta de la prometida. Cuentan la humillación cotidiana de no ser escuchados, el cansancio de tener que pedir permiso para cada iniciativa, la costumbre de superiores que responden a las propuestas con un suspiro.

Una Iglesia que tiene miedo de ser amada

El pontificado de León XIV insiste, desde los primeros meses, en la necesidad de una Iglesia sinodal que sea de verdad cuerpo, donde cada miembro tenga una función y ninguna voz sea superflua. Pero la sinodalidad, si se queda en eslogan de congreso para laicos trepadores, se traiciona a sí misma. Se vuelve real solo cuando un obispo tiene el coraje de defender al joven sacerdote frente al párroco que se queja, cuando un abad apuesta por el novicio capaz en vez de aplastarlo en nombre de la obediencia, cuando un vicario para el clero deja de clasificar a los sacerdotes con etiquetas que ya no dicen nada y empieza a escucharlos uno por uno.

La cuestión no es dar la razón a los jóvenes por el hecho de ser jóvenes. La cuestión es dejar de quitársela por ese mismo motivo. La Iglesia no necesita sacerdotes amoldados a la mediocridad organizada: necesita sacerdotes, seminaristas y monjes que se atrevan a ser santos, y pastores con el valor de acompañarlos, no de apagarlos. De lo contrario, seguiremos repitiendo que falta el relevo generacional, cuando en realidad lo hay: solo que lo estamos enterrando sistemáticamente.

p.I.C.
Silere non possum

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